Imágenes desde el cristianismo ortodoxo que hablan por sí mismas:
“¡Oh Humanidad! Os hemos creado a partir de un varón y de una hembra, y os hemos hecho pueblos y tribus distintos para que os reconocierais unos a otros. Y en verdad que el más noble de vosotros ante Allah es quien es más consciente de Él. Allah es Conocedor y está perfectamente informado.” (Sagrado Qur'an 49:13)
miércoles, 28 de octubre de 2015
sábado, 3 de octubre de 2015
Debes desear y pedir lo mismo para tu hermano
Sohbet dado por Mawlana Sheykh Nazim al-Hakkani (qs)
Bismillahi Rahmani Rahim
Cuando Allah Todopoderoso creó
a Adán, hizo descender una lluvia de dificultades sobre él durante cuarenta
años, y una lluvia de éxtasis por un año. Por lo tanto, los hombres encontrarán
esa proporción de sufrimiento y gozo a través de sus vidas. ¿Cómo hace nuestro Señor
para que las dificultades se manifiesten a través del curso de nuestras vidas?
Mediante el contacto con otras personas. Estamos destinados a tener que tratar
permanentemente con otros. La mayoría de los cuales están interesados
principalmente en lograr sus propios deseos, sin demasiada consideración por la
felicidad de nadie más.
Es nuestro destino el haber
recibido una naturaleza que requiere del contacto social con otros seres
humanos. Incluso si cada persona tuviera una montaña para sí mismo, para permanecer
lejos, apartado de las molestias y dificultades provocadas por la vida social,
encontraríamos a gente abandonando sus refugios y buscando la compañía de otros
en los valles.
¿Por qué la gente, aunque es
atraída hacia los demás, generalmente prefiere alejarse de las reuniones
humanas? Cada persona tiene su propia voluntad y su idea de cómo deberían
hacerse las cosas, y lo más difícil es obtener el acuerdo de otro con esos
deseos, e influenciarlo para que las cosas se hagan a nuestra manera. Si ejercen
la autoridad sobre un pequeño círculo de personas, por ejemplo, el núcleo
familiar, su influencia disminuye inmediatamente cuando pasamos al siguiente
círculo de relaciones. Y de igual manera hacia abajo: cuanto más alejada está
la gente de su influencia directa, es más difícil hacer valer la propia
autoridad o defender la propia posición - y una unión débil en la cadena
provocará la ruptura total de esa cadena. Por lo tanto, la habilidad de hacer
que otros se ajusten a nuestros deseos es limitada, y esta es la causa de
frustración en la gente.
Cuando Adán y Eva estuvieron
solos, fueron capaces de acordar que Adán tendría la principal autoridad en los
asuntos, y cuando tuvieron hijos, éstos acataron su autoridad. Pero cuando el
mundo comenzó a poblarse a través de sus nietos y bisnietos, su autoridad
disminuyó y se le rebelaron. Cuando él murió se dio cuenta qué ineficaz que
había sido.
Todo lo que en general le
ocurre a la humanidad, cada energía que pasa a su través, afecta a nuestras
personalidades. Algunas de estas energías construyen en nosotros fuerza interna
y rectitud, otras provocan que estas cualidades se desvanezcan. Nuestro desafío
es enfrentarlas a todas y fortalecer nuestras personalidades en cualquier caso:
debemos ser lo suficientemente fuertes como para afrontar todos los eventos,
tanto los buenos como los malos. Buscarán escapar de circunstancias
desagradables, pero generalmente, en el proceso de huida, se les presentarán
cosas incluso más terribles. Hay un dicho: “Huyó de la lluvia al granizo”.
Comprueben la verdad de este dicho en sus propias existencias. Pero, ¿qué
podemos hacer? Sólo podemos aprender la paciencia: aumentar en fortaleza
espiritual mediante el ser pacientes con el daño producido por los demás. Si
reaccionamos ante cada maldad, arderemos de rabia, y no habremos ganado nada.
Lo que necesitamos para ser capaces de enfrentar el mal es, primero de todo,
una “cabeza fría” no empañada con rabia impulsiva. Esto es lo que todos los
Profetas han enseñado a través de todos los tiempos.
La gran causa de sufrimientos
en el siglo veinte (y veintiuno) es la impaciencia. Especialmente en Occidente
la paciencia se ha convertido en una característica en extinción, y en vez de
ser alentada por la sociedad, es despreciada y vista como un atributo de gente
estúpida y explotada. A la gente en el mundo libre se le enseña que deben
exigir, y que tienen el derecho a exigir todo inmediatamente. Incluso mejor si
aparece frente a ellos antes de que pensaran en desearlo - eso es eficiencia.
Llamar a eso “Civilización del siglo veinte” es una equivocación, porque la
gente civilizada es paciente, y la verdadera civilización trata de inculcar la
paciencia considerándola como una virtud.
Como esta cualidad está
faltando, cuanto más alto el estándar de vida de la gente, más esperan que todo
les esté disponible instantáneamente ante el toque de un botón o el golpe de un
látigo, y cuando algo va mal, se enfurecen por el retraso de lo que esperan les
sea dado al instante. Es terrible siquiera pensar en la condición en que
quedaría la gente si sus sistemas fallaran a gran escala: no tienen la menor
idea de cómo proveerse de lo que necesitan para sus vidas. Si los aparatos
dejaran de funcionar, morirían - eso es todo.
