miércoles, 5 de abril de 2017

De la espiritualidad del yihad... (parte 2)


Todo lo contrario al «ojo por ojo...»: el Emir Abd al-Qadir

El terrorismo es odio y este odio suele ser la desfigurada expresión de una denuncia, quizá incluso legítima. En la actualidad, pocos dudan que las injusticias cometidas a diario en Palestina y en otras partes del mundo musulmán no conlleven estas protestas, pero en el islam nada justifica el ataque y el asesinato de civiles, ni el exceso como resultado del odio, incluso si este se basa en denuncias legítimas. El objetivo de la justicia debe conseguirse de acuerdo con la justicia. El fin no puede justificar lo medios:

¡Oh vosotros que habéis llegado a creer! Sed firmes en vuestra lealtad a Dios, dando testimonio de la verdad con toda equidad; y que el odio hacia otros no os haga desviaros de la justicia. Sed justos: esto es lo más afín a la conciencia de Dios. (33)

Llegados a este punto, nos parece útil adentrarnos en una de las figuras más importantes de la historia reciente: el emir Abd al-Qadir, líder de los musulmanes argelinos en su heroica resistencia al colonialismo francés entre 1830 y 1847. Su conducta es un perfecto ejemplo del principio anunciado en el anterior versículo y, en general, todavía sigue siendo un poderoso antídoto para la gran mayoría de virus que intoxican el cuerpo político del mundo musulmán actual. Su respuesta a un verdadero y vil enemigo nunca estuvo incitada por la injusticia, todo lo contrario. Su impecable conducta frente a la traición, la mentira y la inenarrable crueldad de sus «civilizados» adversarios provoca que estos todavía aparezcan como más depravados. Su enemigo, los franceses, que iniciaron la agresión imperialista contra los musulmanes argelinos, fueron culpables de los crímenes más horribles en su «misión civilizadora», crímenes que incluso se reconocieron como tales por los arquitectos de esa misión, aunque justificados en base a la absoluta necesidad de imponer la «civilización» a los árabes. Este era un fin que justificaba cualquier medio, incluso el más salvaje. Bopichon, autor de dos libros sobre Argelia en la década de 1840, señala así el principio subyacente del proyecto colonial francés:

Poco importa que Francia, con su conducta, traspase los límites de la moral: lo esencial es que establezca una colonia estable y, como consecuencia de ello, imponga la civilización europea a esos países bárbaros. Cuando se lleva a cabo un proyecto que favorece a toda la humanidad, el camino más corto es el mejor. En estos momentos, es cierto que el camino más corto es el terror. (34)

«Terrorismo» es el término que mejor describe la política perpetrada por Francia, y abundan los testimonios de las atrocidades cometidas en ese proyecto. Un evidentemente arrepentido, por no decir traumatizado, Count dHérisson, explica en su libro La chasse à lhomme (La caza del hombre) lo siguiente: «Debíamos regresar con un barril lleno de orejas amputadas, por parejas, de los prisioneros, amigos o adversarios», causándoles «crueldades inimaginables». Las orejas de los árabes se recompensaban con diez francos el par, «y sus mujeres suponían un trofeo perfecto» (35). Los informes oficiales franceses registraron avergonzados estos actos monstruosos. La Comisión de Investigación Gubernamental admite, en su informe de 1883, lo siguiente:

Masacramos a gente que llevaban pases franceses, degollamos a poblaciones enteras que más tarde se comprobó que eran inocentes. Juzgamos a hombres famosos por su santidad en esas tierras, hombres venerables, porque habían tenido el valor suficiente para venir, conocer nuestro odio y así poder interceder en nombre de sus desafortunados paisanos. Eran hombres que fueron sentenciados, hombres civilizados a los que ejecutamos. (36)

¿Cómo respondió el emir Abd al-Qadir a estas salvajadas? Sin venganza ni rabia: con una conducta apropiada, desapasionada y fundamentada en los principios morales. En una época donde Francia mutilaba a los prisioneros árabes, masacraba indiscriminadamente a tribus enteras, quemaba vivos a hombres, mujeres y niños, y donde muchas cabezas argelinas se colgaban como trofeos de guerra, el emir manifestó su grandiosidad y su suscripción coherente a los principios islámicos y rechazó rebajarse al nivel de sus adversarios «civilizados» con el siguiente edicto:

Todo árabe que tenga en su posesión un francés debe tratarlo correctamente y llevarlo hasta el califa o al propio emir tan pronto como le sea posible. Si el prisionero denuncia malos tratos, el árabe no recibirá ninguna recompensa. (37)

Cuando se le preguntó cuál era la recompensa por una cabeza francesa, respondió: veinticinco golpes de bastón en las suelas de los pies. Se comprende de este modo por qué el general Bugeaud, gobernador-general de Argelia, lo describió no sólo como «un hombre de genio cuya historia debemos ponerla junto a Jugurtha», sino también como «una especie de profeta, la esperanza para todos los fervientes musulmanes» (38). Cuando finalmente fue derrotado y llevado a Francia, antes de exiliarse a Damasco, Abd al-Qadir recibió a cientos de admiradores franceses que habían oído hablar de su valentía y nobleza. Los visitantes, por los que él sintió un gran afecto, eran principalmente oficiales franceses que querían agradecerle el trato recibido mientras fueron sus prisioneros en Argelia (39).

Debemos repasar detalladamente el extraordinario cuidado que brindó el emir a sus prisioneros. No sólo procuró que se respetaran sus derechos frente a posibles venganzas por parte de quienes habían perdido a sus seres más queridos (brutalmente asesinados por los franceses), también manifestó especial interés por su bienestar espiritual e invitó a un cura cristiano para que atendiera las necesidades religiosas de sus prisioneros. En una carta a Dupuch, obispo de Argelia, con el que había entablado negociaciones sobre los presos en general, el emir escribe: «Enviad un sacerdote a mi campo, no le faltará de nada» (40).

Asimismo, a propósito de las mujeres detenidas, les dedicó el trato más sensible, y bajo el cuidado de su madre las colocó en una tienda permanentemente vigilada contra cualquier intruso (41). De todo ello no sorprende que muchos de estos prisioneros abrazaran el islam, mientras que otros, una vez liberados, decidieron permanecer junto al emir y ponerse a sus órdenes (42).

Este trato humano del emir fue mantenido en secreto por el ejército francés. Si se hubiera sabido, el resultado hubiera sido devastador para la moral de sus soldados, a quienes se les había dicho que estaban combatiendo en una guerra civilizadora, y que sus adversarios eran unos bárbaros. Como confirmó el coronel Gery al obispo de Argelia: «Nos obligaban a hacer todo lo posible para ocultar estas cosas el trato que los prisioneros franceses recibían. Si los soldados lo hubiera sabido, no habrían atacado con tanta rabia a Abd el-Kader» (43). Más de un siglo antes de la Convención de Ginebra, el emir demostró el significado no sólo de los derechos de los prisioneros de guerra, sino de la dignidad innata del ser humano, sea cual sea su creencia.

Probablemente, la historia más relevante de todas para el contexto que aquí nos ocupa fue su famosa defensa de los cristianos de Damasco, en 1860. Ya derrotado y en el exilio, Abd al-Qadir pasaba su tiempo pregonando y enseñando. Cuando empezó la guerra civil entre los drusos y los cristianos en el Líbano, el emir escuchó que había signos de un ataque inmediato a los cristianos de Damasco. Escribió cartas a todos los sheijs drusos, pidiéndoles que no llevaran a cabo «movimientos ofensivos contra un lugar cuyos habitantes nunca han sido enemigos». Nuevamente, expresa uno de los principios básicos del islam: no hay que iniciar nunca las hostilidades.

Y combatid por la causa de Dios a aquellos que os combatan, pero no cometáis agresión. Dios no ama a los agresores. (44)

Lamentablemente, sus cartas no surgieron efecto y cuando los drusos se acercaron a los barrios cristianos de la ciudad, el emir se enfrentó a ellos, pidiéndoles que se ciñeran a los principios islámicos.

—Tú, el gran azote de los cristianos —le gritaron. ¿Qué tienes que decirnos si ahora somos nosotros quienes luchamos? ¡Apártate!

—Cuando me enfrenté a los cristianos —respondió Abd al-Qadir— siempre lo hice fiel a nuestras leyes. Los cristianos me habían declarado la guerra y se habían alzado contra nuestra fe. (45)

Sin embargo, no logró que cambiaran de opinión. Ante la pasividad de las autoridades turcas, que no podían o no querían intervenir, empezaron los ataques a las zonas cristianas, y muchos fueron asesinados. El emir y su pequeño grupo de seguidores magrebíes buscaron a los aterrorizados cristianos y les ofrecieron refugio. Al conocer esta noticia, en la mañana del 10 de julio, una muchedumbre encolerizada se dirigió hasta la casa, exigiéndole que no protegiera a los cristianos. Solo, el emir salió y, sin miedo, les dijo:

—Hermanos, vuestra conducta es despreciable. Qué bajo habéis caído cuando veo vuestras manos musulmanas manchadas por la sangre de mujeres y niños. ¿Acaso no nos dice Al-láh: «Quien mate a un ser humano es como si hubiera matado a toda la humanidad»? ¿Y no dice también: «No cabe coacción en la religión. La guía recta se distingue claramente del extravío»?

Pero esto sólo enfureció todavía más a la gente allí reunida. Los líderes de esa masa le respondieron: «¡Oh, santo guerrero, no queremos tu opinión. ¿Por qué te inmiscuyes en nuestros asuntos? Tú, que solías combatir a los cristianos, ¿cómo puedes oponerte a que venguemos sus insultos? Infiel, entréganos a los que escondes en tu casa o recibirás el mismo castigo. Te reuniremos con tus hermanos».

Intercambiaron más palabras, donde el emir insistía: «No luché contra los cristianos, sino contra los agresores que se autodenominaban cristianos».

La rabia de la gente aumentaba y, llegados a este punto, el tono del emir cambió, sus ojos se enfurecieron, y le entraron ganas de pelearse por primera vez desde que abandonó Argelia. Lanzó una última advertencia a la gente, diciéndoles que los cristianos eran sus huéspedes, y que mientras uno sólo de sus soldados magrebíes viviera, los cristianos no serían entregados. A continuación, dirigiéndose a sus hombres, les dijo: «Y vosotros, mis magrebíes, que vuestros corazones se alegren, y pongo a Dios por testigo: ¡Lucharemos por una causa sagrada como lo hicimos antes!». Entonces, la muchedumbre se dispersó, atemorizada... (46)

Debemos observar detenidamente las palabras del emir a sus hombres, preparándoles para que dieran su vida en defensa de los cristianos. Les dijo que esta acción de defensa era tan sagrada como la guerra para proteger sus casas y familias de los colonos franceses en Argelia. Uno combate por lo que es justo, no por «nuestros» derechos, ya sea como individuos o como miembros de una familia, tribu o incluso creencia. Los principios de la religión dan prioridad a aquellos que se autodenominan «musulmanes», y estos principios se aplican en cualquier circunstancia, y especialmente cuando esta gente actúa de forma injusta. Su acción, junto al hecho de que pone a Dios por testigo, debe considerarse como una gráfica respuesta al siguiente requerimiento coránico:

¡Oh vosotros que habéis llegado a creer! Sed firmes en establecer la justicia, dando testimonio de la verdad por Dios, aunque sea en contra vuestra o de vuestros padres y parientes. Tanto si la persona es rica o pobre, el derecho de Dios está por encima de los derechos de ambos. No sigáis, pues, vuestros propios deseos, no sea que os apartéis de la justicia. (47)

El emir envió a doscientos de sus hombres a varias zonas de los barrios cristianos para que reunieran al máximo número de cristianos posible. También ofreció cincuenta piastras a quien le trajera un cristiano vivo. Su misión duró cinco días y cinco noches, durante las cuales no durmió ni descansó. Cuando la cantidad ascendió a varios miles, el emir los escoltó hasta la ciudadela de la ciudad. Se calcula que no menos de quince mil cristianos se salvaron gracias a esta acción. Es importante señalar que en esta cantidad se incluían a todos los embajadores y cónsules de las potencias europeas. Como apostilló prosaicamente Charles Henry Churchill, su biógrafo, pocos años después de lo acontecido:

Todos los representantes de las potencias cristianas que residen en Damasco, sin ninguna excepción, le deben la vida. Un destino extraño y poco equitativo... Un árabe ha protegido la atropellada majestad de Europa. Un descendiente del profeta ha amparado y protegido a la esposa de Cristo. (48)

El emir recibió los mayores honores de todas las potencias occidentales. El mismo cónsul francés, representante del Estado que había colonizado la tierra del emir, también se encontraba entre los que salvaron la vida gracias a este gesto. Para el auténtico combatiente islámico, no hay lugar para la rabia, el resentimiento ni la venganza, solamente el deber de proteger al inocente y a todas las «gentes del Libro» que viven pacíficamente en tierras del islam. Es patente el contraste radical entre esta conducta y la de los actuales mujahidin, quienes indiscriminadamente apuntan a Occidente como enemigo, cometiendo acciones ilegítimas. Pero el comportamiento de Abd al-Qadir nada tenía de extraordinario si nos fijamos en la cosmovisión islámica, ejemplificada en el siguiente versículo coránico:

En cuanto a aquellos que no os combaten por causa de vuestra religión, ni os expulsan de vuestros hogares, Dios no os prohíbe que seáis amables y equitativos con ellos. Realmente, Dios ama a quienes son equitativos. (49)

Cuando el obispo de Argelia, Louis Pavy, elogió la actuación del emir, éste le respondió: «Todo el bien que hemos hecho a los cristianos estábamos obligados a hacerlo por fidelidad a la ley islámica y su respeto por los derechos humanos. Todas las criaturas somos familia de Dios, y a quien más quiere Dios es al más beneficioso para su familia». A continuación, añadió el siguiente pasaje, que está claramente arraigado en la universalidad del mensaje coránico y en su «imperativo ontológico» de la compasión. La puesta en práctica de este universalismo y de esta compasión se refleja dramáticamente en el coraje del emir y en su sólida fidelidad a estos principios. No se trata de meras palabras, sino de valores espirituales primordiales por los que, si fuera necesario, se debe estar preparado para realizar el último de los sacrificios:

Todas las religiones traídas por los profetas, de Adán (as) a Muhámmad (sas), se fundamentan en dos principios: la exaltación de Dios y la compasión por sus criaturas. Además de estos dos principios, existen ramificaciones, cuyas divergencias no tienen importancia. Y la ley de Muhámmad es, entre todas las doctrinas, la que la que más respeta y está más vinculada a la compasión y la misericordia. Pero aquellos que creen en la religión de Muhámmad la han desviado. Es por eso que Dios ha dejado que se descarriaran. La recompensa ha sido de la misma naturaleza que su error. (50)

Lo que tenemos aquí es una diagnosis concisa e irrefutable de la actual enfermedad que padece el mundo islámico: desde que la compasión dejó de ser la base, esta gran religión permanece subordinada al odio y al rencor, y la misericordia de Dios ha sido eliminada de aquellos que «se han alejado». Esto está en concordancia con el conocido dicho del profeta: «Aquel que no muestre compasión, no recibirá compasión» (man lam yarham, lam yurham), así como en el siguiente versículo coránico: «En sus corazones hay enfermedad, y por eso Dios deja que aumente su enfermedad» (51). Esta enfermedad, que endurece los corazones, necesita un buen diagnóstico, y si nos guiamos por los grandes combatientes de nuestro reciente pasado, un ingrediente clave del medicamento es la compasión universal.

Es interesante señalar que otro gran combatiente islámico, el Imam Shamil de Daguestán, héroe de las guerras contra el imperialismo ruso (52), escribió una carta al emir Abd al-Qadir cuando tuvo noticias de su defensa de los cristianos. Lo alabó por su noble acción y agradeció a Dios que todavía quedaran musulmanes que se comportasen según el ideal islámico:

Mis oídos quedaron petrificados por lo más detestable de escuchar, algo odioso para la humanidad. Me refiero a los recientes acontecimientos en Damasco sobre cristianos y musulmanes, donde estos últimos decidieron emprender un desvío inaceptable para los seguidores del islam ..., un velo cubrió mi alma. Me dije a mí mismo: la corrupción ha hecho su aparición en la tierra y en el mar como consecuencia de lo que ha hecho la mano del hombre Corán 30:41. Quedé muy sorprendido por la ceguera de los soldados que han cometido este tipo de excesos, olvidando las palabras del Profeta, la paz y las bendiciones con él: «Quien quiera que sea injusto con un tributario (53), quien le haga comportarse incorrectamente, quien lo cargue con algo que no pueda soportar, y quien lo prive de cualquier cosa sin su consentimiento, seré yo mismo quien le acuse en el día del juicio». ¡Ah, qué palabras más hermosas! Pero cuando se me informó que os enfrentasteis a las gentes bajo las alas de la divinidad y la misericordia, que os opusisteis a aquellos que se encarecían a contrariar a Dios, el más grande ..., pedí a Dios que os tenga presentes el día en que de nada les servirán sus riquezas ni sus hijos Corán 3:10. En verdad, habéis puesto en práctica las palabras del gran mensajero de Dios, dando fe de la compasión por sus humildes criaturas y habéis alzado una barrera contra aquellos que han rechazado su gran ejemplo. ¡Qué Dios os mantenga alejados de quien quebranta Su ley! (54)

En respuesta a su carta, el emir escribió lo siguiente, donde expresa a la perfección la situación que persiste, incluso en un grado más precario, en nuestros días:

Cuando vemos que sólo unos cuántos siguen la religión real, cuán reducido es el número de defensores de la verdad, cuando vemos cómo los ignorantes imaginan los principios del islam como dificultad, severidad, extravagancia y barbarie, es el momento de repetir estas palabras: «La paciencia es bella y Al-láh es la fuente de toda ayuda» (Sabr jamîl, waLlâhul-mustaân) (Corán 12: 18). (55)

La paciencia y la compasión defendida por estos combatientes se encuentran lejos del derrotismo sentimental, y no se trata de la simple reivindicación de hacer de la necesidad virtud. En primer lugar, emerge de los principales valores que los empujaron a luchar contra la opresión, unos valores arraigados en el sutil espíritu del islam —rigurosidad combinada con generosidad, fuerza y compasión, resolución y resignación—, cualidades todas ellas complementarias con la propia naturaleza divina: jalal (majestuosidad) y jamal (belleza) (56). Si un combatiente abandona sus cualidades jalali pierde su virilidad; quien anula sus cualidades jamali pierde su humanidad. Tengamos también presente que en la tradición sufí, a la que tanto Abd al-Qadir como el Imam Shamil pertenecían, la realización espiritual sólo puede verse reflejada en el resplandor de la compasión. La realización del Absoluto es, inevitablemente, la radiación de la misericordia, pues, como ya hemos señalado, la misericordia y la compasión son la esencia de lo Real (57). Si la compasión es el sentido más completo que emana de la realización, esta misma realización es el fruto de la victoria en el «gran yihad», del que seguidamente hablaremos.

El gran yihad

Mientas que el emir Abd al-Qadir se opuso militarmente al colonialismo francés, años después otro gran maestro sufí de Argelia, el Shaykh Ahmad al-Alawi, prefirió resistir con una estrategia pacífica, aunque igualmente enmarcada en el yihad (en el sentido principal del término). Debemos recordar que el significado literal de la palabra «yihad» es «esfuerzo» o «lucha», y que el gran yihad (o yihad mayor) fue definido por el profeta como jihâd al-nafs, la guerra contra el yo. En cualquier discusión sobre el yihad, nunca debemos olvidar que la prioridad acordada al esfuerzo espiritual interior está por encima de los deberes exteriores. El combate físico es el yihad «menor», y únicamente tiene sentido en el contexto del combate sin fin que se desarrolla en el propio interior de cada cual, llamado «gran yihad».

Un maestro sufí contemporáneo contrasta claramente el tipo de lucha interior que caracteriza el verdadero «combatiente del espíritu» al de la mayoría de creyentes. Esta diferenciación la elabora vinculándola a la distinción coránica de aquellos que alcanzarán el Jardín, entre los compañeros de la derecha (ashab al-yamin) y el resto (as-sabiqun) (58):

Cada musulmán está en guerra contra el mal. Respecto a los de la derecha, sin embargo, esta lucha resulta poco metódica e intermitente, con numerosos armisticios y compromisos. Asimismo, el demonio es consciente que, como seres caídos, están dispuestos a dejarse convencer por él, aunque como por definición el demonio no tiene fe en la misericordia divina, no puede prever que escaparán de sus garras en la próxima vida. Pero en relación al resto, el demonio los confunde e incluso lleva la guerra a su territorio. El resultado es una terrible represalia. (59)

El esfuerzo moral y espiritual en este combate interno es una condición necesaria, pero no suficiente, para la victoria. Sólo con los medios revelados puede ganarse la batalla: los rituales, las meditaciones, los ensalmos, las invocaciones..., en definitiva, el recuerdo de Al-láh. En este sentido, podemos apreciar mucho mejor la estrategia del sheykh al-Alawi. Se trataba de anteponer lo primordial, concentrarse en lo «necesario» y dejar el resto en manos de Al-láh. Circunstancialmente, debe considerarse como una aplicación, en el plano de la sociedad, del siguiente principio esotérico anunciado por uno de sus seguidores espirituales, Mulay Ali al-Jamal:

El verdadero modo de combatir al enemigo es estar ocupado con el amor al Amado. Por otro lado, si te implicas en el combate contra el enemigo, este obtendrá lo que quería, y al mismo tiempo habrás perdido la oportunidad de amar al Amado. (60)

El sheykh al-Alawi se concentró en este amor al Amado, y en todos aquellos valores relacionados con este imperativo del recuerdo. Al hacerlo, excluyó otras formas de resistencia, política y militar, contra los franceses. El resplandor espiritual del sheykh no sólo alcanzó a unos cuantos discípulos, sino que a través de sus muchos muqaddams, cientos de miles de musulmanes se vieron enriquecidos inmensurablemente por esta piedad (61). Al sheykh no le importaban directamente los medios políticos para liberar su tierra del yugo francés, eso sólo era un aspecto secundario de la situación. El objetivo de la «misión civilizadora» colonial en Argelia era moldear la personalidad autóctona para encajarla en el imaginario cultural francés (62). Por consiguiente, el peligro real del colonialismo era cultural y psicológico y no sólo territorial y político, y la indomabilidad espiritual del sheykh y de sus muchos compañeros alcanzaba la dimensión de victoria. Los franceses no podían penetrar en una mentalidad que permanecía enraizada inseparablemente en la tradición espiritual islámica.

Aunque esta actitud pueda tacharse de quietismo incondicional, debemos señalar que al gran combatiente, como al propio emir, no le costará aceptar su validez, pues a pesar de que no se enfrenta al enemigo en el campo de batalla, nunca se distrae de su recuerdo del Amado.

Esta opción de no entrar en una guerra directa con el enemigo conlleva toda la dimensión interior: no se combate al mal que está en uno mismo con sus propios términos, empleando los mismos recursos limitados, sino que se le derrota mediante el recuerdo de Al-láh.

Aunque esta estrategia pueda verse, en el plano social, como una contradicción con la actividad militar o política, es perfectamente compatible con una posición activista, como la adoptada por el emir Abd al-Qadir. No hay ninguna contradicción, únicamente un cambio de énfasis, pero el principio subyacente permanece inalterado. Sólo cuando el esfuerzo exterior eclipsa, margina o niega el combate interno, este principio desaparece.

