sábado, 27 de enero de 2018

La colonización de África (1815-2015)


África ha tenido mala suerte: África es un tesoro. La geografía le ha dotado de una riqueza natural incomparable, y la geología le ha colocado junto al Viejo Continente. Dos hechos que, desde que los europeos tuvieron la capacidad técnica para desembarcar en costas ajenas, propiciaron que ese bendito tesoro, repleto de recursos naturales, pasara a ser un lastre para África.

A lo largo de la historia, los africanos apenas han podido disfrutar de sus riquezas. Siempre se les ha adelantado un hombre extranjero. En este artículo hacemos un breve repaso al proceso de colonización que ha sufrido y sufre África desde comienzos del S.XIX.

1800-1880 África antes de la colonización europea

En 1820, los ejércitos egipcios comenzaron a avanzar hacia el sur, remontando el río Nilo. En pocos años Mehmet Alí se hizo con el control de las tierras de Nubia y Sudán, ricas en recursos y en esclavos. Egipto era uno de los cinco Estados africanos que podemos etiquetar como modernos y que no estaban bajo el control de los europeos. Los otros tres Estados autóctonos que convivían en el continente eran Marruecos, el Imperio Otomano (su rama libia), el Sultanato de Zanzíbar (en la costa Este) y el Estado afrikáner al norte de la Colonia del Cabo, que si bien era un país “de blancos”, se puede considerar como Estado netamente africano (sus habitantes no eran europeos).

Lo que caracterizaba a estos cinco países era su condición de africanos (no eran colonias de países extranjeros) y su adelanto tecnológico (por eso lo de modernos). Tenían ejércitos que disparaban modernas armas de fuego y comerciaban con las potencias europeas. Se puede decir que, a comienzos del S.XIX, eran las cinco excepciones en el continente africano.

En África predominaban los Estados de origen tribal, pequeños territorios gobernados por monarquías familiares históricas, como los Reinos Mossi. La mayoría de estos Estados desaparecieron conforme avanzaba el S.XIX y llegaban masivamente los colonos europeos. Los antiguos reyes y sultanes africanos fueron reemplazados por gobernadores ingleses y franceses, y los califatos e imperios pasaron a ser productivas colonias.


La llegada de los europeos al África subsahariana provocó la desarticulación de los antiguos patrones comerciales y del intercambio cultural. Aunque en torno al año 1800 la presencia continental de Europeos se limitaba a la Colonia del Cabo (ingleses), al Magreb (franceses) y a las costas angoleñas y de Mozambique (portugueses), lo cierto es que las potencias europeas sí tenían varios enclaves portuarios por toda la costa africana. España tenía puertos en el Golfo de Guinea, así como Inglaterra y Francia, que tenía puertos desde Senegal hasta Gabón.

Los europeos explotaron una forma de comercio (el marítimo) que los reinos africanos no habían desarrollado. Los portugueses fueron pioneros instalándose en las costas orientales (Beira, Quelimane, Mozambique…), donde comerciaron y compartieron espacio con el Sultanato de Zanzíbar, un Estado que en realidad era un asentamiento permanente de los omaníes de la Península Arábiga.

La presencia de comerciantes musulmanes dio lugar a la aparición de nuevos Estados, sobretodo en la zona de los Grandes Lagos. El Sultanato de Utetera o el Reino de los Lozi desarrollaron el comercio de marfil y las plantaciones de caucho. Aparecieron imperios comerciales, que basaban toda su economía en la exportación de materias primas (madera, goma, oro, cera, marfil, pieles…), pero que, pese a su poder, no pudieron hacer nada contra la invasión europea.

Conforme avanzaba el S.XIX, los exploradores europeos aumentaron en número y ambiciones. Los enclaves portuarios no eran suficiente implantación como para controlar las riquezas del interior del continente. El descubrimiento de la riqueza mineral del sur de África en la década de 1870 detonó la lucha por esos territorios entre los países europeos. Esa rápida carrera que llevó a siete países europeos a controlar todo un continente en menos de treinta años (alrededor del año 1900 toda África estaba bajo control occidental) atropelló a los inestables Estados africanos, que vieron cómo unos extranjeros desembarcaban en sus tierras y les arrebataban todo.

1880-1950 Un continente invadido por inmigrantes

Durante un levantamiento en 1907, el líder tribal Kinkjikitele Ngwale prometió a sus seguidores que el agua mágica, o maji-maji, les protegería contra las ametralladores del invasor blanco. Esa sublevación de los nativos de Tanzania contra el gobierno colonial de Alemania terminó con la muerte del valiente Ngwale y todos sus guerreros. No hubo más levantamientos en el África Oriental Alemana.

La superioridad militar fue la responsable de que los europeos colonizaran en poco tiempo un continente tan grande como África, y el factor determinante de que ese control se alargara en el tiempo hasta la mitad del siglo XX. Durante interminables décadas el continente africano vio cómo sus minas se vaciaban y sus árboles se cortaban, para beneficio de unos extranjeros blancos que tenían el poder de la tecnología.

Una superioridad tecnológica que en realidad era un pretexto para llevar a la práctica la superioridad moral que los europeos creían tener sobre los subdesarrollados africanos. El ministro de asuntos exteriores alemán, Bernard von Bulow, excusó la colonización de África en 1897 porque Alemania tenía derecho a “ocupar un lugar bajo el Sol”.


El derecho de cualquier país a ocupar un lugar bajo el Sol (un derecho casualmente reclamado únicamente por países europeos, nunca por africanos) significaba la justificación de la colonización y la explotación de los recursos de territorios extranjeros. Tales preceptos morales carentes de ética fueron firmados y aceptados en la Conferencia de Berlín de 1885, donde Europa decidió unilateralmente el futuro y el destino de África.