Incluso peor es que la gente no
está satisfecha con tener todo al alcance de sus manos, sino que quieren tener
todo para sí mismos, excluyendo a los demás, tener un monopolio de toda la
riqueza y el placer. Con estas características, ¿cómo alguien puede ser feliz?
La educación moderna y los valores que aparecen en los medios dan la señal: “Salgan
y tomen lo que quieran; si lo pueden atrapar, es de ustedes; eso es lo que
importa”. Lo que necesitamos comprender es que cada uno tiene su porción, que
lo que es de ustedes es de ustedes, y lo que es de él de él es. ¿Cuántas de sus
posesiones pueden cargar sobre sus espaldas? Incluso un monedero es molesto;
entonces, ¿cómo podrían cargar con la porción de otro? Si pretenden comer la
porción de otro enfermarán, y si se ponen la ropa de otro además de la propia será
demasiado caluroso. Envidiar las porciones de la gente es completamente
estúpido, la mejor forma de destruir su salud y su alma.
Estamos en necesidad de un tipo
diferente de educación, una educación que nos enseñe que todo en esta vida ha
sido cedido a su dueño a través de la Sabiduría Divina; pero, en cambio,
fomentamos malos hábitos, de manera que todo bien que otros disfrutan es una
espina en nuestros costados.
Una vez, en el tiempo de
Moisés, la paz sea con él, mientras se dirigía al Monte Sinaí para entrar en la
privacidad con el Señor Todopoderoso, un hombre pobre se acercó a Moisés y le
dijo: “Oh Moisés, soy muy pobre. Por favor, pídele a tu Señor que me dé algo
que alivie mi pobreza”. Moisés le prometió que se lo diría a su Señor, luego
siguió su camino. Cuando Moisés se dirigió a su Señor, le rogó por el caso de
ese hombre como lo había prometido, y en respuesta Allah dijo: “Oh Moisés, dile
que cualquier cosa que pida, Yo se la concederé, bajo la condición de que lo
que pida también debe pedirlo para su vecino, y Yo se lo otorgaré a ambos.
Cualquier cosa que su corazón desee -ganado, riquezas, tierra- Yo se los daré a
él y a su vecino, porque Yo soy el Dueño de las Gracias sin fin, Yo soy el
Señor, Allah”.
Cuando Moisés descendió del
Monte Sinaí, ese hombre estaba esperando ansiosamente escuchar la respuesta del
Señor a su súplica. “¿Qué noticias hay, Moisés?” “¡Buenas noticias! El Señor te
dará todo lo que desees; la única condición es que tú debes pedir lo mismo
también para tu vecino”. Entonces el hombre se puso furioso y dijo: “¡Si Él no
me lo va a dar a mí con exclusión de mi vecino, no voy a pedirlo, ni lo voy a
aceptar!”
Ahora decimos ser gente
civilizada, pero a quién de nosotros se lo escucha decir: “Oh mi Señor, ¡hazla
a ella tan bella como a mí! Yo no soy feliz siendo una reina hermosa mientras
esa agradable joven es fea”. O a quién se lo escucha decir: “Oh mi Señor, ¡dale
a esa persona también un Rolls Royce! Yo estoy avergonzado de manejar el mío a
menos que él también tenga uno”. O a qué Primer Ministro se le escucha decir: “Oh
Allah, ¡hazlos a todos Primer Ministro!”. No creo que se pueda encontrar a
nadie rezando o deseando estos dones para los demás.
Nuestros egos son los que
producen este egoísmo salvaje, pero el objetivo del Camino Sufí es transformar
esas características salvajes en beneficiosas, como uno puede injertar corteza
de un árbol de fruta dulce en el tronco de un árbol salvaje que sólo da frutas
ácidas. Luego, cuando el injerto prende, las ramas de ese árbol salvaje dan fruta
dulce, aunque sus raíces sigan siendo salvajes. Generalmente la humanidad crece
como fue plantada, sin haber tenido cuidado de transformar sus frutas ácidas, y
si no se les presta atención, la gente muere en la misma condición. Deben
entender que todos los Santos Profetas fueron “jardineros” injertando
características divinas en las personalidades silvestres de las personas.
La mayoría de los presentes en
esta reunión son Cristianos y Judíos. La misión de Cristo fue impartir
atributos divinos a la gente, y lo mismo es para todos los Profetas del Antiguo
Testamento, pero ustedes han perdido la visión de ese hecho. Después de Jesús
vino el Profeta Muhammad con la misma misión, pero también perdimos la visión
de eso. ¿Cuál fue el resultado de todo este olvido? A lo largo de la historia
cada grupo quiso considerarse a sí mismo como “poseyendo a Allah excluyendo a
los demás”, y nunca les gusta la idea de que Allah también escucha las
oraciones del otro grupo, y considera su mérito por su propio criterio. No sólo
nuestras características de codicia nos velan de la verdad de nuestro Señor,
siendo el Señor de todos, sino que incluso dentro de las religiones han surgido
tantas sectas, principalmente para que la gente reclame la absoluta posesión de
Allah. El resultado de esto ha sido que los Musulmanes odien a los Cristianos y
viceversa; pero nuestros Profetas no fueron enviados para enseñarnos a odiarnos
unos a otros; y ahora los Cristianos odian a los Cristianos, y los Musulmanes
odian a los Musulmanes, y en general todos se han vuelto en contra incluso de
su propio hermano.