Abd al-Qadir combatió sin rabia ni odio, y esto explica la ausencia de cualquier resentimiento hacia los franceses cuando fue derrotado, sometiéndose al deseo de Dios con la misma resignación contemplativa que cuando estaba en el campo de batalla. Aquí encontramos expresado un ejemplo supremo del combatiente contemplativo, enfrentándose al enemigo sin apego, es decir, actuando sin encadenarse de ningún modo a los frutos de la acción.

Se nos puede acusar de romanticismo y de sobrevalorar la capacidad del emir de lidiar con las exigencias de una guerra brutal al mismo tiempo que se sumergía en las profundidades de la experiencia contemplativa. Por ello, nos parece apropiado presentar el siguiente relato, escrito por un francés, Léon Roche, que entró en el círculo íntimo del emir haciéndose pasar por un musulmán converso. Durante el cerco de Ayn Madi, en 1838, Roche, traumatizado por la lucha y las masacres, se dirigió a Abd al-Qadir, entró en su tienda y le pidió ayuda:

Me calmó y me ofreció una infusión de schiehh (una especie de absenta común en el desierto). Apoyó mi cabeza, que ya no podía mantener erguida, en sus rodillas. Su hospitalidad era a la manera árabe. Me encontraba tumbado a su lado. Colocó mis manos en mi cabeza, me sacó el haik y la chechia y con estas caricias me dormí. Me desperté en mitad de la noche, abrí los ojos y ya me sentía mucho mejor. La humeante mecha de una lámpara árabe apenas iluminaba la inmensa tienda del emir. Estaba a unos tres pasos de mí. Pensaba que yo todavía dormía. Mantenía sus dos brazos alzados a la altura de su cabeza, dejado ver su blanco haik que caía en espléndidos pliegues. Sus bellos ojos azules, tocados con negras pestañas, estaban abiertos. Sus labios, entreabiertos, parecían recitar una plegaria, pero sin embargo no se movían. Había alcanzado un estado estático. Sus aspiraciones hacia el cielo eran tales que parecía no tocar el suelo. En esa ocasión, fui bendecido con el honor de dormir en la tienda de Abd al-Kader, lo vi rezar y llevado por sus trances místicos. En esa noche representó para mí la imagen más rotunda de fe. Así debía ser cómo rezaban los grandes santos cristianos. (63)

De este relato podemos ver que la siguiente descripción «oficial» del emir, dada como conclusión a un panfleto que definía las regulaciones del ejército en 1839, no era simple propaganda:

Al Hadj Abdel Kader no le importa este mundo, y se aparta de él todo lo que sus ocupaciones le permiten. ... Se levanta en mitad de la noche para recomendar a su alma y a la de sus compañeros a Dios. Su principal placer es reza a Dios mediante el ayuno, y así sus pecados le serán perdonados. Cuando imparte justicia, escucha las alegaciones con la mayor de las paciencias. Cuando habla y aconseja, sus palabras humedecen los ojos de quienes le escuchan y logran abrir los corazones más tercos. (64)

Esta remarcable combinación de guerrero y santo, predicador y juez, nos hace recordar al que probablemente fue el mayor de los modelos de todo mujahidin, Ali ibn Abi Talib (ra), yerno y primo de Muhámmad (sas), cuarto califa del islam y primer imam chií, además de héroe sin igual en las primeras batallas del islam. Su importancia en el firmamento islámico queda reflejada en el siguiente hadiz del profeta: «Soy la ciudad del conocimiento y Ali es su puerta». También dijo, en un hadiz que alcanza el más alto nivel de autenticidad (mutawatir): «Quien me tenga por su maestro, Ali es su maestro (mawla)». Muhámmad (sas) también se refería a Ali (ra) como el mismo rango que Aarón (as) respecto a Moisés (as), excepto que Ali no era profeta. Este parangón de sabiduría espiritual e impecable virtud representa desde entonces al mayor combatiente en la tradición islámica. Como escribe Frithjof Schuon:

«Ali aparece por encima de todo como el "héroe solar", es el "león" de Dios; personifica la combinación del heroísmo físico en el campo de batalla con una santidad totalmente desvinculada de lo mundano. Es la personificación de la sabiduría, impasible y combativo, como enseña el Bhagavad-Gita». (65)

Una de las mayores lecciones de buen comportamiento en la batalla que impartió Ali (ra), de ese «combate en la senda de Dios», la inmortalizó Rumi en su interpretación poética del famoso incidente donde Ali enfundó su espada en lugar de terminar la faena con su derrotado enemigo, que en un último gesto de desafío le había escupido. Aunque el significado espiritual inmediato de la acción, claramente, es el rechazo de Ali de matar cegado por el odio (el guerrero debe desvincularse de sí mismo y combatir sólo para Dios), Rumi también nos proporciona un significado metafísico más profundo. En su Mathanawi, convierte lo acontecido en un sublime comentario del versículo coránico:

Y no obstante, no fuisteis vosotros quienes matasteis al enemigo, sino que fue Dios quien lo mató; y no fuiste tú (Muhámmad) quien lo arrojó, cuando lo arrojaste, sino que fue Dios quien lo arrojó. (8:17) (66)

La última parte del versículo se refiere al arrojamiento de un puñado de polvo en la dirección del enemigo antes de una batalla. Pero el versículo en su totalidad alude a la realidad de que el verdadero y ontológico responsable de todas las acciones es Dios. Las acciones del ser humano sólo son buenas si es consciente de Al-láh y, en la medida en que este se diluye en esta conciencia. Rumi pone las siguientes palabras en boca de Ali (ra), que responde a la cuestión del perplejo guerrero abatido en el suelo: «¿Por qué no me matas?». Ali le contesta:

Enfundo la espada por amor a Dios, soy el siervo de Dios, no estoy bajo las órdenes del cuerpo.
Soy el león de Dios, no soy el león de mi pasión. Mi acto refleja mi religión.
Sólo soy la espada manejada por el Sol (Divino).
Me he desprendido de mí mismo, todo lo que está fuera de Dios no existe.
Soy la sombra, el Sol es mi señor. Soy el chamberlán.
No soy el velo que impide acercarnos a Él.
Estoy cubierto con las perlas de la unión, como una espada enjoyada: en la batalla hago que los hombres vivan, no que perezcan. 67
La sangre no empaña mi espada: ¿cómo podría el viento eliminar las nubes?
Soy una montaña de autocontrol, paciencia y justicia: ¿cómo podría el viento, por más furioso que sea, arrasar la montaña? (68)

El auténtico combatiente islámico quiere degollar el cuello de su propio odio con la espada del autocontrol (69); el falso, sencillamente se ensaña con el enemigo con la espada de su ensalzado ego. Para el primero, el espíritu del islam determina el yihad. Para el segundo, el odio, disfrazado de yihad, determina su religión. El contraste entre ambos es evidente.

En relación con el irresistible ejemplo de la combinación de Ali de heroísmo y santidad, señalemos también la conexión crucial que establece entre, por un lado, la victoria en la guerra interna contra el enemigo en sí mismo y, por el otro, el principio de la compasión. Esto surge de la metáfora que da Ali (ra) de la batalla perpetrada en y para el alma: el intelecto, afirma, es el líder de las fuerzas de ar-Rahman (el Compasivo). Al-hawa (deseo, capricho) dirige las fuerzas de ash-shaytan (el demonio). El alma se encuentra entre ellos, sufriendo la atracción de ambos (mutajadhiba baynahuma). El alma «entra en el reino de cualquiera de los dos que triunfe» (70).

La energía fundamental del alma no se destruye, sino que se convierte y se redirige, lejos de los objetos transitorios del deseo individualista, alejada también de ash-Shaytan y dirigida hacia lo uno, el objeto verdadero expresado por ar-Rahman. Es la compasión y la misericordia las que prevalecen ante el enemigo, en no importa qué nivel, y el intelecto entiende esta compasión en su estado normativo. Cuando el intelecto se ve afectado por el capricho y la arbitrariedad, la compasión es reemplazada por la pasión, el rencor y el odio. El enemigo es entonces combatido con sus propios términos degradados y no mediante un principio más elevado. En lugar de recordar al «Amado», se da al enemigo la satisfacción de la victoria mediante los medios empleados en la batalla. Ya no se está combatiendo para Dios porque ya no se lucha en Dios.

Finalmente, señalemos también los siguientes dichos de Ali (ra), que nos ayudan a subrayar la prioridad que debe acordarse al combate espiritual por encima de la recompensa material:

La lucha contra el alma a través del conocimiento: este es el signo del intelecto.
Los más fuertes son aquellos que se muestran más fuertes contra sus almas.
En verdad, quien combate a su propio ego, en obediencia a Al-láh y sin contradecirlo, alcanza el rango del mártir recto ante Dios.
La última batalla es la del hombre contra su yo.
Quien conoce su alma la combate.
Ningún yihad es más excelente que el yihad contra el ego. (71)

* * *

Los episodios que hemos recopilado en este capítulo como ilustraciones del yihad auténtico no deben ser considerados como representantes de un sublime pero inalcanzable ideal, sino como una expresión de la norma sagrada en la tradición islámica sobre la guerra. Este comportamiento en el campo de batalla no se ha aplicado siempre, pero se ha mantenido como principio, y con mucha frecuencia ha dado como frutos el tipo de caballerismo, nobleza y heroísmo entre los cuales hemos destacado algunos de los más conocidos.

Esta norma sagrada destaca claramente y se arraiga en los valores e instituciones de la sociedad tradicional musulmana. A través de las nubes de pasión, y a pesar del prisma distorsionado de la ideología, todavía puede verse hoy en día.

No es casual que tanto el emir Abd al-Qadir como el Imam Shamil —por no mencionar otros nobles combatientes que resistieron a la agresión imperialista de Occidente, como Umar Mukhtar en Libia, el Mahdi en Sudán o Uthman dan Fodio en Nigeria— eran adeptos del sufismo. No se trata de afirmar que el sufismo abarca la espiritualidad islámica de un modo exclusivo, pero no podemos negar que los valores espirituales del islam, tradicionalmente, han sido cultivados y llevados a la práctica de un modo más efectivo y bello por los sufís. Y son estos valores espirituales que infunden las normas éticas —en cualquier ámbito— con las que vivificar la gracia, una gracia sin la cual los actos de heroísmo y nobleza que hemos visto aquí son apenas concebibles. El sufismo no inventa los valores espirituales del islam, sino que básicamente busca darles vida, de generación en generación. Una definición importante del tasawwuf la elaboró Ali al-Hujwiri (m. 456/1063) en su Kashf al-mahjub (La manifestación de lo velado), una de las primeras y más importantes obras del sufismo clásico: «Hoy en día, el sufismo es un nombre sin una realidad. Anteriormente fue una realidad sin nombre» (72). En otras palabras, los auténticos valores del sufismo se encuentran en la época de Muhámmad (sas) y sus compañeros, donde su realidad era vivida más que etiquetada. Tras darnos la definición, al-Hujwiri añade que quien niega el sufismo está, de hecho, negando «toda la ley del Enviado y sus alabadas cualidades» (73).

A algunos les puede sorprender que negar el sufismo equivale a la negación de la ley sagrada en su totalidad, por eso debemos hacer hincapié en la palabra «totalidad». Si reducimos el islam a una observación mecánica de reglas externas, no obtendremos una religión en el sentido completo: será una religión sin vida interior. En este sentido, encontramos al gran Al-Ghazali titulando uno de sus mayores tratados Recuperación de las ciencias de la religión. En sus escritos queda patente que los valores espirituales propios del sufismo provienen de esta vida interior de la religión.

Tradicionalmente, también son los sufís quienes han asimilado con más profundidad la universalidad propia del mensaje coránico. No es sorprendente, por consiguiente, que quienes más se adentran en el sufismo, más sensibles están a la santidad de la vida humana, a la innata santidad del ser humano, sea cual sea su religión. Y tampoco sorprende que quienes se muestran más hostiles contra el sufismo son aquellos que demuestran el más pésimo desprecio por la inviolabilidad de la vida.