Los europeos no sólo derramaron sangre en su avance hacia el corazón del continente, sino que además implantaron las costumbres occidentales, terminando con culturas y tradiciones locales milenarias. Abolieron las monedas existentes, introdujeron impuestos, cambiaron los modelos de comercio… Tanto las materias primas como los recursos humanos fueron explotados en beneficio exclusivo de la industria y del comercio de Europa. Ante este ataque tan evidente, en varios puntos del continente surgieron movimientos de resistencia, que no duraron mucho. Los ijebu de Nigeria se rindieron en 1892, los matabele de Zimbabwe lo hicieron en 1896, los mandinga en 1898, los zulúes en 1908…

Tan sólo un Estado logró hacer frente a los europeos: Etiopía, liderada por el modernizador emperador Menelik II, aplastó a un ejército italiano en la batalla de Adua (1896). El Estado de esclavos libres de Liberia también logró sobrevivir, a pesar de una importante pérdida territorial a manos de Gran Bretaña y de Francia.

La descolonización durante el S.XX

El proceso de descolonización fue complicado y escalonado en el tiempo. Después de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) los movimientos independentistas africanos tomaron relevancia, pero fue tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) cuando las fuerzas aliadas, deseando quitarse la carga económica de mantener grandes imperios, prometieron la independencia de sus colonias en África.

En la mayoría de las colonias británicas y francesas la transición a la independencia se produjo de manera pacífica, a excepción de la sangrienta Guerra de Independencia de Argelia (1954-1962). Otros países también requirieron el uso de las armas para conseguir librarse de sus ocupadores, como en el caso de la Guerra colonial portuguesa (1961-1975).

Tras los procesos de independencia, el continente africano se encontró en una situación de inestabilidad política, pobreza económica y dependencia de las potencias occidentales debido a la deuda pública. Numerosas guerras civiles y conflictos nacionalistas ensombrecieron el periodo de independencia. La introducción de nuevas ideologías (marxismo y neoliberalismo), las diferencias raciales, los nacionalismos y las fronteras artificiales fueron (y son) algunos de los causantes de la inestabilidad y los problemas en África.

1990-2015 La inversión como forma de colonización

200.000 millones de dólares es el enorme monto que totalizó el comercio entre África y China en el año 2013, más del doble de los nada despreciables 85.000 millones que Estados Unidos intercambió con el continente africano ese mismo año. Una cifra que, traducida en términos de relaciones internacionales, convierten a China en el principal socio económico de África.

Ser el principal socio económico de África en el S.XXI puede equipararse a ser el mayor colonizador en el S.XIX. Dejando a un lado la colonización cultural, el exterminio de pueblos y la esclavización de personas, en términos económicos supone la misma importancia: China tiene colonias en África, solo que ahora las conocemos como socios comerciales.

En la actualidad el continente africano sigue sufriendo un intenso proceso de colonización. En la dimensión económica con la llegada de enormes cantidades de dinero extranjero, en el plano energético por la extracción de recursos petrolíferos y gasísticos por parte de empresas extranjeras, y en el plano militar por la presencia de tropas procedentes de países no africanos.


Aunque el proceso de colonización en el S.XXI es mucho más complejo, vamos a repasar brevemente el funcionamiento de tres colonizadores que usan métodos diferentes: China, Francia y Reino Unido. El gigante asiático es conocido por tener en África un interés especial. En el caso de Francia, la colonización militar se excusa por la “obligación moral” de proteger la llamada Francáfrica. Y finalmente, Reino Unido tiene un estilo mucho menos discreto, como veremos más adelante.

China: financiación de infraestructuras… ¿a cambio de qué?

El primer viaje oficial que realizó el presidente chino, Xi Jinping, fue a Rusia. Inmediatamente después de visitar a un aliado crucial para la geopolítica mundial como es su país vecino, el máximo mandatario del país más poderoso del mundo se dirigió a África. Constatación de que el continente africano es una prioridad en la agenda del Gobierno chino en su estrategia de desarrollo.

La inversión directa china se ha multiplicado por treinta en una década y alcanzó los 25.000 millones de dólares en 2014, creando unos 100.000 puestos de trabajo. Hoy en día más de 2.500 empresas chinas hacen negocios en África, especialmente en sectores como las finanzas, las telecomunicaciones, la energía, las manufacturas y la agricultura. Las compañías chinas habían firmado a finales de 2013 contratos por valor de 400.000 millones de dólares, construido más de 2.200 kilómetros de ferrocarriles y 3.500 de autopistas.

Más de una decena de proyectos hidroeléctricos han sido financiados por China en África, y en su último viaje al continente el primer ministro Li Keqiang habló de conectar todas las capitales africanas mediante líneas de tren de alta velocidad. Sin duda, proyectos de gran envergadura. China está apostando muy fuerte, si bien es cierto que últimamente China ha dado un giro en su política hacia África y se preocupa cada vez más por la seguridad.

En el tablero internacional rara vez los países hacen movimientos altruistas. Se debe perder la inocencia a la hora de esperar respuestas al porqué de las cosas. Obviamente China no está construyendo presas generadoras de electricidad, carreteras, puertos, pabellones deportivos y palacios de congresos porque le importe la situación de los ciudadanos de África. La cuestión es, ¿qué está recibiendo China a cambio de ese desembolso de dinero?

