martes, 11 de noviembre de 2014

Lo que el Islam ofrece a Latinoamérica


 En la forja de una identidad propia, los pueblos latinoamericanos se han sabido diferenciar espiritual y culturalmente de la ubicua voluntad occidental. América Latina, en su diversidad de pueblos y culturas, se ha constituido como un florecimiento original que tiene para ofrecer al mundo una hermosa variedad de culturas con sello y personalidad propios. En esta constitución de nuestra etnicidad latinoamericana y su particular cosmovisión, nuestras culturas han sido el resultado de la histórica y fructífera interrelación de elementos tradicionales moriscos (arabo-andaluces), aborígenes y africanos, mestización que ha instaurado valores espirituales propios completamente ajenos al mito eurocentrista impuesto durante años desde los centros regionales que detentan el poder -recordemos que en gran medida las independencias americanas del siglo XIX fueron fraguadas desde las ideas revolucionarias y republicanas importadas desde Francia y los Estados Unidos, acentuadas luego por la incipiente inmigración, como sucedió por ejemplo en Argentina.

Contrariamente a la percepción utilitaria y materialista del mundo que ha primado en el Occidente eurocentrista, la cosmovisión latinoamericana ha priorizado el vínculo respetuoso con el entorno natural, considerándolo sagrado, huella de Dios en la creación.

Tomando como referentes al criollo de cultura ecuestre que ha transitado los diversos ámbitos rurales de Latinoamérica (serranías, llanos, pampa, etc.), al nativo aborigen que ha poblado las regiones originarias de nuestros territorios y al africano que en los suelos americanos se transformó en un retoño más de la tierra fecunda, encontraremos en ellos la raigambre espontánea que considera la unión mística con la naturaleza una condición fundamental de su ser en el mundo. Y en esto es donde se acentúa la inmensa diferencia con el criterio occidental: éste busca dominar, sojuzgar y explotar la naturaleza en beneficio propio como parte de una voluntad egocentrista que siempre considera la satisfacción de la necesidad individual por sobre todo respeto al entorno que le sirve y no protesta. Nuestros referentes parten de una base radicalmente opuesta: integrándose equilibradamente al entorno natural, se considera un acto sacramental el vínculo con la naturaleza que generosamente cubre toda necesidad humana sin que el hombre recurra a su dominio y extinción. Siendo el aspecto manifiesto de Dios, y al ser el hombre parte integrante de él, la naturaleza toma un tinte sagrado que las ciencias y las tecnologías, pragmáticas y materialistas, del Occidente no han sabido y no han querido vislumbrar. Para ellas la naturaleza es sencillamente una "cosa" que debe ser sometida al arbitrio intolerante del ego de los hombres; en cambio, para nuestros referentes, al ser la huella de la misericordia de Dios de donde ha surgido la humanidad, la naturaleza representa a la Madre universal (Pachamama, en el lenguaje nativo) que como hijos suyos nos debe ser respetada, amada y cuidada. El Islam refuerza esta cosmovisión, y es justamente desde él que debemos aprender a revalorizar la conexión que nos legaron nuestros ancestros en la constitución de nuestra identidad latinoamericana.

El Islam nos enseña que la naturaleza, que nuestro ser natural, es el resultado de la voluntad de Dios en acción sobre el mundo: de aquí su sacralidad y su inmensa virtud de reconducirnos a nuestro ser original. En el Sagrado Corán Dios nos hace manifiesta Su belleza a través de los fenómenos naturales. No hacen falta esoterismos ni doctrinas complejas para llegar a la Divina Verdad; sólo basta contemplar la maravilla de la sucesión de la noche y el día, las estrellas en el firmamento, las inmensas montañas, ríos y mares, la lluvia que reverdece la tierra y hace germinar sus frutos, para hallar que Dios está presente en todo esto, como en el amor fecundo que vitaliza las relaciones humanas. Y esto traduce perfectamente la cosmovisión de nuestros ancestros latinoamericanos. Siempre ha sido el Occidente y su gusto por la elucubración intelectual quien ha imprimido doctrinas complejas al entendimiento de la realidad. Para el Occidente Dios es una ecuación matemática o un axioma filosófico impuesto a la realidad; para el Islam, en la sencillez natural de la creación se revela la grandeza del Creador. Y esta cualidad de asombro es la que pervive en nuestra cosmovisión latinoamericana, tan dada a la emoción como a la espiritualidad natural. Por esto que el alma latinoamericana sea esencialmente musical.

La música de un pueblo, expresión fundamental de su espíritu, es la manifestación más acabada de identidad cultural, por lo que hemos de considerar el alma musical latinoamericana, con sus diversos colores regionales, como base fundamental al momento de estudiar, redescubrir y revalorizar el significado de la cultura original de América Latina.

Desde México a la Patagonia argentina hemos de percibir la indudable convergencia de elementos morisco-andaluces, africanos y aborígenes en la constitución de estilos folklóricos que conllevan un sello propio de corte netamente latinoamericano, encargados de representar la identidad pluricultural de los diversos países que conforman la América Latina.