Cada vez es más obvio para los observadores inteligentes del mundo musulmán que los que se inclinan por la violencia forman parte de los desviados, los takfiri (74), hijos de diversos movimientos radicales que no sólo son simplemente «ideológicos», sino que también se muestran contrarios al sufismo y a la mayoría de valores sagrados en la tradición espiritual islámica.

Ahora, esta oposición vehemente a la espiritualidad de la tradición sólo puede conllevar la desacralización de la religión. Y esto, inevitablemente, va de la mano con el rechazo de la santidad de otras tradiciones. El insulto político del «otro» religioso se da en un clima donde la integridad de lo sagrado en la propia tradición ya se ha deteriorado. Atacar lo sagrado en uno mismo es el primer paso para destruir las otras religiones. Los sufís, por el contrario, son muy conscientes no sólo de la santidad de las otras creencias, sino también de las manifestaciones sagradas en la religión del «otro». Abd al-Qadir, ante la iglesia de Madeleine, exclamó: «Cuando empecé mi combate contra los franceses, pensé que eran gente sin religión. ... Iglesias como esta me hacen ver lo equivocado que estaba» (75).

Hoy en día, somos testigos del resultado de un largo proceso de desacralización que se ha desarrollado en el cuerpo político del mundo musulmán: la falsa moral disfrazada de virtud, la beatería remplazando la santidad y el sacrilegio ocupando el lugar de la religión. Este es el panorama que, bajo el nombre del islam, ha pasado de ser un camino de salvación a un pretexto para una ideología política bajo la apariencia religiosa. La reducción resulta más evidente en esa pequeña minoría de extremistas políticos que afirma representar a la umma (comunidad) pero que, al mismo tiempo, manifiesta las consecuencias más violentas del declive espiritual de esta. Sin embargo, debemos señalar que la razón por la que los extremistas actúan en nombre de la religión se debe a que la mayoría de musulmanes son todavía «religiosos» en diversos grados. En otras palabras, el recurso extremista al vocabulario religioso para legitimar la ideología yihadista es un ejemplo de la importancia de la religión en el mundo musulmán.

En efecto, el cuerpo político del ámbito islámico ha sido contaminado por un veneno que conlleva disturbios. Al mismo tiempo, recibe, del exterior, asaltos violentos que agitan al cuerpo en su esfuerzo para eliminar el virus. Lo que necesitan los musulmanes es diagnosticar la enfermedad y mostrar que la tendencia de recurrir al terrorismo es un veneno que corroe el islam y no un producto de la esencia del islam. Lograr esta diagnosis forma parte de la lucha contra el terrorismo —la «guerra contra el terror» real ocurre en este campo y entre los propios musulmanes—. Los mayores combatientes en esta batalla son aquellos que luchan intelectualmente para recuperar el islam y reivindicarlo, para recibir sus más profundos y nobles ideales, en cuya luz la amplitud del actual descarrío tildado de «islámico» puede verse claramente. Pero los esfuerzos de estos musulmanes luchando con su intelecto por el auténtico islam, y haciéndolo en Dios, ciertamente no encuentra apoyos ni en Occidente ni en las políticas que exacerban, incluso de forma inconsciente, la demonización del proceso. Estas políticas sólo logran que el virus cobre más fuerza y debilite todavía más los anticuerpos.

Por ejemplo, Khaled Abou El-Fadl —una de las voces más concisas en Estados Unidos, que reivindica la tolerancia en el islam, rechaza toda forma de violencia y lo hace basándose en la propia tradición jurídica— ha sido tachado de traidor por muchos descerebrados musulmanes. Dicen que en un tiempo donde los musulmanes están siendo masacrados en todo el mundo (Chechenia, Cachemira, Palestina, Xinjiang, Iraq, etcétera), hablar de la necesidad de ser tolerantes no sólo es una broma pesada, también significa cerrar los ojos a la intolerancia de Occidente, y así ser cómplices de su tiranía. A esto, Abou El-Fadl responde valientemente que la tolerancia está en el corazón de la tradición ética islámica y que «si los musulmanes responden de una forma contradictoria con su moralidad, entonces es que algo mucho más importante que la revuelta política se ha perdido: han visto perecer su moral» (76).

Asimismo, aquellos que han perdido sus bases morales, y que consecuentemente recurren a la violencia en nombre del islam, sólo pueden hacerlo si reducen la esencia sagrada de la religión a sus formas externas. Este tipo de reducción de la esencia a la forma —paradójica pero inevitablemente— empobrece toda forma. Privados de la savia vivificante de sus fuentes sagradas, las formas se pudren —o se derrumban en sí mismas en una autodestrucción violenta: entra el terrorista suicida—.

El emir lamentó la escasez de «adalides de la verdad» en su época. En la nuestra, nos enfrentamos con un espectáculo todavía más grotesco: los adalides del yihad auténtico vuelan en pedazos por las bombas de los suicidas que se creen mártires de la fe. Uno de los grandes mujahidin verdaderos en la guerra contra los invasores soviéticos en Afganistán, Ahmed Shah Massoud, fue la víctima de un ataque a traición por parte de dos compañeros musulmanes, en lo que evidentemente fue el primer paso de la operación que destruyó el World Trade Center. Pero al margen de la política, la razón por la que Massoud era tan popular era precisamente por su fidelidad a los valores de la batalla noble en el islam. Y fue esta fidelidad a la tradición la que lo convirtió en el peligroso enemigo de los terroristas —más peligroso que ese abstracto enemigo llamado «Occidente»—. Para considerar el asesinato indiscriminado de civiles occidentales como «yihad», los valores del verdadero yihad necesitaban ser eliminados. Su asesinato fue doblemente simbólico: Massoud encarnaba el tradicional espíritu del yihad que debía ser erradicado por quienes deseaban apropiarse de su significado; y sólo a través del suicidio —subvirtiendo así su propia alma— esta destrucción, o mejor dicho, esta aparente destrucción, podía perpetrarse. La destrucción es sólo aparente ya que, por un lado:

Sólo se destruyen a sí mismos quienes preparan un foso de fuego que arde intensamente para todos los que han llegado a creer (77)

Y, por el otro:

No digáis de los que han caído luchando por la causa de Dios: «Están muertos». Al contrario, están vivos, pero no os dais cuenta. (78)

Finalmente, hemos de señalar que, si bien es cierto que al mártir se le ha prometido el paraíso, el mártir real (shahid) es aquella persona cuya muerte verdaderamente representa un «testimonio» (shahada) de la Verdad de Dios. Es la conciencia de la Verdad que debe articular el espíritu de quien «lucha en la senda de Dios». Si se combate por cualquier otro motivo, no puede llamarse yihad, del mismo modo que quien muere en estas circunstancias no puede llamarse mártir. Sólo es shahid quien diga, con toda sinceridad:

«Ciertamente, mi oración, todos mis actos de adoración, mi vida y mi muerte son sólo para Dios, el Sustentador de todos los mundos» (6:162).