El continente africano esconde bajo sus tierras el 57% del cobalto del mundo, el 46% de los diamantes, el 16% del uranio, el 13% del petróleo del planeta, el 21% del oro, el 44% del cromo, el 39% del manganeso… en definitiva: un tesoro de recursos naturales codiciado por las grandes potencias, que, no hay que olvidarlo, están en una constante competición por el control de los recursos.

Eso es lo que China quiere de África. Y lo está consiguiendo. Hoy en día es el principal extractor de recursos naturales del continente, principalmente consumidor de minerales y metales. Por ello es tan importante mantener satisfechos a los gobiernos africanos. Nada es gratis en este mundo.

Francia: fuerte implantación militar… ¿para proteger qué?

En los últimos cincuenta años Francia ha intervenido militarmente en suelo africano en 44 ocasiones. Hasta la década de los noventa, lo hizo de manera unilateral, sin preguntar a nadie. Hoy son más precavidos y cuando actúan lo hacen bajo el mandato de algún organismo internacional. El aval no cambia el fondo: el ejército francés ha ocupado África.

Atendiendo al mapa anterior, observamos cómo Francia tiene varias bases militares en la zona del Sahel, y tropas desplegadas en muchos países. En la mayoría de los casos no son tropas estáticas ni pasivas, sino que se emplean con intensidad en sus labores militares. Ejemplos recientes los encontramos en los años 2002, 2003, 2004, 2008, 2011 y 2014. Es una región del mundo muy convulsa: el escenario perfecto para desplegar tropas.

Si bien es cierto que la labor del Ejército francés es importante para frenar el avance de los yihadistas, hay voces que dudan de la buena voluntad del Gobierno de Francia. A las sospechas de intereses ocultos se unen noticias que empeoran la imagen de las tropas francesas en el continente. Un informe de la ONU acusó a soldados franceses de violar a niños en la República Centroafricana. Al parecer chantajeaban a los menores prometiéndoles comida. Más allá de casos puntuales que pueden hacer dudar de la intervención militar de Francia en África, debemos preguntarnos, ¿qué están protegiendo todos esos soldados franceses en tierras extranjeras?

Las explicaciones a este despliegue de fuerzas militares se pueden encontrar en tres dimensiones: histórica, humanitaria y económica. Brevemente comentaremos que, efectivamente, históricamente Francia tiene un vínculo indudable con muchos países africanos. Se puede entender una sincera voluntad de ayudar a antiguos hermanos. En la dimensión humanitaria, qué duda cabe que muchos de estos países necesitan de la ayuda de países ricos como Francia para crecer y desarrollarse. Tras haberlos saqueado durante la colonización del S.XIX, ahora, en esta colonización del S.XXI las antiguas colonias practican una suerte de cooperación por remordimiento.

Es en la dimensión económica en la que más lecturas se pueden sacar de la presencia militar de Francia en África. A nadie se le escapa que varios de los países en los que Francia ha colocado sus fichas son tableros con recursos naturales estratégicos. Véase el caso de Malí, un país con importantes yacimientos de uranio, oro, litio y petróleo, o el caso similar de Níger, que produce el 33% del uranio que importa Francia. Argelia o Senegal también son casos que pueden analizarse bajo esta óptica. Son varios los analistas que apuntan a que no es descabellado pensar que Francia está en África para vigilar el control de los recursos naturales. Además, es sorprendente ver cómo todavía hoy algunos países africanos tienen que pagar tributos a Francia por los supuestos beneficios que obtuvieron de la esclavitud y la colonización.

Pero no toda la acción francesa en África está sujeta a la condena pública. A finales de 2015, Francia anunció una inversión de 130 millones de euros para el desarrollo de infraestructuras en Nigeria, en un acuerdo con el gobierno nigeriano para la reconstrucción de carreteras y el suministro de agua y electricidad. Al menos no todo son aviones de combate…

Reino Unido: explotación sistemática de los recursos energéticos

Sin ningún tipo de excusa como las que se pueden intuir en los casos anteriormente citados de China y Francia, que pueden defender su implantación territorial en países extranjeros con argumentos por el desarrollo y la seguridad de los pueblos africanos, el Reino Unido mantiene una posición muy directa y clara: está en África para extraer sus recursos, principalmente energéticos.

El país que vio nacer el liberalismo económico pone en práctica su marco teórico a la perfección: la empresa privada tiene vía libre para actuar. Y lo hace. Fruto del gran control territorial que a comienzos del S.XX el Imperio Británico tenía en el continente africano, empresas como las señaladas en el mapa, tienen hoy la exclusividad de la explotación de recursos naturales como el petróleo y el gas.

El Grupo Royal Dutch Shell se creó en 1907 cuando la Real Compañía Neerlandesa de Petróleos (fundada en 1890) y la Compañía Shell Transport and Trading Company Ltd (fundada en Londres en 1897) fusionaron sus operaciones para competir contra el entonces gigante estadounidense, Standard Oil. Por su parte, British Petroleum (BP) empezó su historia en 1908 como Anglo-Persian Oil Company en Irán, donde descubrió el petróleo y emprendió la construcción de un complejo petrolífero y una refinería que, en la década de 1920, se convirtió en la más grande del mundo.

En la actualidad, más de 100 años después, ambas empresas nos recuerdan que la época de la colonización sigue activa. En Egipto, uno de los territorios controlados por los ingleses, el 40% del gas producido por el país lo produce British Petroleum, así como el 15% del petróleo. Grandes cifras que se sustentan gracias a las grandes inversiones: BP invertirá en los próximos años 9.000 millones de dólares para explotar dos yacimientos gasísticos en el Delta del Nilo. El dinero les da el poder.