Vean, nuestro Señor dijo: “Dile
a esa persona que pida para su vecino lo que me pida para sí misma”, ese es el
mandato llamado ‘la regla dorada’; pero ahora, al igual que el oro ha sido remplazado
primero por la plata y luego por el papel, así la regla dorada hace mucho que
está fuera de circulación en nuestros intercambios.
Deben saber que su valor se
determina por la magnanimidad de su corazón. Antiguamente las virtudes se
reconocían como tales aunque tal vez pocos las conseguían; hoy en día ni tan
siquiera son apreciadas. La gente sólo es valorada de acuerdo a su belleza o
riqueza, y llegan a evaluar las relaciones en base a la ganancia material. Esto
es una vergüenza, y pido a nuestro Señor que nos perdone.
lunes, 28 de septiembre de 2015
Enseñanzas de Sheykh Tierno Bokar: Pájaros Blancos y Pájaros Negros
En su relación mutua los seres
humanos pueden ser comparados con dos muros que se enfrentan. Cada muro posee
una multitud de pequeños orificios donde anidan pájaros blancos y pájaros
negros. Los pájaros negros son malos pensamientos y malas palabras. Los pájaros
blancos son buenos pensamientos y buenas palabras. Debido a su forma, los
pájaros blancos solamente pueden entrar en los orificios para pájaros blancos y
lo mismo sucede con los pájaros negros, que solamente pueden entrar donde
corresponde a los pájaros negros. Ahora imaginemos dos hombres que se creen
enemigos de manera recíproca. Vamos a llamarlos Yusuf y Ali.
Un día, Yusuf, persuadido de
que Ali le desea el mal, se siente muy enojado con él y le envía un pensamiento
muy malo. Al hacer esto Yusuf libera un pájaro negro al mismo tiempo que deja
vacío el correspondiente orificio de su muro. Su pájaro negro vuela hacia Ali y
busca un orificio vacío que se adapte a su forma y color para anidar en él. Si
desde su lado Ali no ha enviado un pájaro negro hacia Yusuf, esto es, si Ali no
ha emitido ningún pensamiento malo, ninguno de sus orificios negros estará
vacío. Al no encontrar ningún lugar donde asentarse, el pájaro negro de Yusuf
se verá obligado a regresar a su nido original, llevando consigo la maldad con
la que ha sido cargado, una maldad que terminará erosionando y destruyendo al
mismo Yusuf.
Pero imaginemos que Ali también
ha emitido un pensamiento malo. Al hacerlo ha liberado un orificio al que podrá
entrar el pájaro negro de Yusuf depositando parte de su maldad y cumpliendo
allí su misión destructora. En el transcurso el pájaro negro de Ali volará
hacia Yusuf y se asentará en el orificio liberado por el pájaro negro de Yusuf.
Así es que los dos pájaros negros habrán conseguido su objetivo y habrán
trabajado para destruir a los hombres para los que cada uno estaba destinado.
Pero una vez que sus designios
sean completados, cada pájaro volverá a su nido de origen ya que se ha dicho: “Todo vuelve a sus fuentes”. Debido a
que la maldad con la que cargaban no ha sido agotada, esta maldad se volverá en
contra de sus autores y terminará destruyéndolos. El autor de un pensamiento
malo, de un deseo malo, o de una palabra ponzoñosa es atacado tanto por el
pájaro negro de su enemigo como por su propio pájaro negro cuando más tarde
vuelve a él.
Lo mismo sucede con los pájaros
blancos. Si emitimos solamente pensamientos buenos hacia nuestro enemigo, así
sea que el enemigo solamente nos dirija malos pensamientos, los pájaros negros
del enemigo no encontrarán en nosotros ningún lugar donde asentarse y volverán
a quien los ha enviado.
Como también para los
pensamientos buenos que le hemos enviado, si ellos no encuentran un sitio libre
en nuestro enemigo, nos volverán cargados con toda la energía beneficiosa que
ellos conllevan.
Por esto, si solamente emitimos
buenos pensamientos, ninguna maldad, ninguna palabra ponzoñosa jamás nos
llegará. Por eso es que uno siempre debería pedir bendiciones tanto para los
amigos como para los enemigos. La bendición no sólo marcha hacia su objetivo
para cumplir su misión pacificadora, sino que un día u otro también nos vuelve
con todo lo que ha adquirido.
Por lo tanto, siempre deben
querer para los demás lo que quieren para ustedes mismos; y si para ustedes
mismos quieren lo mejor, deben querer también lo mejor para los demás, ya que
toda persona, buena o mala, es depositaria de una parte del aliento de Dios, y
así la debemos considerar.
Traducido
y adaptado de las enseñanzas de Sheykh Tierno Bokar, sabio sufí tijani de Malí.
sábado, 29 de agosto de 2015
Notas sobre Sufismo: El Maestro (Sheykh)
La palabra árabe Sheykh significa, en
principio, anciano. Es un título respetuoso que se da a los mayores,
especialmente cuando se acepta su
autoridad. Por extensión, se da este nombre a todo el que enseña la sabiduría
del Islam. El ‘âlim, el experto en
ciencias islámicas, cuando las comunica, es el sheykh de sus discípulos. También en el Tasáwwuf se aplica este venerable término al maestro, pero en el
arte de los místicos este título tiene connotaciones profundas, hasta llegar al
extremo en el que los retrata al-Yîlâni: “Los
maestros son aquellos cuyos espíritus -antes de que fuera creado el mundo- ya
nadaban en el océano de la generosidad. Cuando los ángeles opusieron objeciones
a que el ser humano fuera elegido por Allah como rey de la creación, los
maestros se reían de ellos a escondidas. Los maestros ven el invierno en el
calor del verano, vislumbran la sombra en medio del rayo de la luz solar, y han
embriagado al cielo con el licor que hay en sus copas. Es su liberalidad la que
permite al sol parecer de oro”.
