jueves, 27 de julio de 2017

El Islam, Occidente y sus fundamentalismos


Lo que allá por el año 2001 Berlusconi proclamaba en alta voz –la superioridad de la civilización occidental sobre el Islam- es lo que de hecho generalmente piensa la inmensa mayoría de los occidentales, por más que sus prejuicios igualitarios les impidan a veces confesarlo. Y no puede ser de otra forma cuando se cree que la ciencia moderna es la única expresión de la verdad, que la democracia es la única forma legítima de gobierno que ha conocido la historia, que la libertad individual es una premisa innegociable, que la tecnología moderna es un bien imprescindible y que el crecimiento económico indefinido es un objetivo deseable. Ciertamente, quien aceptando estos principios no afirme la superioridad de Occidente, o es incapaz de encadenar dos pensamientos seguidos, o es un embustero y un hipócrita.

El problema -que el fundamentalismo occidental es incapaz de comprender- es que negar la validez de tales premisas, poner en cuestión la ciencia, la tecnología, la democracia, el desarrollo, el humanismo, el arte y la cultura de la modernidad occidental, no implica necesariamente compartir los supuestos del integrismo islámico ni de ningún otro integrismo. Muy al contrario, es ahí donde realmente debería plantearse el único debate que podría, si acaso, producir algún resultado fructífero: lo que en estos momentos hay que poner en cuestión no son unas u otras actitudes políticas de limitado alcance sino los fundamentos mismos en los que se asienta la civilización occidental moderna. Cada vez más, el discurso político de cualquier signo pretende encerrar el debate en discusiones minimalistas para eludir a toda costa cualquier cuestionamiento global.

Se impone preguntarse, por el contrario, si lo que Occidente precisa son unos meros cambios políticos o una reorientación de los valores básicos que han regido su existencia en los últimos siglos. El énfasis en el desarrollo de la razón lógica frente a otras formas de pensamiento y la autonomía del individuo frente a la colectividad son quizá las dos características básicas que han determinado el desarrollo mental de Occidente a partir del Renacimiento, y no se discute que en ese camino se han podido conseguir ciertos logros de importancia. Ahora bien, un desarrollo tan hipertrofiado como unilateral de unas posibilidades en principio legítimas ha llevado a una situación en la que la destrucción parece superar con mucho a la construcción.

El discurso de la razón ha desembocado en un positivismo miope y el de la libertad en un individualismo egoísta, egotista y ególatra, que se traducen en una pérdida generalizada de cualquier sentido para la existencia y en un alarmante incremento de la violencia en todos los niveles. El pensamiento único instalado ya mayoritariamente en las conciencias no permite comprender (cosa bien distinta a tolerar) que pueda haber otras formas de percibir el mundo radicalmente distintas a la del pensamiento racionalista occidental, y que esa distinta percepción determina otra forma de estar en el mundo y una diferente concepción de todas las estructuras sociales. La unidimensionalidad de la visión occidental convierte automáticamente a quienes disienten de su igualitarismo y su democracia en «fascistas» o «terroristas», cuando no en materializaciones del Mal Absoluto (por ejemplo, los talibán).

Dicho sea de paso, el código social del integrismo afgano -cuya defensa, innecesario aclararlo, de ningún modo se pretende asumir aquí- puede ser contrario tanto al Islam tradicional como a Occidente, pero eso no autoriza atribuirles todos los horrores imaginables, algunos de los cuales, por lo demás, tal vez sólo sean tales para el fundamentalismo laico occidental.

La mentalidad occidental moderna, que promueve sus particulares criterios al rango de principios universales y se considera con derecho a dictaminar sobre el bien y el mal a lo largo y ancho del mundo, no parece capaz de entender que una cultura es una red dinámica de compensaciones y que las pautas culturales no pueden examinarse aisladamente, sacándolas de su entorno, aislándolas del contexto y valorándolas como si de súbito hubieran cobrado existencia en el medio del que las juzga, pues sólo adquieren sentido contemplándolas en su lugar natural, dentro del conjunto que las integra y desde el sentido que les otorgan sus propios fundamentos.

Identificar una cultura y definir su carácter a partir de ciertos detalles incomprendidos de su legislación, es una aberración metodológica que demuestra una absoluta incapacidad mental para dar un paso más allá de los límites de la cultura propia. Es necesario entender que el Islam es a la vez una vía religiosa y un sistema social y que ambos elementos son absolutamente indisociables. La idea occidental de una creencia religiosa reducida al plano estrictamente privado, competencia exclusiva de la conciencia individual, es una idea excepcional en la historia de la humanidad, ajena a cualquier otro pueblo. Son los occidentales los que deberían esforzarse por entender una indisociabilidad que ha sido siempre la norma universal y no el resto del mundo el que debe comprender la anómala excepción. Cada cultura es, de hecho, un entramado de limitaciones más o menos conscientemente aceptadas.