El control que tienen de los recursos tiene su traspaso a otras dimensiones, como la política. En 2010 Wikileaks reveló que la petrolera Shell tenía hombres colocados en todos los ministerios del Gobierno de Nigeria, para cuidar sus intereses. Su libertad de actuación es total por todo el continente. Destruyen el medio ambiente,  hacen negocios en Estados fallidos, alteran los precios del mercado… son los nuevos colonizadores en África, y siguen peleando por repartirse el tesoro.

Un tesoro que 200 años de historia han probado negativo para África. Un tesoro maldito, al que los africanos no pueden mirar ni tocar. Los africanos son ricos, disfrutan de una tierra rica. Pero se la han quitado de sus manos.


lunes, 25 de diciembre de 2017

Sufismo en el Turkestán chino


Islamización y derviches marginales
(qalandaríles, malamatíes, yasawíes y uwaysíes)

Los derviches marcaron por lo menos de dos maneras el destino de Turkestán oriental, una región habitada por pueblos turcófonos situada al noroeste de China e incorporada al imperio chino a mediados del siglo XVIII, que en el XX pasó a ser provincia china con el nombre de Sinkiang (o Xinjiang): en primer lugar, con su acción de misioneros y activos propagadores­ del islam, y además por su influencia política sobre los sobe­ranos musulmanes de estos lugares, cuando no tenían ellos mismos el poder. Como resultado de su propaganda, los pueblos turcófonos fueron poco a poco sus antiguas religiones (animismo, chamanismo, ­budismo) y se hicieron musulmanes, pero conservando ciertos elementos que han impregnado sus prácticas hasta hoy. La historia de la mística islámica en el Turkestán chino hay que entenderla en relación con el resto de Asia central, dado que la mayoría de los derviches que llegaron allí eran oriundos de Transoxiana (Bujará, Samarcanda, etc.).

Podemos seguir el rastro de los musulmanes desde el siglo X, cuando se constituyó el primer reino musulmán de Asia central, en una época en que el imperio samaní de Irán imponía su ley cultural en la región. Fue en la segunda mitad de este siglo cuando las tribus turcas abrazaron el islam, durante el reinado del karajaní Satuq Qara Jan (m. 955). Este último, que había establecido su capital en Kashgar, según la leyenda fue convertido a la religión del Profeta por un derviche originario de Transoxiana, Abu Nasi Samani. Pero debemos considerar con cierta reserva los hechos relatados en la gesta de Satuq Bughra Kan, una epo­peya famosa en Turkestán oriental, en la que el soberano Satuq Qara Jan aparece como un gran místico y un «guerrero de la fe» (ghazi). Esta leyenda tuvo mucha influencia en el desarrollo de la mística islámica de Turkestán oriental, y el mausoleo de Satuq Qarajan, en Artush (alrededor de Kashgar) es todavía hoy uno de los lugares santos más venerados en esta parte del mundo musulmán, al que acudieron y siguen acudiendo peregrinos y sufíes. No cabe duda de que la propaganda de los primeros mercaderes musulmanes y misioneros sufíes dio sus frutos; por otro lado, a partir de esta época la labor de los derviches entre los turcos se intensificó, y comprobamos que el número de chamanes y budistas disminuye en provecho de los místicos de la nueva religión.

Es difícil poner un nombre a las primeras formas de sufismo que surgieron en estos lugares a mediados del siglo X. La primera gran cofradía centroasiática, la Yasawiya, no apareció hasta mediados del siglo XII en Yasi, Turkestán (actual Kazajstán). Los derviches de esta época debían de parecerse a los que describe Farid adDîn Attar en la conocida obra hagiográfica Tazkarat alawliya (siglo XII): sufíes sin afiliación precisa, seguramente influidos por la Malamatiya de Jurasán, y quizá por la karramiya, que estaba bien representada en Transoxiana (Samarcanda, Farghana). En efecto, varios hagiógrafos mencionan la llegada de los sufíes ­iraníes procedentes de Jurasán (noreste de Irán) a la región de Farghana, junto al Turkestán oriental. La primera forma de sufismo fácil de identificar que aparece en Turkestán oriental es la Qalandariya, un misticismo marginal, anticonformista y heterodoxo, que la historia suele relacionar erróneamente con la Malamatiya —más bien se trata de una "perversión" de esta última—. La confusión ha existido, y ciertos sufíes respetuosos de las Escrituras aparecen a veces como qalandaríes. De hecho, según las regiones del mundo islámico, el término qalandar podía caracterizar conductas diametralmente opuestas.

En Turkestán oriental, al parecer, el qalandarí era un sufí a medio camino entre el monje budista o el chamán turco y el místico musulmán propiamente dicho. En los qalandaríes del siglo XIII, lo mismo que en los actuales, se advierte un sincretismo religioso muy evidente. El modo de vida y mu­chas de las prácticas de estos sufíes son una réplica de los de las comunidades de ascetas budistas. En realidad el budismo no fue totalmente barrido por el islam, y en algunas regiones de Turkestán las dos religiones llegaron a convivir. En 1419 el país de los uigures (Turfan y el valle del río Tarim) era mayoritariamente budista, pero también había derviches (como un tal Sufí Ata, de Qara Qosha o Qosho). Los místicos turcos se hicieron eco de ciertas leyendas budistas, y así, en el siglo XIII, una de las cuevas del conjunto de las cuevas-templo búdicas y tántricas situadas junto a la antigua capital de los uigures, Qosho, fue recuperada por la tradición qalandarí, que la convirtió en la tumba de los "siete qalandaríes"­, (Yiti qalandar) y en un convento. Otros dos enclaves de Tur­kestán oriental eran conocidos a principios de siglo con el nombre de Yiti qalandar, y también había una tumba de un tal Shah Qalandar (cerca de Korla). El explorador inglés Aurel Stein, que a principios de siglo dedicó a buscar las antiguas ciudades budistas perdidas en el de­sierto de Talda Makan, confesó que casi siempre las había localizado gra­cias al hecho de que en las inmediaciones había tumbas de santos mu­sulmanes. La Qalandariya hizo gala de este sincretismo no sólo con las otras religiones, sino también en el seno del islam, y absorbió otras co­fradías místicas afines, o incluso órdenes ultraortodoxas como la Naqshbandiya, o se fundió con ellas.