Notas

33. Corán 5:8.
34. Citado en W.B. Quandt, Revolution and Political Leadership: Algeria, 1954–68 (Cambridge MA: MIT Press, 1969), 4.
35. Para esta y otras muchas descripciones oficiales de estas atrocidades véase Roger Garaudy, Un dialogue pour les civilisations (París: Denoël, 1977), 54–65. (Edición en español: Diálogo de civilizaciones, Cuadernos para el diálogo, Madrid, 1977.) Esto lo cita Rashid Messaoudi, «Algerian-French Relations, 1830–1991» en Algeria—Revolution Revisited, ed. Reza Shah-Kazemi (Londres: Islamic World Report, 1997), 6–46.
36. Ibid., p. 10.
37. Véase Mohamed Chérif Sahli, Abdelkader—Le Chevalier de la Foi (Argel: Entreprise algérienne de presse, 1967), 131–2. Véase también nuestro ensayo «From Sufism to Terrorism: The Distortion of Islam in the Political Culture of Algeria», en Algeria—Revolution Revisited, 160–92, donde elaboramos primeramente muchos de estos aspectos.
38. Citado en Michel Chodkiewicz, The Spiritual Writings of Amir ‘Abd al-Kader (Albany: State University of New York, 1995), 2. Esta selección de textos del Mawaqif del emir muestra perfectamente la otra cara de Abd al-Qadir: su vida espiritual como maestro sufí. En esta obra, el emir comenta los versículos coránicos y los hadices, así como los escritos de Ibn Arabi, haciéndolo desde una rigurosa perspectiva esotérica. Asimismo, el emir fue nombrado warith al-ulum al-akbariyya, heredero de las ciencias akbarís, es decir, pertenecientes al Shaykh al-Akbar (el gran maestro), Ibn Arabi. Véase páginas 20–24 por este aspecto desconocido de la función del emir.
39. Véase Charles Henry Churchill, The Life of Abdel Kader (Londres: Chapman and Hall, 1867), 295.
40. Citado por Benamar Aïd, «Le Geste de l’Emir: prisonniers de guerre» en Itinéraires—Revue semestrielle éditée par la Fondation Emir Abdelkader, 6 (2003): 31.
41. Ibid., 32.
42. Ibid., 33.
43. Citado por el Conde de Cirvy en su trabajo «Napoleon III et Abd el-Kader»; véase «Document: Un portrait de l’Emir par le Comte de Cirvy (1853)» en Itinéraires 5 (2001): 11.
44. Corán 2:190. Véase el importante tratado por el último sheij de al-Azhar, Mahmud Shaltut, donde el yihad en el islam se define únicamente en términos defensivos. Esta obra, Al-Qur’an wa’l-qital, fue publicada en El Cairo en 1948, y traducida al inglés por Peters con el título «A Modernist Interpretation of Jihad: Mahmud Shaltut’s Treatise, Koran and Fighting» en su libro Jihad in Classical and Modern Islam (Leiden: Brill, 1977), 59–101.
45. Churchill, Life, 314.
46. Este incidente lo documenta Boualem Bessaïeh en «Abdelkader à Damas et le sauvetage de douze mille chrétiens», Itinéraires 6 (2003): 90.
47. Corán 4:135.
48. Churchill, Life, 318.
49. Corán 60:8.
50. Citado por Henri Teissier (obispo de Argelia) en «Le sens du dialogue inter-religions», Itinéraires 6 (2003): 47.
51. Corán 2:10.
52. Al igual que el emir, el Imam Shamil fue respetado con devoción no sólo por sus seguidores, también por los rusos. Cuando finalmente fue vencido y llevado a Rusia, se le trató como a un héroe. El libro de Lesley Blanch Sabres of Paradise (Nueva York: Caroll and Graf, 1960), aunque en ocasiones envuelto de romanticismo, refleja adecuadamente el aspecto heroico de la resistencia de Shamil. Para una perspectiva más académica, véase Moshe Gammer, Muslim Resistance to the Tsar: Shamil and the Conquest of Chechnia and Daghestan (Londres: Frank Cass, 1994). Sobre Chechenia, véase nuestro libro Crisis in Chechnia—Russian Imperialism, Chechen Nationalism and Militant Sufism (Londres: Islamic World Report, 1995), donde se ofrece una panorámica a la lucha chechena por la independencia desde el siglo XVIII hasta mediados de 1990, con un particular hincapié en el papel de las cofradías sufís en esta reivindicación.
53. Es decir, un dhimmi, alguien no musulmán que recibe el dhimma, o «protección» del estado musulmán.
54. Citado por Bessaïeh, «Abdelkader à Damas», 91–2. Véase también Churchill, Life, 321–2.
55. Citado en Churchill, Life, 323.
56. Uno de los principales objetivos del sistema educativo que subyace en La República de Platón es la de enseñar a los «guardianes» del estado cómo comportarse con dureza frente al enemigo al mismo tiempo que se es gentil con el propio pueblo (como hemos señalado, los musulmanes son descritos como violentos contra los infieles y compasivos entre los suyos). Es por este motivo que artes como la música se imparten entre las disciplinas marciales. Los combatientes como el emir Abd al-Qadir o el Imam Shamil combinaron a la perfección estos roles, gracias a las virtudes equilibradas dignas del espíritu islámico. En la guerra moderna, al contrario, enfrentarse al «enemigo» parece imposible sin una ideología que lo deshumanice y demonice. De ahí las continuas atrocidades de nuestra era «postilustrada».
57. Hemos desarrollado este aspecto en el ensayo «Selfhood and Compassion: Jesus in the Qur’an—An Akbari Perspective» en The Journal of the Muhyiddin Ibn Arabi Society 29 (2001).
58. Véase Corán 56:8-10.
59. Abu Bakr Siraj ad-Din, The Book of Certainty (Cambridge: Islamic Texts Society, 1992), 80. (Edición en español: El libro de la certeza: doctrina sufí de la fe, la visión y la gnosis, José J. Olañeta editor, Mallorca, 2002.) Véase también el ensayo de S.H. Nasr, «The Spiritual Significance of Jihad», capítulo 1 de Traditional Islam in the Modern World (Londres: Kegan Paul International, 1987); y también la sección de este libro titulada «Traditional Islam and Modernism», que permanece como una de las principales críticas del pensamiento modernista y extremista en el islam.
60. Citado por el Shaykh al-Arabi ad-Darqawi, fundador de la rama Darqawi de la tariqa sufí Shadhiliyya. Véase Letters of a Sufi Master, trad. Titus Burckhardt (Bedfont, Middlesex: Perennial Books, 1969), 9. (Edición en español: Cartas de un maestro sufí, José J. Olañeta editor, Mallorca, 1991.)
61. Véase el ensayo de Omar Benaissa «Sufism in the Colonial Period» en Algeria: Revolution Revisited, ed. R. Shah-Kazemi (Londres: Islamic World Report, 1997), 47–68, para más detalles de esta influencia religiosa de la tariqa del sheij en la sociedad argelina.
62. Alexis de Tocqueville critica con contundencia la política asimilacionista de su gobierno en Argelia. En un informe parlamentario de 1847, escribe: «No debemos inclinarlos hacia nuestra civilización europea, sino hacia la suya. ... Hemos cerrado numerosas entidades caritativas o waqf, instituciones religiosas, hemos arrasado escuelas madrasas... el reclutamiento de los hombres religiosos y expertos en la sharia ha cesado. En otras palabras, hemos convertido la sociedad musulmana en más miserable, desorganizada, bárbara e ignorante que nunca». Citado en Charles-Robert Ageron, Modern Algeria, traducido al inglés por Michael Brett (Londres: Hurst, 1991), 21.
63. Léon Roche, Dix Ans à travers l’Islam (París: 1904), p.140–1. Citado en M. Chodkiewicz, Spiritual Writings, 4.
64. Citado en Churchill, Life, 137–8.
65. Frithjof Schuon, Islam and the Perennial Philosophy (Londres: World of Islam Festival, 1976), 101. Schuon también se refiere a Ali como el representante por excelencia del esoterismo islámico. Véase The Transcendent Unity of Religions (London: Faber and Faber, 1953), 59. (Edición en español: De la unidad transcendente de las religiones, José J. Olañeta editor, Mallorca, 2004.)
66. Corán 8:17.
67. Por ejemplo el siguiente versículo del Bhagavad-Gita: «Quien crea que pueda ser un asesino, quien crea que es asesinado, ambos no tienen derecho a saber: ni da muerte, ni es asesinado». En Hindu Scriptures, traducción al inglés de R.C. Zaehner (Londres: Dent, 1966), 256. (Existen numerosas ediciones en español de esta obra, como por ejemplo: Bhagavad Gita: cantar del glorioso señor, Olañeta, Mallorca, 2005; Bhagavad Gîtâ, el canto del Señor: diálogos entre Krishna y Arjuna, príncipe de la India, Luis Cárcamo ed., Madrid, 2006; Bhagavad gita: con los comentarios aduaita de Sánkara, Trotta, Madrid, 1997.)
68. The Mathnawi of Jalalu’ddin Rumi, traducción al inglés de R.A. Nicholson (Londres: Luzac, 1926), libro 1, p. 205, líneas 3787–3794. (Edición en español: Mathanawi, editorial Sufi, Madrid, 2003) Los paréntesis los insertó Nicholson. Véase los comentarios de Schleifer sobre la narración de Rumi sobre este episodio en «Jihad and Traditional Islamic Consciousness», 197–9.
69. Como dice Rumi, continuando con el discurso de Ali. Véase libro 1, p. 207, línea 3800.
70. Citado por Abd al-Wahid Amidi en su compilación de dichos de Ali, Ghurar al-hikam (Qom: Ansariyan Publications, 2000), 2:951, no.9. «El intelecto y la pasión son opuestos. El intelecto se mueve por el conocimiento, la pasión por el capricho. El ego (nafs) está entre ambos, empujado por ellos. Quien triunfe, tendrá el nafs a su lado». (Ibid., no. 10)
71. Ibid., 1:208–11, nos. 20, 17, 8, 23, 26, 28. En nuestra publicación Justice and Remembrance—Introducing the Spirituality of Imam Ali (Londres: IB Tauris, 2005), desarrollamos estos temas en el contexto del «espíritu del intelecto» en la perspectiva de Ali.
72. Ali al-Hujwiri, The Kashf al-Mahjub—The Oldest Persian Treatise on Sufism, trad. al inglés de R.A Nicholson (Lahore: Islamic Book Service, 1992), 44.
73. Ibid., p. 44.
74. Aquellos que cometen takfir, es decir la declaración de que alguien es kafir.
75. Churchill, Life, 295.
76. Khaled Abou El-Fadl, The Place of Tolerance in Islam (Boston: Beacon Press, 2002), 98.
77. Corán 85:4-5. Seguimos aquí la traducción de Muhammad Asad de estos elípticos versículos. Véase The Message of the Qur’an (Gibraltar: Dar al-Andalus, 1984), 942. Traducción al español: El mensaje del Qur’an, Córdoba, Junta Islámica, 2001. Esta traducción también es la que hemos utilizado en todas las citas coránicas de este capítulo. N. del T.

78. Corán 2:154.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Vive este Rajab como si fuese tu último Rajab


Bismillahi Rahmani Rahim

Durante este mes de Rajab debemos decir astaghfirullah tanto como podamos, pidiendo el perdón de nuestro Señor, ya que Él nos ha creado para Su servicio y los hijos de Adam han perdido completamente su dirección, especialmente en este tiempo, haciendo cualquier cosa excepto conocer a Allah y adorar a Allah.

Despiértense a ustedes mismos. No sabemos si vamos a llegar a otro Rajab. Tú no deberías hacer planes para otro Rajab. Deberías vivir este Rajab como si fuese el último Rajab sobre la faz de esta tierra. Entonces pondrás algo de sentido en tu cabeza. No te mires a ti mismo para decir: 'Soy joven, soy fuerte, estoy saludable, está bien'. No está bien. Azrail (el ángel de la muerte) está esperando. Creyente es aquel que tiene esperanza y corre tras eso para corregirse a sí mismo pero espera a cada minuto porque Azrail puede llegarle. Él está preparado para Azrail.

Así que, si queremos seguridad y protección, entonces en el mes de Rajab es muy fácil. Si dejas que este mes se vuele como otros meses, entonces no creas que vas a atrapar fácilmente a tu ego otra vez en el mes de Shaban o Ramadán. Si en este mes estás corriendo para forzarte en atrapar tu ego y ponerlo un poco en el rincón, el mes de Shaban se hace fácil y el mes de Ramadán se hace aún más fácil. Y debes continuarlo luego del Ramadán. En el transcurso de estos meses tanta gente está corriendo para hacer algo, pero en cuanto termina Ramadán, otra vez se vuelven salvajes. Entonces lo perdiste todo. Tienes que empezar todo de nuevo. No has conseguido nada. Tan sólo como que hoy estás construyendo tu Paraíso y mañana lo destruyes. Hoy eres un siervo obediente, si mañana eres desobediente entonces estás destruyendo tu propio paraíso (que construiste con la obediencia). Pero el hombre es indiferente. No está viendo, no está sabiendo, no está entendiendo. No quiere entender porque el ego se levanta frente a él como un obstáculo entre él y el Paraíso.

Así que estamos en el mes de Rajab, mes de Rahmat (misericordia), y lentamente nos estamos movilizando hacia el mes de Shaban, insha'Allah ar-Rahman. En el transcurso de este mes tenemos una noche especial más (Laylatul Miraj). Luego de Laylatul Miraj, en el transcurso del mes de Shaban tenemos otra noche especial. Tenemos otra noche especial que viene durante el mes de Ramadán. Estas cuatro noches sagradas se encuentran en el transcurso de estos tres meses santos. Si le damos importancia a estos días correctamente, entonces definitivamente en cuanto termine Ramadán los creyentes sentirán como que han entrado a otro mundo el año siguiente, si Allah les da vida. Si no, entonces ya estarán preparados para marchar al otro  sin temor alguno.

-Hz Sahib us Sayf Sheykh Abdul Kerim Effendi (qs)

Vínculo relacionado respecto al mes de RajabEl Bendito Mes de Rajab

domingo, 26 de marzo de 2017

¿Qué le ha pasado a la Nación de Muhammad (asws)?

Bismillahi Rahmani Rahim

¿Qué le ha pasado a nuestra Nación? ¿Qué le ha pasado a la Ummat-i Muhammad?

La Ummat-i Muhammad se ha dividido, se ha dividido en tantas partes diferentes.

Primero ellos se han separado a sí mismos unos de otros. Se han convertido a sí mismos en “nacionalidades”. Nacionalismo. Ellos seleccionan y eligen sus propias banderas. Entonces comienzan a devorarse los unos a los otros. Eso es lo que ha sucedido con la Nación de Muhammad (asws).

Y aquellos que no se han separado en naciones se han separado en 73 grupos. “Mi Nación”, dice el Sagrado Profeta (asws), “se dividirá en 73 caminos diferentes. Todos van a pretender estar en el Sirat-ul Mustaqim, que están en el camino recto. Solamente uno de ellos, un grupo, va a estar en el Sirat-ul Mustaqim. Y los 72 restantes estarán en el lado incorrecto. Están confinados al fuego.” Y los Sahaba-e Kiram preguntaron: “Ya Rasulullah, ¿si todos pretenden ser ese grupo en el camino recto, cómo vamos a saber cuál es realmente?” “Ellos son los que mantienen mi Sunnah y la Sunnah de mis Sahabis.” No sólo la Sunnah de Rasulullah (asws), sino la Sunnah de sus Sahabis.

Ahora nos tenemos que chequear a nosotros mismos. Así es. Volvámonos un poco. Como dijimos antes, los Musulmanes se están gruñendo unos a otros. De esa manera, oh Yama’ats, oh Naciones, no necesitan enemigos. Vuestro enemigo está sentado y observa diciendo: “De todos modos esos se están acabando a sí mismos. Es fácil hacerlos caer.”

Pero esos (enemigos del Islam), como tampoco los Musulmanes negligentes, están sabiendo, no están creyendo, que hay un puñado de quienes se están aferrando con fuerza a las enseñanzas y a la Sunnah de Rasulullah (asws). Ellos no se desvían del camino principal. Y con ellos, sí, este mundo va a encontrar nuevamente paz, a través de sus manos.

Y nuestra aspiración, nuestra intención, tu corazón al menos tiene que estar con ellos, para decir: “Ya Rabbi, soy un siervo débil, no puedo hacer nada, pero si me das el poder voy a cambiar todo este mundo para aplicar Tus leyes en él, y que en todos lados Tu Nombre sea mencionado.”


Si no estás diciendo esto, no has alcanzado la fe completa.