Sólo Occidente, imbuido de un delirio prometeico, parece radicalmente inconsciente de sus propios límites. Fascinado por el mito de la libertad, el individualismo propio de la cultura occidental aspira a una libertad individual que, siendo como es, cualitativamente irrisoria, quiere ser cuantitativamente absoluta: descompensación característicamente generadora de monstruos que la propia historia revela tan ilusoria como catastrófica. Para las culturas tradicionales como el Islam, la libertad (en el mermado sentido en que la entiende Occidente, es decir, como libertad de hacer) es un medio, pero nunca un fin; además, su meta fundamental es de orden espiritual, no material, y la libertad en el plano de la acción no puede tener sino un valor relativo, desde el momento en que ni siquiera la propia vida lo tiene mayor. Por otra parte, su punto de mira esencial no es el individuo sino la colectividad, lo que da origen a planteamientos distintos. Lo menos que se puede decir es que no parece que el liberalismo individualista occidental haya llegado a logros tan convincentes como para sentirse moralmente autorizado a imponer sus criterios al mundo.

Por mucho que Occidente proclame el derecho teórico a la diferencia y alardee de tolerancia, pretende imponer su sacralizada democracia a todo el mundo y se escandaliza de forma farisaica en cuanto se plantea en cualquier parte, por alejada que esté de su específico universo mental, la existencia de una norma cultural que no se adapte a su particular ideario. Occidente no puede entender algo tan elemental como que si ciertas costumbres, islámicas o de otro origen, parecen a sus ojos absurdas o aberrantes, no menos aberrantes e inadmisibles podrían parecer a otros pueblos determinados usos occidentales.

Ciertamente, el recurso a las peculiaridades culturales no puede servir para justificar cualquier cosa. Precisamente desde un punto de vista islámico el ser humano es en última instancia un ser metacultural, portador de unos valores universales que le alinean con el conjunto de la humanidad. Tal vez puedan definirse algunos derechos y deberes del ser humano en cuanto tal, pero, en ese caso, ¿qué derecho tiene Occidente a hablar en nombre de la Humanidad?

Es probable que la Declaración Universal de los Derechos Humanos haya tenido ciertos efectos benéficos en situaciones concretas, pero no deja de ser curioso que el progresismo occidental, defensor precisamente de una concepción del hombre que lo limita a ser un producto social, y por ende un ser estrictamente cultural, se haya permitido, sin embargo, definir solemnemente, de forma tan unilateral como contradictoria, nada menos que los «derechos universales del hombre». Que un producto «cultural» pueda tener derechos universales es quizás algo más que un lapsus: es de temer que pueda ser la proyección de sus propias aspiraciones totalitarias y la revelación de que los signos que Occidente enarbola como bandera de su «humanismo», no son más que el ropaje moralista con que pretende disfrazar su pensamiento único.

Quienes elaboraron la famosa «declaración» olvidaron incluir, como derecho humano prioritario, el que tiene toda cultura específica a existir y a determinar los códigos de derechos y deberes por lo que quiere regir su vida, sin que se los determinen los demás, ni siquiera los progresistas occidentales.

El integrismo democrático predica contra el racismo excluyente, mientras, en nombre de un igualitarismo despersonalizante, practica un racismo incluyente de efectos todavía más perversos. En el mismo sentido, se habla de respetar y aceptar el Islam, pero lo que habría que preguntarse es qué tipo de Islam estaría dispuesto a aceptar Occidente. No, desde luego, un Islam integrista. Quedó claro en Argelia -donde los vencedores de unas elecciones democráticas fueron derrocados con el apoyo de todas las fuerzas políticas de Occidente- y está quedando claro en Afganistán. Pero aún menos se aceptaría un verdadero Islam tradicional, tan alejado del integrismo como de ese Islam modernizado, democrático y muy al estilo New Age - en suma, completamente occidentalizado-, caricatura del verdadero Islam, que es el único que Occidente estaría dispuesto a tolerar.

Se presume de aceptar a negros, gitanos, orientales, africanos... a condición de que se comporten exactamente como los blancos occidentales modernos, es decir, a condición de que dejen de ser negros, gitanos, orientales o africanos.


Hasta qué punto un sistema que ha hecho del mundo un mercado, que convierte las catástrofes ecológicas en rutina, que condena a la miseria y a la muerte a gran parte de la población mundial, que periódicamente desencadena guerras por doquier y que uniformiza el mundo según los estupidizantes criterios del modo de vida americano, sigue mereciendo ser considerado una «civilización» y no, más bien, una sofisticada forma de barbarie.

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