La historia nos enseña que la combinación YasawiyaQalandariya es una de las principales características de la mística musulmana en Turkestán oriental. En esta región la Yasawiya aparece partir del siglo XIII. Según el biógrafo turco Ali Shir Nawai un miembro de esta orden, Kishing Ata, en fecha no precisada pero anterior al siglo XIV, tuvo numerosos discípulos en la propia China. Su tumba se encontraba en este país. La obra poética del fundador de la orden, (m. 1187), los Hikmet, es una de las preferidas de los qalandaríes. Esta poesía es cantada en unas reuniones donde también se baila y se recita el dhikr. En todas las épocas, los viajeros oc­cidentales que recorrieron Turkestán oriental hablaron de sus encuentros con los qalandaríes. Uno de ellos escribió en el siglo XIX que también les llamaban Yarr a causa de su dhikr ruidoso (del árabe yahri).

En Turkestán oriental hubo otra corriente sufi por la que pudieron tener afinidad los qalandaríes: los uwaysíes. Pero el término uwaysi, en la mística musulmana, designa uno de los rangos más elevados de la jerarquía mística, el de los derviches perfectos, instruidos directamente por el espíritu del Profeta, y no por un maestro terrenal. No está claro que se constituyera una orden sufí con este nombre; más bien parece que se trataba de una corriente mística. Sea como fuere, a un tal Qoya Muhammad Sharif, de Samarcanda, se le atribuye la fundación de esta cofradía en Kashgar a mediados del siglo XVI. Se dice que fue iniciado en esta doctrina por el espíritu del soberano y santo Satuq Bughra Jan, y que Qoya Muhammad Sharif reactivó el culto a su santo patrón en Kashgar. En el siglo XVII-XVIII uno de los más famosos poetas místicos del Rurkestán chino, afín a los qalandaríes, Muhammad Sadiq Zalili, muy apreciado también hoy, dijo pertenecer a esta corriente. En su poesía honra a Satuq Bughra Jan y a Qoya Muhammad Sharif; también menciona a Ahmad Yasawi y habla de su estancia en los conventos sufíes de Turkestán oriental. Otro místico venerado en esta región se sitúa en la confluencia de las tradiciones qalandari, malamatí y yasawí: se trata de Shah Mashrab (1659-1711), natural de Andiyan (Ferghana), cuya poesía mística es célebre en toda Asia central. Recorrió Turkestán e India, y su poesía es muy apreciada por los qalandaríes, pero fue perseguido por otros sufíes que le consideraron impío. En Turkestán oriental la importancia de la poesía y la literatura mística es tan grande que en los siglos XIX y XX los libros sufíes se leían y estudiaban incluso en las escuelas islámicas oficiales, las madrasas. En ellas no podían faltar los Hikmet de Ahmad Yasawi ni las poesías del sufí Allah Yar (otro poeta muy apreciado por los qalandaries), autores místicos leídos sobre todo en el área centroasiática.

Complicidad con la política e imperio de la sharî’a (la Naqshbandiya)

A partir del siglo XIV, y aunque siguieron existiendo las corrientes místicas mencionadas —más bien entre los nómadas, lejos de los centros urbanos— se desarrolló una nueva forma de sufismo fuertemente vinculada a la ortodoxia islámica, la Naqshbandiya. A esta cofradía se debe en parte, a través de la dinastía timurí de Samarcanda, la islamización casi total del Turkestán oriental (siglo XVI), con intentos de penetración en el Tibet. La operación corrió a cargo de los enviados del famoso sheykh de Samarcanda Ubaydullah Ajrar. Pero el sufismo empezó a desempeñar un papel francamente político e incluso económico en el siglo XVI, con la llegada al poder en Kashgar de la familia de los Majdumzada o jodya (maestros), soberanos todopoderosos del país de las "seis ciudades", (Kashgar, Yarkand, Jotan, Aqsu, Kusha y Turfan). Dos linajes de esta familia oriunda de Transoxiana, descendientes de Ubaydullah Ajrar, se disputaron el control de Turkestán oriental: los Ishaqiyas y los Afaqiyas.