-Hz Sheykh Abdul Kerim Effendi (qs)

sábado, 25 de marzo de 2017

De la espiritualidad del yihad a la ideología del yihadismo (p.I)


Autor: Reza Shah-Kazemi

A los que luchan esforzadamente por Nuestra causa,
sin duda les guiaremos por caminos que conducen a Nosotros.
El Coran, 29:69

El principio expresado en este versículo es imprescindible para comprender la naturaleza del yihad (esfuerzo sagrado) en el islam. Asimismo, nos ayuda a establecer un claro criterio mediante el cual refutar la ideología yihadista. El esfuerzo en cuestión debe ser en Dios y no sólo para Dios. En otras palabras, debe realizarse en un marco divino y en armonía con todas las cualidades espirituales y éticas propias de este marco. Únicamente en estas condiciones, Dios guiará al muyahidín por las sendas apropiadas, ya sea en el ámbito de la guerra exterior, en el compromiso social y moral, en el esfuerzo intelectual o en lo más profundo: el combate espiritual contra el mayor de los enemigos, es decir, el propio ego congénito (nafs) que se encuentra en uno mismo. En esta concepción del yihad, el fin no justifica los medios, todo lo contrario: los medios deben estar en total conformidad con el fin.

Si la lucha personal es verdaderamente para Dios, debe desarrollarse en Dios —ambos, el medio y el fin, se definen entonces por principios divinos, inspirados e incluidos por la presencia divina. El empleo de medios repugnantes traiciona el fin previsto y lo aleja de lo divino. En lugar de combatir para Dios y en Dios, el objetivo de cualquier yihad donde se justifica la muerte de inocentes no se fundamenta en lo divino. Aunque adornado con toda la simbología del lenguaje islámico, surge como un producto de una rigurosa ideología yihadista no islámica.
En este contexto, es totalmente comprensible que, tras los acontecimientos que sacudieron el mundo ese 11 de septiembre del 2001, muchas personas, tanto en Occidente como en el mundo musulmán, les pareció una barbaridad que los asesinatos en masa perpetrados aquel día fueran tildados, por algunos musulmanes, como un acto de yihad. Sólo las almas más perversas pueden considerar los ataques suicidas como obra de los muyahidín que golpearon en nombre del islam objetivos legítimos en el corazón del enemigo.

Sin embrago, y a pesar de esta evidente falsedad, la imagen del islam moldeada por su desfiguración de los principios islámicos no resulta fácil de eliminar del imaginario popular occidental. Existe una insana y peligrosa convergencia de percepción entre, por un lado, aquella minoría que en el mundo musulmán considera los ataques como un necesario yihad antioccidental y, por otro, aquellos en Occidente (lamentablemente, no tan minoría) que del mismo modo ven los ataques como la lógica expresión de una inherente tradición religiosa militar que siempre se opondrá a Occidente.

Aunque sea muy importante, en la práctica nada importa si los pensadores islámicos afirman que los ataques terroristas están totalmente al margen de cualquier legitimidad en términos de ley islámica y moralidad. Los principios legales relevantes —que el yihad sólo puede proclamarse por los juristas más cualificados en el territorio en cuestión; que no existen motivos por emplear en el yihad, incluso si es legítimo, el fuego como arma; que la inviolabilidad de los no combatientes siempre debe conservarse; que el suicidio está prohibido en el islam...—, y muchos otros principios, han sido señalados por los expertos en la sharia y debidamente amplificados por los líderes y jefes de estado del mundo musulmán. No obstante, la imagen intacta de un «yihad islámico» parece estar determinada por imaginarios y estereotipos más que por sutilezas legales. Por ejemplo, inmediatamente después de los ataques del 11-s, se yuxtapusieron dos potentes escenas: la apocalíptica carnicería de la «zona cero» frente a masas de rabiosos musulmanes portando pancartas antioccidentales al grito de «Al-lahu akbar».

En una situación así, donde el espíritu tradicional del islam y el significado e importancia del yihad se han distorsionado hasta el punto de pervertirlos completamente, es responsabilidad de todos aquellos que nos oponemos, tanto a los estereotipos mediáticos del «yihadismo» como ante los fanáticos descarriados que proporcionan el material para mantener esos estereotipos, denunciar de la forma más contundente posible todo tipo de terrorismo encubierto de yihad.

Llegados a este punto, muchos se preguntarán: si este yihad es falso, ¿cuál es el verdadero? (2)


Los principios islámicos y la práctica musulmana

Sería una tarea relativamente sencilla citar los principios islámicos tradicionales donde queda de manifiesto el origen totalmente no islámico de esta ideología yihadista, pero pensamos que la crítica será mucho más efectiva si la acompañamos de imágenes, acciones, dichos, personalidades y episodios que ejemplifican los principios en cuestión, añadiendo carne y sangre al esqueleto de la teoría.

Para el correcto argumento intelectual, especialmente en el ámbito que consideramos aquí, debemos basarnos en las fuentes históricas de casos donde el espíritu del auténtico yihad se muestra intensamente activo. Asimismo, frente a las experiencias de los verdaderos muyâhidîn, la ilegítima actitud del falso combatiente resulta todavía más evidente.

En la historia musulmana, encontramos un rico patrimonio de comportamiento justo en el campo de batalla. Pero antes de adentrarnos en este asunto, debemos recalcar que los musulmanes entran en guerra únicamente como último recurso, y sólo por estrictos motivos de autodefensa. Nunca se debe actuar empujado por el propio beneficio o gloria, como queda claro en el Corán: «Se os ha prescrito combatir, aunque os sea odioso» (2:216).

Cuando la guerra es inevitable, uno debe comportarse según los estrictos principios y conforme el espíritu de la fe. Lo que sigue es una serie de escenas, extraídas de la tradición, que nos servirán como ilustraciones de este espíritu.

Si nos centramos en el comportamiento apropiado durante el conflicto, no resulta exagerado afirmar que, en la Edad Media, el nombre de Saladino fue un arquetipo para la caballería, y ha llegado incluso hasta nuestros días. Las crónicas de esa época, tanto las musulmanas como las cristianas, describen sus campañas y su fidelidad como el más noble de los principios de la batalla digna. Una y otra vez, con frecuencia frente a la desfachatez de sus adversarios, Saladino respondió con magnanimidad y justicia. Basta centrarnos en su autocontrol, su clemencia y su generosidad en lo que supuso su gran victoria: la reconquista de Jerusalén el viernes 2 de octubre de 1187, una fecha memorable pues era el día 27 de rajab, el aniversario de la «noche de la ascensión» (laylat al-Mirâj), cuando el profeta (sas) ascendió a los cielos desde la misma Jerusalén. Tras detallar numerosos actos de bondad y caridad, el cronista cristiano Ernul escribe:

Os tengo que describir la gran cortesía de Saladino hacia las mujeres e hijas de los guerreros, quienes habían huido de Jerusalén cuando sus señores habían sido asesinados o capturados en la batalla. Cuando esas damas fueron capturadas y llevadas a Jerusalén, quisieron pedir compasión a Saladino. Cuando este las vio, les preguntó quiénes eran. Se le dijo que eran las esposas e hijas de los guerreros que habían sido capturados o caídos en combate. Entonces, preguntó qué querían, y respondieron que, por Dios, se apiadara de ellas, de sus maridos prisioneros y de los que habían muerto. Que habían perdido sus tierras y que por Dios les ayudara. Cuando Saladino las vio llorando, mostró gran compasión hacia ellas, e imploró piedad. A las damas cuyos maridos estaban vivos les preguntó dónde estaban cautivos, y les prometió que, tan pronto como le fuera posible, iría a las cárceles y los liberaría. Y todos fueron liberados allí donde se encontraran. Tras esto, ordenó que aquellas mujeres cuyos maridos o padres hubieran fallecido en el combate fueran recompensadas de su tesoro personal, unas más y otras menos según su condición. Y les dio tanto que ellas alabaron a Dios y dijeron a todo el mundo lo bueno que había sido Saladino. (3)

La grandeza de Saladino en ese momento decisivo de la historia contrasta con la barbarie que vivió la ciudad y las masacres indiscriminadas de sus habitantes por parte de las cruzadas cristianas en 1099. Su lección de bondad queda muy bien expresada en las palabras de su biógrafo, Stanley Lane-Poole:

Recordamos la salvaje conquista por los primeros cruzados en 1099, cuando Godofredo de Bouillon y Tancredo inundaron la calles de muerte, cuando los indefensos musulmanes fueron torturados, quemados y lanzados a sangre fría desde las torres y los tejados del Templo, cuando el ensañamiento y las masacres ultrajaron el honor de la cristiandad y dominaron la escena allí donde, antaño, se había predicado el mensaje de amor y bondad. «Benditos los bondadosos, que obtengan la gracia» era una beatitud olvidada cuando los cristianos cometieron las carnicerías en la Ciudad Santa. Afortunados fueron los desagradecidos, ya que obtuvieron la caridad en manos del Sultán musulmán. ... Si la toma de Jerusalén hubiera sido el único acto conocido de Saladino, sería suficiente para probar que fue uno de los caballeros con más corazón de todo los tiempos. (4)

De todos modos, Saladino, aunque sin duda excepcional, básicamente se limitó a expresar los principios islámicos de conducta, manifestados en el Corán y en la práctica de Muhámmad (sas). Unos cincuenta años antes de la victoria de Saladino, por ejemplo, tuvo lugar una conversión en masa de cristianos al islam, como resultado directo de esta esencial virtud musulmana de la compasión por parte de desconocidos «sarracenos». Un monje cristiano, Odón de Deuil, explica la siguiente anécdota que, teniendo en cuenta su abierta disconformidad con el islam, resulta todavía más fidedigna. Lo que quedaba del ejército de Luis VII, tras haber sido derrotado por los turcos en Phyrgia en el año 1147, alcanzaron el puerto de Attalia junto unos cuantos miles de peregrinos. Los enfermos, los heridos y los peregrinos debían ser atendidos, pues Luis VII dio a sus aliados griegos 500 marcos para cuidar de esa gente hasta que llegaran refuerzos. Sin embargo, los griegos se quedaron con el dinero y abandonaron a los peregrinos y a los heridos entre la miseria y las enfermedades, con la única esperanza de que quien sobreviviría acabaría en manos de los turcos. Pero cuando estos llegaron y vieron el estado de los indefensos peregrinos, se apiadaron, los alimentaron y satisficieron sus necesidades básicas. Este acto de compasión tuvo como resultado la masiva conversión de peregrinos al islam. Como comenta el monje Odón:

Distanciándose de sus compañeros de religión que habían sido tan crueles con ellos, se encontraron a salvo en manos del infiel, que se apiadó de ellos. ... ¡No hay traición más cruel! Les dieron pan, pero les robaron la fe, aunque cierto es que, contentos con los servicios que los musulmanes les habían ofrecido, nadie de entre ellos les obligó a renunciar de su religión. (5)

El último punto es fundamental en lo que respecta a dos principios islámicos claves: no se debe forzar a nadie a convertirse al islam y la virtud debe realizarse sin esperar recompensa. Como leemos en el Corán: «No cabe coacción en asuntos de fe». (6)

Y también:

Los realmente virtuosos son los que cumplen sus compromisos ... y proveen de comida —sin importar cuan necesitados estén de ella— al necesitado, al huérfano y al cautivo, diciendo en sus corazones: «Os damos de comer sólo por amor a Dios: no queremos de vosotros recompensa ni gratitud». (7)

El imperativo ontológico de la compasión

Efectivamente, la bondad, la compasión y el autocontrol son aspectos fundamentales del espíritu del yihad. No es una simple cuestión de coraje en el campo de batalla, sino que se trata más bien de saber cuándo el combate es inevitable, cómo debe perpetrarse y, siempre que sea posible, aplicar las virtudes de la compasión y la moderación. Los siguientes versículos son relevantes en este sentido:

Se os ha prescrito combatir, aunque os sea odioso. (8)

Muhámmad es el enviado de Dios; y los que realmente están con él son firmes e inflexibles con los que niegan la verdad, pero compasivos entre sí. (9)

Y combatid por la causa de Dios a aquellos que os combatan, pero no cometáis agresión. Dios no ama a los agresores. (10)

A propósito del comportamiento de Muhámmad (sas), nos cuenta el Corán:

Fue por misericordia de Dios que trataste Oh Profeta con suavidad a tus seguidores: si hubieras sido severo y duro de corazón, ciertamente se habrían apartado de ti. Así pues, perdónales y pide perdón por ellos. Y consulta con ellos todos los asuntos de interés público. (11)

El Corán insiste repetidamente en el imperativo de manifestar compasión y moderación siempre que sea posible. Este es un principio que no está vinculado al legalismo o al sentimentalismo, sino a la profunda naturaleza de las cosas. En la perspectiva islámica, la compasión es la verdadera esencia de la Realidad. Un conocido dicho del profeta (sas) nos cuenta que, escritas en el trono de Al-láh, se encuentran estas palabras: «Mi compasión está por encima de mi ira». La misericordia, la rahma, expresa la esencia de Dios. Por consiguiente, nada escapa a la misericordia divina: «La gracia de Dios está siempre cerca de quienes hacen el bien» (12). El nombre de Dios, ar-Rahman, es el mismo que Al-láh: «Llámalo Al-láh o llámalo Rahman. No importa qué nombre le des el resultado será el mismo ya que todos los nombres más hermosos son Suyos» (13). En el Corán, la fuerza creadora divina se identifica, una y otra vez, con ar-Rahman, y el principio de la propia revelación, asimismo, se identifica con la misma cualidad divina. La sura del Corán llamada ar-Rahman empieza así: «Ar-Rahman ha impartido este Corán al hombre. Ha creado al hombre: le ha impartido el pensamiento y el lenguaje» (14).