Históricamente la música en Latinoamérica ha sido una herramienta formidable de decantación social mediante la cual se ha expresado el alma de los pueblos, sus sufrimientos, sus alegrías, sus denuncias, sus rituales, sus rebeldías. La música de raíz folklórica siempre ha representado el dinamismo espiritual de los pueblos latinoamericanos, y se sabe que todo dinamismo espiritual, cuando es auténtico y espontáneo, es forjador de resistencia, cultura e identidad. Por ejemplo, en la última dictadura militar en Argentina, uno de sus líderes declaró que Jorge Cafrune, reconocido intérprete folklórico, era más peligroso con su guitarra que cien guerrilleros con armas de fuego. La muerte del artista en circunstancias dudosas -se dice que fue una víctima más de los desmanes dictatoriales de finales de la década del 1970- jamás impidió que su música siguiera siendo escuchada y disfrutada por el pueblo argentino, siendo convertido hoy día en uno de los referentes más representativos de la cultura folklórica del país, cultura heredera del gauchismo, y éste del legado morisco-andalusí. Como otro de los referentes de la cultura popular folklórica argentina, también perseguido y censurado por la misma dictadura, Horacio Guarany, lo ha expresado mediante el canto: "Por más que le hachen sus ramas, ningún árbol se ai secar. Si la raíz está en el pueblo, el pueblo la hará brotar... Muerte si me has de llevar, no lo hagas nunca de atrás. Te has de llevar mi osamenta, pero mi zamba jamás..."

Sin embargo, no deja de ser una triste realidad cómo se promueve el despojo espiritual y el desarraigo cultural desde los centros regionales de poder, y cómo esa disfuncionalidad social ha acaparado los medios masivos de comunicación trastocando la cosmovisión del pueblo latinoamericano. No hay coloniaje más nocivo que la enajenación cultural y espiritual de un pueblo.

Los elementos tradicionales -moriscos, africanos y nativos- que prevalecieron en América Latina como forjadores de identidad cultural, fueron constantemente perseguidos, exterminados y reducidos a la esclavitud, la explotación y la clandestinidad por las potencias colonialistas -España, Inglaterra, Francia, Holanda... Estados Unidos, directamente o de manera subrepticia mediante sus agentes indígenas encubiertos, tanto en el pasado como en el presente a través de la censura-, potencias que hoy en día buscan direccionar el rumbo de nuestros pueblos de acuerdo a sus mandatos entumecientes cuya intención es promover la ignorancia, conduciéndonos al sometimiento espiritual a través de las trampas del mercantilismo y el comercio.

Ahora bien, el Islam puede devolver a los pueblos latinoamericanos la profunda consciencia de sí mismos y el despertar a las potencialidades espirituales que atesora la cultura vernácula, ya que nos provee de una plataforma tradicional concreta que, sin la necesidad oscurantista de traicionar nuestras posibilidades identitarias y culturales -ya que en el Islam uno mismo es quien se forja a sí mismo a través del autoconocimiento y la conexión con la interioridad más edificante-, favorece y estimula el desarrollo y la elevación humana y espiritual de individuos y comunidades. Desde que en su creencia no existen distinciones étnicas ni raciales, el Islam fortalece la unión y la igualdad en base a la virtud, el amor y el respeto de acuerdo a la esencia más íntima que guarda el interior de todo ser humano: el espíritu divino, Dios.

El eurocentrismo -entiéndase, la perspectiva netamente occidental traída por la colonización- ha dejado sus vestigios en América Latina mediante la imposición del credo cristiano y los resabios de una cosmovisión caucásica poco compatible con la vivencia interracial latinoamericana, cosmovisión acentuada en la época contemporánea por la incidencia directa de la contracultura de la globalización que intenta imponer un color uniforme y gris a los pueblos de acuerdo a quienes manejan la economía mundial y la constante del capitalismo voraz. Consecuentemente los gobiernos democráticos actuales en los países latinoamericanos, priorizan políticas populistas que confunden la voluntad popular con los impulsos más inferiores y subdesarrollados del ser humano, cumpliendo así con la estrategia 'primermundista' de mantener en la ignorancia y la mediocridad cultural a los pueblos 'tercermundistas' a base de la fomentación y exacerbación de sus pasiones más vulgares y dañinas: la promiscuidad sexual, la desvirtuada identidad de género, el narcotráfico y sus sicarios gubernamentales, el libertinaje, la prostitución física y mental, el falso nacionalismo, la chabacanería mediática, el culto a la imagen política, la tendenciosa transformación de los próceres de la historia y su utilización mediática, el violento egocentrismo en la dirigencia, la legalización de la ilegalidad (drogas, aborto, etc.), el control de la natalidad, y tantas otras cosas más que se esgrimen como vox populi y que se han convertido en slogans populistas de estos gobiernos títeres que desmedran la imagen y la identidad latinoamericana y que no dejan de ser meros cipayos socio-culturales de los poderes colonialistas del Occidente rapaz.

El Islam decidida e inflexiblemente se opone a todo aquello; siendo depositario de la sabiduría popular atesorada por civilizaciones tradicionales que noblemente transitaron los siglos de la humanidad, promueve el auténtico crecimiento del pueblo reconduciéndolo a su naturaleza primigenia recurriendo a la educación en los valores universales que hacen del hombre un ser trascendente con respecto a sí mismo, dispuesto a infinitas elevaciones. Debido a su ascendencia interracial, nuestros pueblos latinoamericanos están mucho mejor predispuestos al saber universal e integrador del Islam que a la imposición enajenante de la contracultura global occidental.

Por su original ascendiente y su desarrollo cultural, América Latina no es ya occidental, sino el dinámico resultado de la mestización entre elementos orientales, africanos y aborígenes. Y esto último es lo que mediante el Islam debemos potenciar frente a la contracara occidental y sus manufacturas inverosímiles.

Más allá de la imposición religiosa, culturalmente poco y nada le debe Latinoamérica a Europa y a sus vástagos del Norte. Por lo tanto, sobre la base tradicional del Islam nuestra identidad latinoamericana cumplirá con su posibilidad más elevada: ser un espejo ejemplar de resistencia y desarrollo para el mundo. De nosotros depende y de Dios proviene el éxito.

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