Con la llegada al poder de una dinastía de soberanos naqshbandíes se aceleró y completó el proceso de transformación de un país con un código de valores heredado de la estepa, en un país regido por los mandamientos del islam. Al mismo tiempo, el poder político, que había pertenecido a los descendientes de Gengis Khan, pasó con los Majudumzada a tener unos jefes dotados de legitimidad religiosa, que se proclamaban descendientes del Profeta y de Satuq Qara Jan. De este modo, en el siglo XVI el islam fue un factor unificador, y la Naqshbandiya el instrumento, bracchio forte, de esta política. También data de esta época la implantación duradera de la Naqshbandiya, desde Asia central hasta la población musulmana sinófona de China. Un descendiente de Majdumzada, Afaq Joya (m. 1694) fue, junto con los jeques árabes de Yemen, el iniciador de las principales figuras chinas de la Qadiriya y la Naqshbandiya. La dinastía de los Majdumzada (el linaje de los Afaqiyas) reinó en Turkestán oriental, convirtiéndolo en un estado casi sufí, hasta la ocupación china de 1759, y luego pasó a la oposición, desde donde organizó varios le­vantamientos contra el estado chino hasta mediados del siglo XIX. Otras ciudades de Turkestán oriental (Kusha, Yarkand, Urumshi, Jotan) también fueron escenario de violentos movimientos de rebelión religiosa, casi siempre encabezados por jeques naqshbandíes. La generalización de estas rebeliones fue la causa de la retirada china de Turkestán oriental a mediados del siglo XIX.

En 1869, cuando Kashgaria recuperó la independencia, el último sufí del linaje de los Afaquiyas (Burzug Jan) fue derrocado por un militar, Yaaqub Jan, que se proclamó emir de Kashgaria e impulsó la sharia en todo el territorio. Consciente de la situación precaria del emirato, arrin­conado entre los británicos de la India, los rusos, cada vez más presentes en las llanuras kazajas yTransoxiana, y los chinos por el este, Yaaqub Jan decidió jugar la carta del panislamismo y se acercó al poderoso imperio otomano, llegando a reconocer la soberanía del sultán. La Naqshbandiya, que siempre había estado presente en la política religiosa del emirato, desempeñó en esta época un papel nuevo por mediación del sobrino del emir, miembro de la orden, que fue emisario y diplomático, y supo sacar partido de las cofradías sufíes radicadas en India, Turquía y Turkestán oriental. Los correligionarios sufíes de Estambul contribuyeron a que el enviado extraordinario de Yaaqub Jan ante el sultán obtuviera el apoyo incondicional de los otomanos, que enviaron consejeros militares a Kashgaria. El emisario del emir era muy respetado en los círculos místicos de Estambul, y destacó como comentador de los grandes autores místicos como lbn ‘Arabî e Ibrahim Iraqi. Tras la caída del emirato de Kashgaria, invadido por el ejército chino, y la muerte del emir en 1877, Yaaqub Jan Tore se refugió en la India entre los derviches, y se dedicó por completo a la enseñanza y el estudio del sufismo.


Tenemos pocos datos sobre la situación del sufismo en Turkestán oriental a principios del siglo XX y durante la república popular china. El poder comunista no fue muy condescendiente, y aún hoy fustiga a los maestros sufíes, tachándoles de ignorantes, fundamentalistas religiosos y agitadores. De todos modos sabemos que la Qalandariya sigue activa (en 1994 conocí a un qalandarí en Urumshi), y que la Naqshbandiya es más fuerte que nunca, sobre todo en los oasis del sur, en Yangishahr, Yarkand y Jotan. Un amigo uigur, refugiado en Tashkent, me ha asegurado que en los años cincuenta aún quedaban derviches yasawíes en la región de Kulsha. Actualmente un sufí casi nunca es designado con este término (supi en lengua uigur), sino con el de pir (viejo maestro) y sobre todo el de ishan. Según recientes trabajos etnográficos (1993) de un investigador uigur, los ishan, sobre todo naqshbandíes, constituyen una fuerza bien organizada, con una importante red de mezquitas y kanaqa, y sus discípulos (murîd) se mantienen más que nunca en secreto. Por otro lado, la literatura sufí no ha sido prohibida por las autoridades chinas, a diferencia de lo ocurrido en el Asia central soviética hace varios años. Las obras más leídas son las de los poetas místicos Ahmad Yasawi y Sufi Allah Yar, que se pueden encontrar fácilmente en las librerías de viejo de Kashgar. Los mausoleos de los principales santos sufíes, como los de Satuq Qara Kan y joya Afaq de Kashgar o el de joya Rashidin jan de Kusha, siguen siendo lugares de peregrinación. Los más visitados son el del famoso naqshbandí Afaq joya, en Kashgar, y el de Ordam, entre Kashgar y Yarkand, donde se reúnen miles de peregrinos el mes de muharram. La in­dependencia de las repúblicas vecinas del Turkestán occidental, donde el sufismo, ha sido rehabilitado con entusiasmo, ha alentado las de los turcófonos de Sinkiang, así como la idea de independencia. Los hombres cuentan con más libertad que en la época soviética entre los dos Turkestanes, al igual, sin duda, que las ideas políticas, culturales y... místicas.

Autor: Thierry Zarcone

jueves, 26 de octubre de 2017

La verdad sobre los ahmadiyyah (parte 1)


Se presentó como un musulmán piadoso, pero fue un impostor y falso profeta. Pretendió engañar a los musulmanes acercándose a ellos meramente como un 'renovador' (mujaddid) del Islam, es decir, como un musulmán que con ímpetu renovado reaviva el seguimiento recto del Islam.
Su religión se disfraza bajo el Islam y su gente se hace hacen llamar Comunidad Musulmana Ahmadiyya o Comunidad Ahmadía. Pero no son siquiera una secta desviada del Islam. Peor aún, han salido fuera del Islam. No son musulmanes.
Y en esta época, con el internet y el estado tan avanzado de confusión en el mundo, sus misioneros aprovechan para recolectar gente inocente a la que los llaman al seguimiento de este Falso Mesías.
Es necesario advertir contra su camino, exponiendo de su fundador asuntos que son guardados en gran reserva por los misioneros, o que inclusive muchos de sus miembros no llegan a conocer, por el temor de sus dirigentes a la Verdad.
Poco a poco iremos entregando traducciones de textos de su fundador, para abrir los ojos respecto a este pequeño Dayyal.