Siempre debemos tener presente este «imperativo ontológico» de la bondad cuando tratamos con cualquier asunto bélico en el islam. Los ejemplos de compasión generosa que encontramos en la tradición de la cortesía musulmana no deben considerarse, únicamente, como ejemplos de virtud individual: son, ante todo, frutos naturales de este imperativo ontológico. Nadie encarna mejor este imperativo que el propio profeta (sas).

Por consiguiente, la generosidad de Saladino debe considerarse como un eco de la conducta que tuvo Muhámmad (sas) ante su conquista de La Meca. Mientras el enorme ejército musulmán se acercaba a La Meca en procesión triunfal, un cabecilla musulmán, Sad ibn Ubada, a quien el profeta le había dado el estandarte, se dirigió a Abu Sufyan, el líder de los qurayshíes de La Meca conciente de que ya no podían resistirse a ese ejército:

—¡Oh, Abu Sufyan, este es el día del sacrificio! El día cuando lo inviolable debe ser violado. El día en que Dios humilla a los qurayshíes. ...
—¡Oh, mensajero de Dios —imploró Abu Sufyan cuando lo escuchó—, ¿has ordenado el asesinato de nuestra gente? Y le repitió lo que Sad había dicho. Entonces añadió: «Juro por Dios y en nombre de mi pueblo, para ti mi filial piedad, la más bondadosa, la más beneficiosa».
—Este es el día de la compasión —dijo el profeta—, el día en que Dios ha enaltecido a los qurayshíes. (15)

Lo qurayshíes tenían muchos motivos para estar atemorizados dada la intensidad de su persecución contra los primeros musulmanes y su continua hostilidad y agresión contra ellos tras su emigración forzada a Medina. Sin embargo, se les aplicó una amnistía general, y muchos de los acérrimos enemigos se convirtieron en incondicionales musulmanes. Cabe destacar aquí el siguiente versículo coránico:

Pero como el bien y el mal no pueden equipararse, repele el mal con algo que sea mejor. ¡Y, he ahí que aquel entre el cual y tú existía enemistad se volverá entonces como si siempre hubiera estado cercano a ti, un verdadero amigo. (16)

Ya hemos mencionado el principio de no compulsión en la religión. Debemos añadir que, al contrario de la imagen distorsionada y estereotipada sobre la expansión del islam con la espada, las campañas militares y las conquistas de los ejércitos musulmanes se llevaban a cabo de un modo tan ejemplar, que los pueblos conquistados se sentían atraídos por la religión que tan bien había disciplinado a los soldados. Asimismo, sus fieles respetaban escrupulosamente la libertad de culto.

Paradójicamente, la libertad y el respeto ofrecido por los conquistadores musulmanes a los practicantes de otras religiones intensificaron la conversión al islam. El clásico libro de Arnold The Preaching of Islam perdura como uno de los mejores desmentidos de la imagen de un islam propagado por la fuerza. Su completo análisis de la extensión del islam por todas las regiones de lo que actualmente conocemos como «mundo islámico» demuestra, sin duda, que el avance del mensaje fue de naturaleza esencialmente pacífica, siendo el sufismo y el comercio los dos factores más importantes para la conversión. El místico y el comerciante han sido los dos «misioneros» con más éxito en el islam.

Un documento que Arnold cita en su libro nos muestra el proceso de conversión de un grupo, los cristianos en la provincia persa de Khursaan, que podemos tomar como un indicativo de las condiciones bajo las cuales los cristianos, y los no musulmanes en general, se convirtieron al islam. Esta es la carta que el patriarca nestoriano Isho-yabh III envió a Simeón, metropolitano de Rev-Ardashir, primado de Persia:

Los árabes no han atacado la fe cristiana, todo lo contrario, favorecen nuestra religión, honoran a nuestros sacerdotes y a los santos de nuestro Señor y confieren beneficios a iglesias y monasterios. ¿Por qué vuestro pueblo de Merv abandona su fe en favor de estos árabes? (17)

Este respeto por los sacerdotes, los santos, las iglesias y los monasterios proviene directamente por la práctica de Muhámmad (sas) quien, entre otras cosas, firmó el tratado con los monjes del monasterio de Santa Catarina en el Sinaí (18) y permitió que los cristianos de Narjan practicaran su liturgia en el lugar más sagrado de Medina: la propia mezquita del profeta (19). También queda patente, en los versículos coránicos, la inviolabilidad de todos los lugares donde se invoque el nombre de Dios. Asimismo, en el versículo donde se da permiso a los musulmanes para empezar a defenderse de los mequíes, el deber de proteger todo lugar de culto, y no sólo las mezquitas, está ligado a la necesidad de combatir:

Si Dios no hubiera permitido que la gente se defendiera a sí misma unos contra otros, todos los monasterios, iglesias, sinagogas y mezquitas —donde se menciona el nombre de Dios en abundancia— habrían sido ya destruidos. (20)

El Islam y la «Gente del Libro»: ¿tolerancia o terrorismo?

La larga y certificada tradición de tolerancia en el islam surge directamente de este y de otros muchos versículos coránicos de contenido similar. Encontramos una de las expresiones históricas más llamativas de esta tradición tolerante —que contrasta con la intolerancia que con frecuencia caracteriza la tradición cristiana— en el destino de los judíos sefardíes bajo dominio musulmán. Pero antes de entrar en este caso, debemos señalar que, en términos generales, la persecución constante y sistemática de judíos y cristianos es prácticamente desconocida en las sociedades de mayoría musulmana. Es importante subrayarlo del modo más rotundo posible en el contexto actual, y desacreditar así la peligrosa mentira que circula en nuestros días cuando se afirma que en el islam existe una hostilidad inherente, fuertemente arraigada y teológicamente permitida, hacia el judaísmo. No debemos considerar el rechazo actual, por parte de la mayoría de musulmanes, de las políticas del Estado de Israel como una especie de resurgimiento ancestral del antisemitismo arraigado en la cosmovisión islámica. Hoy en día, son los extremistas de ambos bandos del conflicto palestino quienes promueven este mito del islam antijudío intrínseco y eterno. Es importantísimo mostrar la falsedad de esta noción.

Asimismo, debemos añadir que no son únicamente los «moderados» de ambos bandos quienes se unen para encontrar la paz y la justicia, en oposición a esta falsa caracterización de las relaciones entre musulmanes y judíos. También los amantes del judaísmo ortodoxo y tradicional, de todas las religiones, se unen para denunciar esta depravación y defender la verdad: el sionismo es una desviación del judaísmo. Así pues, encontramos grupos como Naturai Karta —judíos tradicionales que se oponen al sionismo basándose en argumentos teológicos irrefutables— que se unen con organizaciones humanitarias islámicas para defender los legítimos derechos de los palestinos contra las injusticias que padecen en Tierra Santa. Por consiguiente, debemos tener cuidado al distinguir, no sólo entre judaísmo y sionismo, sino también entre la oposición legítima a las políticas particulares del Estado israelí —unas políticas que reflejan y plasman las aspiraciones sionistas en diversos grados—, del «yihad» ilegítimo contra judíos u occidentales simplemente por ser judíos u occidentales. El primero expresa una denuncia legítima, mientras que el segundo hace de esta denuncia la excusa para el terrorismo.

Para contrariar el mito de que las relaciones entre musulmanes y judíos han sido tradicionalmente antagónicas, basta con mirar al pasado. Incluso alguien tan crítico con el islam como Bernard Lewis confirma el hecho de la historia en lo que atañe al verdadero carácter de las relaciones islamicojudías hasta tiempos recientes. En su libro Los judíos del islam, admite que, si bien existía cierta discriminación de judíos y cristianos bajo dominio musulmán,

La persecución, es decir, la represión violenta y activa, era algo excepcional y atípico. Los judíos y cristianos en tierras del islam normalmente no apelaban a sufrir el martirio por su fe. No solían verse obligados a escoger, como sí tuvieron que hacer los musulmanes y judíos durante la reconquista en España, entre el exilio, la apostasía o la muerte. Tampoco estaban sujetos a ninguna limitación importante de territorio o profesional, algo común para los judíos de la Europa premoderna. (21)

Lewis también añade algo muy importante: este patrón de tolerancia continuó caracterizando la naturaleza del dominio musulmán frente a judíos y cristianos hasta la modernidad, con minoritarias excepciones.

No está fuera de lugar señalar que el fenómeno del antisemitismo no tiene nada que ver con el islam. Se trata, como denunció Abdallah Schleifer, de un «triunfo de la Iglesia», esto es, la victoria de la Iglesia bizantina sobre el imperio romano y la fundación de la nueva capital en Constantinopla en el siglo IV. Fue esta Iglesia quien «desencadena en el mundo el fenómeno del antisemitismo. Si debemos diferenciar entre las vicisitudes que padece cualquier minoría y la hostilidad sistemática y "por principio", podemos afirmar, con el consenso de la historia moderna, que el antisemitismo es una manifestación cristiana» (22).

La historia del antisemitismo en Europa —los episodios de violencia que hoy en día llamamos «limpieza étnica»—, son de sobras conocidos y no necesitamos recordarlos aquí. Pero debemos tener en mente que, en el mismo momento en que el Occidente cristiano consentía constantes pogroms antijudíos, lo judíos experimentaban lo que algunos de los propios historiadores judíos califican de «edad dorada» bajo dominio musulmán. Como escribe Erwin Rosenthal:

«Exceptuando la época talmúdica, probablemente no exista un periodo más positivo y floreciente, en nuestra larga y accidentada historia, que bajo el imperio del islam». (23)

Uno de los episodios particularmente rico es esta edad dorada lo conocieron los judíos de la España musulmana. Como se ha afirmado abundantemente en las fuentes históricas, los judíos no sólo disfrutaban de libertad, sino del renacimiento cultural, religioso, teológico y místico. Como escribe Titus Burckhardt:

«Los mayores beneficiarios del dominio musulmán fueron los judíos. En España (sefarad en hebreo) disfrutaron de su mayor florecimiento intelectual desde la época de su dispersión de Palestina hacia tierras extranjeras» (24).

Estos grandes pensadores judíos, como Maimónides e Ibn Gabirol, escribieron sus obras filosóficas en árabe y se encontraban «en casa» en la España musulmana (25). Con la expulsión, el asesinato y la conversión forzada de todo musulmán y judío tras la reconquista —completada con la caída de Granada en 1492—, los exiliados judíos buscaron protección y refugio en los otomanos. Fueron bienvenidos en el norte de África, donde crearon nuevas entidades o se sumaron a las prósperas comunidades judías que ya estaban instaladas allí.