En el sufismo (Tasáwwuf), Sheykh es el
que, tras haber realizado el viaje hasta Allah ha sido autorizado por su
maestro para guiar a otros discípulos. Los shuyûkh (plural de sheykh),
conocedores de la Senda, son los herederos de la sutileza del Profeta (s.a.s.) y
hábiles en la ciencia del corazón y de la sinceridad. El aspirante (murîd)
debe buscar la compañía (suhba) de un maestro cualificado.
Definición de Sheykh
El sheykh es un guía (múrshid)
espiritual, alguien que ha recorrido el Camino de la Verdad (Tarîq
al-Haqq), ha aniquilado su ego en la Unidad de su Creador, y conoce los
peligros que acechan al murîd, los terrores que obstaculizan su andadura y los
límites que no pueden ser trasgredidos; es alguien que, cumpliendo esas
condiciones, se hace cargo de la educación (tarbía) de los aspirantes
y les señala las exigencias de la peregrinación (sulûk) y la forma de
llegar a las proximidades del Creador (el qurb). El sheykh tiene que haber
seguido el Camino bajo la dirección de otro sheykh anterior, y la cadena (sílsila)
debe remontar hasta el Profeta (s.a.s.). En su caminar hacia Allah, el maestro
ha debido saborear las esencias (haqâiq) y haber adoptado las formas
de conducirse (los Ajlâq) del Profeta (s.a.s.). En resumen, como decía al-Qâshâni,
el sheykh es una persona perfecta en el conocimiento de la Ley, el Camino y la
Esencia, habiendo alcanzado las profundidades de esas ciencias, y conozca las
enfermedades del ego y los remedios para esos males y pueda sanar los
corazones, guiándolos si están preparados y están destinados a alcanzar la
Meta.
El maestro es imprescindible. Cuando
alguien se hace aspirante (murîd), es
decir, cuando en esa persona despierta la Irâda (literalmente, Voluntad, pero
entre los sufíes es el deseo de abandonar la rutina y las costumbres), y
prefiere guiarse por sí mismo y atenerse a su propia opinión, se equivoca. Se
suele decir, que Shaitân es el maestro de quien no tiene sheykh. Y es necesario
el maestro por lo que dijo el Profeta (s.a.s.): “En todo arte buscad la ayuda y el consejo del más hábil”, y el sheykh
es el mejor en el arte de los sufíes. Es cierto que Allah mismo se ha hecho
cargo de algunos buscadores, tal como hizo con Abraham o con Muhammad (s.a.s.)
entre los profetas, y con Uwáis al-Qárani entre los awliyâ, pero son casos
excepcionales. La regla es que exista el maestro y el discípulo, y esto forma
parte de la Sunna de Allah con la que gobierna la existencia.
Quien busque conocer las ciencias
formales del Islam debe acudir a un ‘âlim, o a varios. Ellos te comunicarán los
datos que desees saber sobre la Sharî‘a. Pero para adentrarse por la Tarîqa, es
necesario un sólo sheykh. No es conveniente tener más de un maestro sufí a la
vez. Ejemplo de ello fue el Imâm al-Yîlâni, que recogió sus saberes formales de
una gran cantidad de ‘ulamâ, pero cuando se inició en el sufismo sólo acompañó
a su sheykh ad-Dabbâs, y más tarde a al-Májrami.
Cualidades del Sheykh
La primera de las condiciones que debe
cumplir un maestro que se ofrezca a guiar discípulos es tener un gran
conocimiento de la Sharî‘a y del Tasáwwuf, de modo que él sea una
síntesis de la Ley y la Esencia. El Imâm al-Yunáid dijo: “Nuestra ciencia tiene como elementos correctores el Corán y la Sunna.
Quien no conozca el Hadiz y lo escriba, no haya memorizado el Corán, no sea
experto en Fiqh y en la Técnica de los sufíes, no es digno de ser seguido”.
Al-Yîlâni dijo: “No le es lícito a nadie sentarse sobre la alfombra del rango de la
maestría y ceñirse la espada de la atención a los discípulos a menos que cumpla
con diez virtudes. Dos son de Allah: que sea discreto y tolerante. Dos son del
Profeta: que sea afectuoso y buen acompañante. Dos son de Abû Bakr: que sea
sincero y generoso. Dos son de ‘Omar: que sepa ordenar y prohibir. Dos son de
‘Ozmân: que dé de comer al hambriento y pase las noches en recogimiento
mientras las gentes duermen. Y dos son de ‘Ali: que sea sabio y valeroso”.
El mismo Maestro al-Yîlâni lo dijo en versos: “El Sheykh verdadero cumple con cinco
utilidades, o de lo contrario es un impostor que conduce a la ignorancia. / Es
conocedor de las normas exteriores de la Ley y a la vez indaga en las raíces de
la Esencia. / Al que llega para beber de él, le muestra buena cara, y es
hospitalario, y se somete al pobre en palabra y acto. / Ése es el maestro
merecedor de enaltecimiento cuyo valor es inmenso, diferenciador de lo ilícito
de lo lícito. / Pule a los seguidores del Camino estando ya pulido su corazón,
siendo a la vez de una generosidad absoluta”.