(Texto realizado por nuestros hermanos osmanlis del Perú) Descarga en pdf:


viernes, 13 de octubre de 2017

Por qué Palestina sigue siendo el problema - Autor: John Pilger


Lo que enfurece a quienes colonizan y ocupan, roban y oprimen, destrozan y mancillan es la negativa de las víctimas a doblegarse.
Cuando fui como un joven reportero por primera vez a Palestina en la década de 1969 me alojé en un kibutz. Las personas a las que conocí eran personas trabajadoras, llenas de energía y se llamaban a sí mismas socialistas. Me gustaron.
Una noche durante la cena les pregunté por las siluetas de personas que se veían a lo lejos, más allá de nuestro perímetro.
“Árabes”, dijeron, “nómadas”, casi escupiendo las palabras. Dijeron que Israel, refiriéndose a Palestina, había sido prácticamente una tierra baldía y que una de las grandes hazañas de la empresa sionista era lograr que verdeciera el desierto.
Pusieron el ejemplo de su cosecha de naranjas jaffa que se exportaba al resto del mundo, un triunfo frente a los caprichos de la naturaleza y la negligencia de la humanidad.
Era la primera mentira. La mayor parte los naranjales y de los viñedos pertenecían a palestinos que habían labrado la tierra y exportado naranjas y uvas a Europa desde el siglo XVIII. Los anteriores habitantes de la antigua ciudad palestina de Jaffa llamaban a la ciudad “el lugar de las naranjas tristes”.
En el kibutz nunca se usaba la palabra “palestino”. Pregunté por qué. La respuesta fue un silencio problemático.
En todo el mundo colonizado quienes nunca logran ocultar el hecho, y el crimen, de vivir en una tierra robada temen la verdadera soberanía de los pueblos originarios.
Como saben demasiado bien las personas judías, el siguiente paso es negar su condición humana a las personas. A eso sigue de forma tan lógica como la violencia el destruir la dignidad, la cultura y el orgullo de las personas.
En Ramala, tras la invasión de Cisjordania por el difunto Ariel Sharon en 2002, caminé por calles llenas de coches destrozados y casas demolidas hasta el Centro Cultural Palestino. Los soldados israelíes habían acampado ahí hasta aquella mañana.
Me recibió la directora del centro, la novelista Liana Badr, cuyos manuscritos originales yacían desparramados y destruidos por el suelo. Los soldados se habían llevado el disco duro que contenía sus obras de ficción y una biblioteca de obras de teatro y poesía. Casi todo estaba destrozado y mancillado.
No había sobrevivido un solo libro con todas sus páginas, ni una sola grabación original de una de las mejores colecciones de cine palestino.
Los soldados habían orinado y defecado en el suelo, en los escritorios, los bordados y las obras de arte. Habían embadurnado dibujos infantiles con heces y escrito (con mierda ) “Nacido para matar”.
Liana Badr tenía lágrimas en los ojos pero la cabeza bien alta. “Lo reconstruiremos otra vez”, dijo.
Lo que enfurece a quienes colonizan y ocupan, roban y oprimen, destrozan y mancillan es la negativa de las víctimas a doblegarse . Y este es el tributo que todos debemos rendir a los palestinos. Se niegan a doblegarse. Siguen adelante. Esperan, hasta que luchan otra vez . Y lo hacen aun cuando quienes los gobiernan colaboran con sus opresores.
En medio del bombardeo israelí de 2014 sobre Gaza el periodista palestino Mohammed Omer nunca dejó de informar. Tanto él como su familia se vieron afectados, hacían cola para conseguir agua y comida, y lo acarreaban entre los escombros. Cuando le llamé por teléfono podía oír las bombas tras la puerta. Se negó a doblegarse.
Los reportajes de Mohammed, ilustrados por sus gráficas fotografías, fueron un modelo de periodismo profesional que puso en evidencia la complaciente y cobarde manera de informar de los llamados medios dominantes de Gran Bretaña y EEUU. Personas como Mohamed Omer ponen en evidencia cada día la idea que tiene la BBC de objetividad (dar eco a los mitos y mentiras de la autoridad, una práctica de la que está orgullosa).
Durante más de 40 años he documentado la negativa de los palentinos a doblegarse ante sus opresores: Israel, EEUU, Gran Bretaña, la Unión Europea.
Desde 2008 solo Gran Bretaña ha concedido a Israel licencias de exportación de armas y misiles, drones y rifles de francotiradores por valor de 434 millones de libras.
Quienes han resistido a esto sin armas, quienes se han negado a doblegarse son algunos de los palestinos que he tenido el privilegio de conocer:
Mi amigo el difunto Mohammed Jarella, que trabajó sin descanso para la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos (UNRWA, por sus siglas en inglés), me enseñó por primera vez en 1967 un campo de refugiados palestinos. Era un día muy duro de invierno y los niños en edad escolar temblaban de frío. “Un día …”, decía. “Un día …”
Mustafa Barghouti, cuya elocuencia permanece incólume y que me describió la tolerancia que existía en Palestina entre judíos, musulmanes y cristianos hasta que, como me dijo, “los sionistas quisieron un Estado a expensas de los palestinos”.
La dra. Mona El-Farra, una médica de Gaza, cuya pasión era conseguir dinero para hacer operaciones de cirugía plástica a los niños desfigurados por las balas y la metralla israelíes. Las bombas israelíes arrasaron su hospital en 2014.