También fue en esa época cuando los judíos sufrieron la intensa persecución en Europa central, y buscaron refugio entre los otomanos musulmanes. Muchos judíos que huían de la persecución recibieron cartas como la siguiente, del rabino Isaac Tzarfati, que alcanzó el Imperio otomano justo antes de la toma de Constantinopla en 1453. Esto es lo que respondía a los judíos de la Europa central que le pedían ayuda:

Escuchad hermanos el consejo que os daré. También nací en Alemania y estudié la Torah con los rabinos alemanes. Tuve que exiliarme y llegar a tierra turca, bendecida por Dios y colmada de todas las cosas buenas. Aquí he encontrado descanso y felicidad. ... En tierra de los turcos no tenemos de qué lamentarnos. No nos vemos oprimidos con grandes impuestos, y nuestro comercio es libre y sin dificultades. ... Cada uno de nosotros vive en paz y libertad. Aquí a los judíos no se nos obliga a vestir un gorro amarillo como insignia de vergüenza, como en Alemania, donde incluso el bienestar y la fortuna son una maldición para los judíos porque despiertan la envidia de los cristianos. ... Despertad hermanos, armaros de valor, reunid fuerzas y venid. Aquí estaréis libres de vuestros enemigos, aquí encontraréis la paz. (26)

Teniendo en cuenta que la mayoría de la propaganda yihadista actual va dirigida contra los judíos, es importante subrayar que esta tolerancia bajo dominio musulmán es una expresión de una subyacente armonía teológica entre ambas religiones —una armonía que está notablemente ausente cuando se compara la teología cristiana y judía—. El islam nunca se consideró como la realización mesiánica del judaísmo, como sí lo hizo el cristianismo, sino que es una restauración de la fe abrahámica primordial, donde el judaísmo y el cristianismo son expresiones parecidas. El islam pide a los seguidores de ambas fes que regresen al monoteísmo puro. Lejos de rechazar a sus profetas, el Corán afirma que todos ellos portaban el mismo mensaje y que, por consiguiente, no existen diferencias:

Di: Creemos en Dios y en lo que se ha hecho descender para nosotros, y en lo que se hizo descender para Abraham, Ismael, Isaac, Jacob y sus descendientes, y en lo que Moisés, Jesús y todos los demás profetas han recibido de su Sustentador: no hacemos distinción entre ninguno de ellos. Y a Él nos sometemos. (27)

Las consecuencias de esta aceptación de las escrituras anteriores al Corán fueron de gran importancia para las relaciones teológicas entre musulmanes y judíos. Como apunta el intelectual judío Mark Cohen:

«La exégesis rabínica de la Biblia —que repugna tanto a la teología cristiana— sólo molesta a los ulema musulmanes cuando distorsiona el puro monoteísmo abrahámico. Así, la polémica islámica contra los rabinos fue mucho menos virulenta y tuvo muchos menos repercusiones serias. El Talmud se quemó en París, no en El Cairo o Bagdad» (28).

Por consiguiente, el rechazo de los judíos para seguir la sharia no suponía un ataque a la creencia islámica. Esto contrastaba al rechazo judío de Cristo como mesías, que no sólo amenazaba el punto cardinal del dogma cristiano, sino que insulta profundamente la fe y la sensibilidad cristiana. Mientras que en la cristiandad a los judíos se les consideraba los asesinos de Jesús (as), en el islam, eran «protegidos» (dhimmis) por la ley (sharia) que rechazaban seguir. Volviendo a Cohen, escribe:

Más seguros que sus hermanos en el Occidente cristiano, los judíos del islam correspondieron con una visión más conciliadora. En Europa, los judíos forjaron un odio pronunciado contra los cristianos, a los que consideraban idólatras, sujetos a las antipaganas disposiciones discriminatorias del antiguo Mishnah. ... Los judíos del islam mantuvieron una actitud diferente hacia la religión mayoritaria. La acérrima oposición musulmana al politeísmo convenció a los pensadores judíos, como Maimónides, del incensurable monoteísmo del islam. Esta concepción esencialmente «tolerante» del islam se vio reflejada en el respeto musulmán hacia los judíos, pueblo del Libro. (29)

Al presentar este argumento no intentamos «sumar puntos» en favor del islam por encima del cristianismo, ni simplemente culpar a este del fenómeno del antisemitismo, ni sugerir que existe un antagonismo inherente e insuperable entre cristianismo y judaísmo. Nuestro propósito es señalar estos aspectos para demostrar la paradoja y la falsedad de la aserción de que el islam es inherentemente antijudío. Tanto la teología como la historia nos muestran lo contrario: existe una profunda afinidad entre ambas creencias, tanto en la teoría como en la práctica. Si surgen problemas teológicos que necesitan resolverse, y una historia de intolerancia que exorcizar, la responsabilidad recae mucho más en el cristianismo que en el islam.

Los judíos encontraron refugio y dignidad en el islam, y no persecución. Huyendo hacia el mundo musulmán de las frecuentes campañas de persecución cristiana, se encontraron con tolerancia y respeto. Es esto lo que debemos subrayar en cualquier debate del pasado histórico y teológico de las relaciones entre musulmanes y judíos. Y todavía resulta más imprescindible debido a las serias amenazas que padecen estas relaciones por parte de los extremistas de ambos lados, es decir, yihadistas e islamófobos.

La tolerancia expresada por el islam a la Gente del Libro (por extensión, a todos los creyentes como hindúes, budistas, zoroastrianos...) debe considerarse, una vez más, no como un ejemplo de virtud, justicia o conveniencia por parte de la mayoría de los gobernantes y dinastías a través de la historia del islam —y esto como una especie de prefiguración histórica interesada de la tolerancia moderna y secular—, sino que esta tolerancia queda claramente definida y está orgánicamente vinculada con la revelación coránica. Un espíritu arraigado en el islam tradicional, y deliberadamente ignorado o subvertido por los yihadistas modernos, que está perfectamente expresado en los siguientes versículos:

Ciertamente, los que creen en esta escritura divina, los que profesan el judaísmo, los cristianos y los sabeos, todos los que creen en Dios y en el Último Día y obran con rectitud, tendrán su recompensa junto a su Sustentador; y nada tienen que temer ni se lamentarán. (30)

No son todos iguales: entre los seguidores de revelaciones anteriores hay gentes rectas, que durante la noche recitan los mensajes de Dios y se postran ante Él. Creen en Dios y en el Último Día, ordenan la conducta recta, prohíben la conducta inmoral y compiten en hacer buenas obras: esos son de los justos. Y no les será negada la recompensa por el bien que hagan: pues Dios tiene pleno conocimiento de aquellos que son conscientes de Él. (31)

Hallarás sin duda que las gentes más próximas en afecto a los que creen en esta escritura divina son los que dicen: «En verdad, somos cristianos». (32)

La gran tragedia del actual conflicto en Palestina es que el espíritu coránico de tolerancia, comprensión y justicia está siendo subvertido por la detestable propaganda de los yihadistas que intentan justificar, en términos islámicos, los atentados suicidas contra civiles. Esto no sólo da rienda suelta a quienes consideran el islam como una religión intolerante y violenta, sino que también contamina todos aquellos medios por los que se denuncia la represión sufrida y se promulga la resistencia. Unos medios disponibles en el marco ético y jurídico islámico y que están en perfecta armonía con el espíritu de la revelación coránica.

Notas

1. Esta es una versión ampliada del artículo titulado «Recollecting the Spirit of Jihad» en Islam, Fundamentalism and the Betrayal of Tradition, ed. Joseph Lumbard (Bloomington, IN: World Wisdom, 2004).
2. Una de las mejores respuestas a esta pregunta la encontramos en la serie de ensayos sobre el yihad de S. Abdallah Schleifer. Este autor ofrece una excelente crítica de la reducción política del yihad, empleando en sus fundamentos la «conciencia tradicional islámica». Incluye también, como estudios de casos de yihad llevada a cabo bajo esta conciencia, el desconocido papel del mujahid Izz al-Din al-Qassam en la lucha contra la colonización de Palestina en los años veinte y treinta del siglo XX. Este estudio forma la primera parte de la serie, publicada en Islamic Quarterly 23, no.2 (1979). La segunda parte es «Jihad and Traditional Islamic Consciousness», Islamic Quarterly 27, no.4 (1983). La tercera se publicó en Islamic Quarterly 28, no.1 (1984); la cuarta en Islamic Quarterly 28, no. 2 (1984) y la quinta en Islamic Quarterly 28, no. 3 (1984). Para una refutación importante del falso concepto de yihad como agresión perpetua, véase también Zaid Shakir, «Jihad is Not Perpetual Warfare», en Seasons—Semiannual of Zaytuna Institute 1, no.2 (otoño-invierno 2003–2004): 53–64.
3. Citado en Stanley Lane-Poole, Saladin and the Fall of the Kingdom of Jerusalem (Beirut: Khayats Oriental Reprints, 1964), 232–3. (Publicado originalmente en Londres en 1898.) No está de más remarcar, como señala Titus Burckhardt, que «la actitud del caballero cristiano hacia las mujeres es de origen islámica». Véase Moorish Culture in Spain (Londres: Allen & Unwin, 1972), 93 (edición en español: La civilización hispano-árabe, Alianza, 2008). Simonde de Sismondi, ya a principios del siglo XIX, afirma que la literatura árabe fue la fuente de «esta delicadeza y sutileza reverencial hacia las mujeres que surgió tan fuertemente en los sentimientos de nuestros caballeros». Histoire de la littérature du Midi de l’Europe, citado en R. Boase, The Origin and Meaning of Courtly Love (Manchester: Manchester University Press, 1977), 20.
4. Lane-Poole, Saladin, 233–4.
5. Citado en Thomas Arnold, The Preaching of Islam (Londres: Luzak, 1935), 88–9.
6. Corán 2:256.
7. Corán 76:8-9.
8. Corán 2:216.
9. Corán 48:29.
10. Corán 2:190.
11. Corán 3:159.
12. Corán 7:156.
13. Corán 17:110.
14. Corán 55:1-4.
15. Martin Lings, Muhammad—His Life According to the Earliest Sources (Londres: ITS and George Allen & Unwin, 1983), 297–8. (Edición en español: Muhammad. Su vida basada en las fuentes más antiguas, Hiperión, Madrid, 1989.)
16. Corán 41:34.
17. Arnold, Preaching of Islam, 81–2.
18. Una copia del documento se conserva en el monasterio, que es el monasterio habitado más antiguo de la cristiandad. Véase J. Bentley, Secrets of Mount Sinai (Londres: Orbis, 1985), 18–19.
19. Véae A. Guillaume, trad. The Life of Muhammad—A Translation of Ibn Ishaq’s Sirat Rasul Allah (Londres: Oxford University Press, 1968), 270–77.
20. Corán 22:39-40.
21. Bernard Lewis, The Jews of Islam (Princeton, NJ: Princeton University Press, 1984), 8. (Edición en español: Los judíos del Islam, Letrumero, Madrid, 2002.)
22. S.A. Schleifer, «Jews and Muslims—A Hidden History» en The Spirit of Palestine (Barcelona: Ediciones Zad, 1994), 2.
23. Citado en Schleifer, «Jews and Muslims», 5.
24. Burckhardt, Moorish Culture, 27–28.
25. A pesar de que Maimónides sufrió en manos de los almohades durante un excepcional episodio de persecución en Al Ándalus, la etapa posterior de su carrera (como físico para Saladino) refleja su lealtad al gobierno musulmán.
26. Citado en Schleifer, «Jews and Muslims», 8.
27. Corán 3:84.
28. Mark Cohen, «Islam and the Jews: Myth, Counter-Myth, History», en Jerusalem Quarterly 38 (1986): 135.
29. Ibid.
30. Corán 2:62.
31. Corán 3:113-15.

32. Corán 5:82.