Algunos se precipitan y se presentan
como maestros cuando no lo son, y son causa de las censuras que a lo largo de
los siglos se han dirigido contra el sufismo. Al-Yîlâni les decía: “¿Quién es ese que se está atreviendo a
jugar con serpientes (refiriéndose a
las almas de los aspirantes) cuando él
aún no ha tomado el antídoto? ¿Cómo puede pretender que conduce hasta las
Presencia del Rey, si no es chambelán? Tú, que dices ser un maestro, y compites
con los sinceros, buscas satisfacciones como los niños y no eres más que un
niño. Eres un descuidado que no se da cuenta de que la Verdad ha presentado una
querella contra ti. Pronto tu alegría se va a convertir en miedo...”. Y
después, el Imâm daba estos consejos al aspirante: “Busca a quien te ayude a derrotar a tu ego, no a quien lo fortalezca
contra ti. Si acompañas a un maestro ignorante e hipócrita, que se ha sometido
a su naturaleza y a su propia frivolidad, ése ayuda a tu demonio. A los
maestros no se les acompaña para pasar un rato en este mundo, sino para
conquistar al-Âjira. Si un maestro está sometido a su naturaleza, es acompañado
para disfrutar del mundo; pero si es poseedor de un corazón es acompañado para
entrar en el Universo de Allah; y si es depositario de un Secreto, entonces se
le acompaña por Allah”.
El lazo entre el sheykh y el murîd
En el Islam, existe un estrecho
vínculo (râbita) que une al maestro (sheykh)
y al discípulo (murîd). Ese lazo es
la compañía (suhba), con la que se
emula la relación que había entre Sidnâ Muhammad (s.a.s.) y sus Compañeros (los
Sahâba).
El maestro y el aspirante se reúnen en torno al anhelo por alcanzar a Allah, no
en pos de un bien efímero, o alrededor de una doctrina alambicada, y la
radicalidad de ese propósito es la causa de condiciones férreas. Es una
compañía cuya primera condición son la sinceridad (sidq) y el desinterés (ijlâs),
teniendo como norte el conocimiento y la cercanía a Allah sobre la base de la
cortesía.
Esa relación tiene tres pilares: las
funciones del sheykh, la actitud del discípulo para con su sheykh y la
vinculación entre los discípulos del sheykh.
A)
Las funciones del Sheykh
Un sheykh acepta a un discípulo sólo
por amor a Allah (lillâh), y nunca por amor a sí mismo. Cuando un maestro no
tiene más propósito que servir de utilidad a sus discípulos, estos aprovechan
sus enseñanzas. Si se trata de un farsante que busca prestigio o riquezas,
entonces sus palabras son cáscara y no llegan a trasformar corazones.
El maestro comienza con su discípulo
dándole buenos consejos, sencillos y con suavidad. No le impone nada por encima
de sus fuerzas. Emplea el rifq, que es la amabilidad, porque
la amabilidad permite la confianza y la intimidad. Cuando se apercibe en esa
intimidad que el discípulo tiene aptitudes y aspiración poderosa, le ordena
cargar con tareas más penosas. Le obliga a dejar de depender de su naturaleza,
le retira las licencias del Islam y le impone el ‘açm, la resolución y la
decisión firme. Si no es así, si el discípulo es de carácter débil, va más
despacio en las exigencias; y si en él no hay aptitudes ni tan siquiera para
eso, no lo priva de su bendición.
El sheykh debe estar vigilante e
indagar en el corazón de su discípulo, estando alerta contra las señales de las
enfermedades del ánimo. Para ello debe ser experto en la conducción de los
corazones. Si el aspirante está demasiado atado al mundo, lo libera exigiéndole
anonimato; si está demasiado satisfecho de sí mismo, lo reduce con hambre y
haciéndole velar por las noches; si tiene en demasiada consideración la opinión
de la gente, lo priva de compañía y lo sumerge en la soledad, el retiro y el
silencio; si es de carácter rudo, se lo suaviza obligándole al estudio y a la
cortesía...
Cuando el maestro ve que su discípulo
mejora y supera las trabas secretas de su ego, es sincero en su combate y tiene
firme voluntad de alzarse por encima de todas las cosas, entonces ya no le
perdona nada, se vuelve intolerante y le exige los ejercicios más desafiantes
para acceder a los rangos espirituales elevados (maqâmât). Se considera
que el sheykh que no es severo en ese grado está traicionando a su discípulo.
El sheykh debe también cuidar de su
discípulo interiormente. Un maestro verdadero es un ser especial, tal como
hemos visto a la cabeza de este apartado, y vela por su discípulo a un nivel
que éste todavía desconoce, pues el corazón del maestro habita en un mundo
sobrenatural y secreto para la inmensa mayoría de los hombres. El Sheykh
al-Yîlâni dijo: “Yo guardo a mi
discípulo. Si le ocurre un mal estando en occidente mientras estoy en oriente,
lo protejo. Si mi discípulo no es excelente, yo sí soy excelente”.
B)
La conducta del discípulo
En primer lugar, el aspirante que se
dirija a un maestro con la intención de que pula su corazón, corrija su
universo interior y lo asome a Allah, debe tener la certeza de que la persona
en cuyas manos va a ponerse es la más idónea y presentarse ante ella con esa
seguridad. Para ese discípulo no puede haber nadie mejor como guía que el
maestro que ha elegido. A esto se le denomina sinceridad (sidq). Sin sinceridad, el discípulo no aprovecha lo que su sheykh
puede darle.
Esto no quiere decir que deba creer
que su maestro es infalible (ma‘sûm), pero sí que el bien que
puede sacar de él sólo puede ser fruto de una buena manera de acompañarlo, basado
en una exquisita y sincera cortesía basada en la seguridad que hemos
mencionado.
El discípulo debe obediencia (tâ‘a)
a su maestro, cumpliendo externamente lo que le pida, sin resistencias ni
reparos de ningún tipo y no oponiéndose a ello en su corazón. Si se trata de
algo que no entiende, debe relegar su opinión. Al-Yîlâni decía: “Contrariar a los shuyûkh es un veneno
mortal”. Ibn ‘Arabi decía que si un maestro te ordena entrar por el ojo de
una aguja, debes intentarlo pensando que es posible.
Es muy importante la cortesía (ádab)
en la presencia del maestro. El discípulo no debe hablar ante él
innecesariamente, ni interrumpir sus palabras para expresar su propia opinión,
y aunque crea que se equivoca o se confunde, guardará silencio. Un sufí dijo: “Quien diga ‘no’ a su maestro, no triunfa”.
Al-Yîlâni decía a su discípulo cuando lo aceptaba: “Cuando te presentes ante mí, pliega tu ciencia y deja de verte, y
entra sin nada. Si vienes a mí con tu ciencia y contigo mismo, no verás nada de
lo que te indique”.
Es imprescindible que el discípulo no
oculte nada de sí a su maestro, aunque se trate de algo vergonzoso, dando así
la oportunidad al maestro para que le hable, le guíe o invoque en su favor,
pues tal vez su bendición lo trasforme.
El aspirante no debe dudar acerca de
su maestro ni acusarlo de nada. Si cree que su maestro ha cometido un error o
algo censurable, que piense que es él el que se equivoca debido a su propia
ignorancia y falta de entendimiento. Si no puede abandonar la sospecha, que
deje al maestro, tal como dijo al-Yîlâni: “Si
acusas de algo a tu maestro, no lo acompañes; el enfermo, si duda del médico,
no se cura”.
El discípulo siempre debe estar
dispuesto a servir a su maestro y atento a cumplir sus deseos, apresurándose a
satisfacerlos incluso antes de que los formule. A esto se le llama jidma,
servicio. El discípulo no debe excusarse ni anteponer sus necesidades, pues
para un verdadero aspirante no existe más que su sheykh.
El discípulo acompaña a un sheykh por
amor a Allah (lillâh). El maestro es un medio y por ello el murîd cumple las
condiciones, vaciando su corazón de todo lo que no le exige ese momento suyo.
Cuando sigue a un maestro, la condición es la plena dedicación a él, hasta que
llegue la separación. Someterse a un sheykh representa ‘abandonar del mundo’, centrándose el discípulo en él para olvidar
el duniâ
(el mundo efímero de las apariencias y las ilusiones), preparándose el
aspirante para un vacío aún mayor en el que sólo tendrá a su Señor. Esto es lo
que significa Irâda (la Voluntad, que
es progresivo desapego de lo mundanal para afrontar la Realidad del Uno-Único)
de la que deriva la palabra murîd.
Por último, en su relación con el
maestro, el discípulo tiene que armarse de una sólida paciencia (sabr)
que le ayude a soportar la aspereza (jushûna) del maestro. La aspereza es
con lo que el sheykh suaviza el carácter del discípulo y mata sus quimeras.
Al-Yîlâni decía: “No huyáis de la
aspereza de mis palabras. A mí me ha hecho crecer la aspereza”.
C) La cortesía entre hermanos
Al igual que hay cortesías (adab) que rigen la relación del
discípulo y el maestro, las hay que deben practicarse entre los aspirantes
(llamados ijwân, hermanos, cuando son discípulos de un mismo sheykh). Se
considera que la atención a dichas cortesías y la insistencia en su observancia
acaba por trasladarlas a la relación con todas las criaturas. Una Hermandad
sufí en torno a un maestro es un mundo
en pequeño en el que el aspirante se educa para afrontar las esencias, siendo
relanzado, por un lado, hacia el Creador, y, por otro, hacia la creación. Se ha
dicho: “El Tasáwwuf, todo él, es adab”.
Un primer grupo de cortesías es al que
se denomina futuwwa (literalmente, significa jovialidad, entusiasmo). La
futuwwa es el total de las virtudes que propician los sentimientos de hermandad
y complicidad, a cuya cabeza están la solidaridad, el desprendimiento, el
olvido de las afrentas, el servicio, el socorro mutuo, la indulgencia, etc.
Los maestros siempre han enseñando que
entre ‘hermanos’ debe haber humildad y tolerancia, renuncia a los conflictos,
cesión de derechos y ausencia de polémicas.
El discípulo debe ser ciego ante los
defectos de sus hermanos, dejando su corrección al maestro, y se priva de hacer
lo que les resulte detestable.
Entre aspirantes hay amor y atención.
Si alguno nota desdén en otro, lo soporta, se vuelve hacia sí y espera a que
desaparezca el desdén.
Entre hermanos hay renuncia a los
propios derechos y no se hacen exigencias; es más, cada uno considera a los
demás con derechos sobre sí y por ninguna ofensa desatiende sus obligaciones de
hermandad.
La futuwwa fue el germen de grupos
solidarios que jugaron un papel destacadísimo en la historia del Islam. En
torno a las Hermandades en las que los lazos entre sus miembros eran sólidos se
crearon vínculos que integraron a sociedades y tribus enteras. La solidaridad
predicada por el sufismo permitía la cohesión entre los musulmanes, de un
alcance extraordinario que se proyectó sobre el devenir del Islam.
Los maestros sufíes, a la vez que
enseñaban las claves de la fraternidad, daban consejos a sus discípulos sobre
las relaciones que debían mantener de distanciamiento de los ricos y poderosos
y proximidad a los pobres y necesitados.
Final de la función del maestro
Al-Yîlâni dijo: “Al cabo de dos años, el destete”. Si la compañía (suhba) de un maestro se realiza
cumpliendo estrictamente sus condiciones, llega el momento en que el discípulo
puede independizarse para continuar sólo adentrándose en la proximidad (qurb)
a la que su maestro lo ha asomado.
Ese momento tiene señales, como
la desaparición de sus pasiones, el olvido total del mundo, un anhelo vehemente
por llegar hasta Allah... En las profundidades de ese aspirante puede haber un
secreto (sirr) al que no tenga acceso el maestro, o, a la inversa, el
maestro tenga un ‘secreto’ que el discípulo no pueda descifrar... En estos
casos, el aspirante se ha independizado de la necesidad de un maestro y todo su
corazón pende ya de Allah en exclusiva, y, alcanzado esto, ¡cómo podría estar
en contacto con un sheykh! Ha llegado el momento en que deba seguir su propio
camino, en conformidad con lo que dicen los sufíes: “Los caminos hacia Allah son en el número de los alientos de todos los
seres humanos”. Y Allah dice en el Corán:
“Guiaré por mis Caminos a quienes luchan por Mí”.
Por respeto, esperará a que su
maestro le indique que lo abandone (incluso puede llegar a prohibirle que
vuelva a verlo), y a partir de entonces se sumirá en su propio mundo siguiendo
el Camino que le dicta su Señor. Al-Yîlâni decía: “Allah bendiga al maestro, y al discípulo sincero que prescinde de su
maestro porque ya no le basta más que Allah”.
jueves, 27 de agosto de 2015
Las Enseñanzas de Sayidina Ibrahim (as)
Haciendo un alto en su trayecto hacia la Tierra bendita, Sayidina Ibrahim (as) dijo a su gente:
La Sabiduría nos enseña que la
peor enfermedad del corazón es el hacer dioses de las cosas creadas, la
idolatría hacia lo que nos genera apegos y nos confiere una ilusoria sensación
de seguridad: el oro, la plata, el renombre, las posesiones, los hijos, los
títulos... Sin embargo, el causante de la idolatría más nociva se encuentra en
nuestro interior: el ego. El ego es quien proyecta sus deseos, temores,
afecciones y obsesiones a las cosas creadas, construyendo una apariencia de
realidad que carece de solidez. El ego se identifica con esta falsa percepción
de sí mismo proyectada en las cosas y se aferra a esta idea desvinculando al
hombre de su originalidad. La egolatría, es decir, la experiencia de vida desde
el ego y por el ego, con sus afanes y desavenencias, es la forma más compleja y
sutil de idolatría, la de más difícil detección y tratamiento. ¿Quién no
considera positivamente real su proyección interior del mundo circundante? Sin
embargo esa proyección, para que sea auténticamente real, debe estar medida por
los valores universales y absolutos de la Divina Sabiduría revelada a través de
la cosmovisión profética. De ninguna manera esto supone una imposición de
criterios ajenos al hombre, todo lo contrario: todo ser humano atesora en su
naturaleza primordial, como base de un compuesto esencial, los sentidos
inherentes a aquella Sabiduría como reflejos inmanentes de los modelos universales.
Al ser un resultado de la Sabiduría Divina, el ser del hombre guarda en sí
mismos los significados necesarios para obrar de acuerdo a ella. El ego y su
ilusión de realidad, entonces, no son más que meros obstáculos a ser superados.
Sin embargo, se requiere de un proceso de autoconocimiento dentro del marco de
la enseñanza revelada que motive el develamiento de los significados interiores
y ponga en evidencia los engaños del ego. Todo ser humano está capacitado, por
propia naturaleza, para obrar de acuerdo a los mandatos de la Sabiduría; tan
sólo son los egos desbocados y mal alimentados quienes imponen una percepción
parcial y arbitraria de la realidad, causando todo dolor y miseria. El ego es
la puesta a prueba del hombre. Sabio quien la supera, superándose a sí mismo.
Dios es el Creador
Todopoderoso, el Realmente Existente, Sabio, Origen de todo beneficio o daño,
Quien provee y Quien quita, Quien da la vida y envía la muerte. Estos son
atributos exclusivamente suyos. Por lo tanto, si creemos que un ser humano, los
astros, o lo que sea, tiene uno de esos atributos, y por ello entregarles
nuestro servicio, los estamos convirtiendo en ídolos, como cuando nos suponemos
autosuficientes y confiamos ciegamente en nuestros débiles recursos para lograr
lo que sólo Dios puede, haciéndonos así ídolos de nosotros mismos, de lo que
consumimos, de lo que nos da un placer momentáneo, difuso, evanescente.
Limpiemos entonces nuestro
corazón de los ídolos que ha levantado la debilidad del ego, y hagamos de él el templo donde la presencia de
nuestro Señor brille en todo Su esplendor.
domingo, 23 de agosto de 2015
Jesús, sanador de corazones
Extraído
del Masnavi (III, 2) de Mawlana Jalaluddin Rumi.
La casa
de Jesús era el banquete de los hombres del corazón,
¡Eh,
ser afligido, no abandones esta puerta!
La
gente se amontona por todos lados,
muchos
ciegos y cojos, y paralíticos y dolientes,
en la
puerta de Jesús al alba,
que con
su aliento puede curar sus dolencias.
Apenas
hubo terminado sus oraciones,
ese santo
aparecería a la hora tercera;
él vio
ese gentío impotente en grupos,
sentados
a su puerta con confianza y esperanza;
les
habló, diciendo: "¡Oh afligidos!
Los
deseos de todos ustedes han sido concedidos por Dios;
levántense,
caminen sin pena ni aflicción,
¡conozcan
la misericordia y beneficencia de Dios!
Entonces
todos, como camellos cuyos pies están encadenados,
cuando
les liberas sus pies en el camino,
corren
presurosos con alegría y placer hasta el lugar del alto.
Y así a
su orden se pusieron de pie y corrieron.
¿De
cuántas aflicciones causadas por ti a ti mismo
has
escapado por medio de estos principios de la fe?
¡Cuánto
tiempo esta invalidez tuya fue un corcel!
¡Qué
pocas veces tu alma estuvo vacía de pena y desgracia!
Oh
rezagado y descuidado, ata una cuerda a tus pies,
no sea
que pierdas a tu propio ser.
Pero tu
ingratitud y desagradecimiento
olvidan
la miel que has sorbido.
Este
camino fue inevitablemente cerrado para ti
cuando
heriste los corazones de los hombres del corazón.
¡Rápido!
¡Abrázales y pídeles perdón!
Como
las nubes, derrama lágrimas de lamentación,
para
que su jardín de rosas pueda florecer para ti,
y sus
frutas maduras se abran por sí solas.
Agrúpense
alrededor de esa puerta, no sean más viles que un perro,
si
quieren rivalizar con el perro de los Siete Durmientes.
martes, 18 de agosto de 2015
Virtudes del Musulmán
Un
día se acerco un beduino al Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Dios
sean con él) y le dijo:
-¡Oh, mensajero de Allah! He
venido para hacerte algunos planteos acerca de los asuntos de esta vida y la
del más allá.
- Plantea lo que desees.
-Me gustaría ser el más sabio
entre los hombres.
-
Teme a Dios y serás el más sabio entre los hombres.
-Deseo ser el hombre más rico
del mundo.
-
Siéntete satisfecho con lo que tienes y serás el hombre más rico del mundo.
-Me gustaría ser el más justo
entre los hombres.
- Desea para los demás lo que deseas para ti mismo y serás el más justo
entre los hombres.
-Quiero ser el mejor de los
hombres.
-Haz
el bien a los demás y serás el mejor de los hombres.
-Deseo ser el más favorecido
por Dios
-Ocúpate
en alabar mucho a Dios y serás el más favorecido.
-Me gustaría completar mi fe.
-
Si tienes buenas maneras, completarás tu fe.
-Deseo estar entre los que
hacen el bien
-Adora a Dios como si lo vieras, pues aunque tú no lo ves, Él te ve. De
esa manera estarás entre los que hacen el bien.
-Deseo ser obediente a Dios.
-Si sigues los mandatos de Dios, Le serás obediente.
-Me gustaría estar libre de
todas las faltas.
-Purifícate
de las impurezas y estarás libre de todas las faltas.
-Me gustaría ser elevado a la
luz en el día del Juicio Final.
-No seas injusto contigo o con otras criaturas y serás elevado a la luz
en el Día del Juicio.
-Quisiera que Dios derrame Su
misericordia en mí.
-Si
tienes misericordia contigo y los demás, Dios te concederá Su misericordia en
el Día del Juicio.
-Desearía que mis faltas sean
muy pocas
-Si
buscas el perdón de Dios lo más que puedas, tus faltas serán muy pocas.
-Me gustaría ser el hombre más
honorable de todos.
-Si
no te quejas a tu prójimo entonces serás el hombre más honorable de todos.
-Desearía ser el más fuerte
entre los hombres
-Si
depositas tu confianza en Dios, eres el más fuerte entre los hombres.
-Me gustaría acrecentar mis
bienes
-Si
te mantienes puro, Dios acrecentará tus bienes.
-Me gustaría ser amado por Dios
y Su mensajero.
-Si
amas lo que Dios y Su mensajero aman, estarás entre los amados por ellos.
-Deseo estar a salvo de la ira
de Dios en el Día del Juicio.
-Si
no te enfadas con ninguno de tus prójimos, estarás a salvo de la ira de Dios en
el Día del Juicio.
-¿Qué me salvará de mis faltas?
-Las
lágrimas, la humildad y la enfermedad.
-¿Cuáles son los mejores actos
ante los ojos de Dios?
-Las
buenas maneras, la modestia y la paciencia.
-¿Cuáles son los peores males
ante los ojos de Dios?
-El
mal humor y la avaricia.
-¿Qué mitiga la ira de Dios en
esta vida y en la vida del más allá?
-La
caridad discreta y la benevolencia con la familia.
-¿Qué extingue el fuego del
infierno el día del juicio?
-La
paciencia en la adversidad y en el infortunio.
Dijo
el beduino: Yo nunca había escuchado un dicho más completo
acerca de las bellezas de la religión y más beneficioso que este hadiz. Éste
resume todas las cosas buenas del Islam.
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