El dr. Khalid Dahlan, psiquiatra, cuyas clínicas infantiles en Gaza —niños que casi se habían vuelto locos por la violencia israelí— eran oasis de civilización.
Fátima y Nasser son una pareja cuya casa se alzaba en un pueblo cerca de Jerusalén calificado como “Zona A y B”, lo que significa que la tierra fue calificada como solo para judíos. Sus padres habían vivido ahí. Sus abuelos habían vivido ahí. Hoy los buldózeres allanan carreteras solo para judíos, protegidos por leyes solo para judíos.
Era más de media noche cuando Fátima se puso de parto de su segundo hijo. El bebé era prematuro y cuando llegaron al checkpoint desde el que se veía el hospital el joven soldado israelí les dijo que necesitaban otro documento.
Fátima tenía una fuerte hemorragia. El soldado se rió e imitó sus gemidos, y les dijo “váyanse a casa”. El niño nació ahí en un camión. Estaba azul de frío y enseguida murió de frío al no recibir cuidados. Se llamaba Sultán.
Estas serán historias familiares para los palestinos. La pregunta es por qué no lo son en Londres y Washington, Bruselas y Sidney.
Gran Bretaña y EEUU está financiado generosamente una causa libera l reciente en Siria -una causa de George Clooney-, aunque sus beneficiarios, los llamados rebeldes, están dominados por yihadistas fanáticos, producto de la invasión de Afganistán e Ira q, y de la destrucción de la Libia moderna.
Y, sin embargo, no se reconocen la ocupación y la resistencia más largas de los tiempos modernos. Cuando de pronto las Naciones Unidas se conmueven y califican a Israel de Estado de apartheid, como sucedió este año, eso provoca indignación, no contra el Estado cuyo “propósito principal” es el racismo, sino contra una comisión de las Naciones Unidas que osó romper el silencio.
“Palestina”, afirmó Nelson Mandela, “es el mayor problema moral de nuestro tiempo”.
¿Por qué se oculta esta verdad día tras día, mes tras mes, año tras año?
En Israel – el Estado de apartheid, culpable de un crimen contra la humanidad y de haber violado el derecho internacional más que cualquier otro Estado– el silencio persiste entre aquellas personas que saben y cuyo trabajo consiste en mantener las cosas como están.
En Israel gran parte del periodismo está intimidado y controlado por un pensamiento colectivo que exige silencio sobre Palestina, mientras que el periodismo honrado se ha convertido en disidencia: una clandestinidad metafórica.
Una sola palabra –“conflicto”– permite este silencio. “El conflicto árabo-israelí”, recitan los robots en sus apuntadores electrónicos. Cuando un veterano periodista de la BBC, un hombre que conoce la verdad, se refiere a “dos relatos” la contorsión moral es total.
No existe un conflicto, ni dos relatos, con su respaldo moral. Existe una ocupación militar impuesta por una potencia nuclear apoyada por la mayor potencia militar del planeta y existe una injusticia descomunal.
Se puede prohibir la palabra “ocupación”, borrar del diccionario. Pero no se puede prohibir el recuerdo de la verdad histórica: de la sistemática expulsión de palestinos de su patria. Los israelíes lo llamaron “Plan D” en 1948.
El historiador israelí Benny Morris describe cómo uno de sus generales preguntó a David Ben-Gurion, el primero en ocupar el cargo de primer ministro de Israel: “¿Qué haremos con los árabes?”. El primer ministro, escribió Morris, “hizo un gesto despectivo y enérgico con la mano. “¡Expulsarlos!”, dijo.
Setenta años después este crimen se ha suprimido de la cultura intelectual y política de Occidente. O es discutible o simplemente controvertido. Periodistas con abultados sueldos aceptan entusiasmados viajes pagados por Israel, su hospitalidad y sus halagos, y después protestan enérgicamente defendiendo su independencia. Ellos acuñaron el término “tontos útiles”.
En 2011 me asombró la facilidad con la que unos de los escritores británicos más aclamados, Ian McEwan, un hombre bruñido por los destellos de la ilustración burguesa, aceptó el Premio Jerusalén de literatura en el Estado de apartheid.
¿Habría ido McEwan a Sun City en la Sudáfrica del apartheid? Ahí también concedían premios, con todos los gastos pagados. McEwan justificó su acción con palabras ambiguas acerca de la independencia de la “sociedad civil”.
La propaganda (del tipo de la que ofreció McEwan, con su toquecito de atención en las muñecas de sus encantados anfitriones) es un arma para los opresores de Palestina. Al igual que el azúcar insinúa prácticamente todo hoy en día.
Comprender y deconstruir la propaganda estatal y cultural es nuestra tarea más importante. Se nos está obligando a entrar en una segunda Guerra Fría cuyo objetivo final es someter y balcanizar a Rusia, e intimidar a China.
Cuando Donald Trump y Vladimir Putin hablaron en privado durante más de dos horas en la Cumbre del G20 en Hamburgo, al parecer acerca de la necesidad de no emprender la guerra el uno contra el otro, los detractores más vociferantes fueron quienes han liderado el liberalismo, como el escritor político sionista de The Guardian: “No es de extrañar que Putin sonriera en Hamburgo. Sabe que ha conseguido su principal objetivo: ha hecho a EEUU débil otra vez”, escribió Jonathan Freedland. Que empiecen los abucheos al Malvado Vlad.
Estos propagandistas nunca han conocido la guerra, pero aman el juego imperial de la guerra. Lo que Ian McEwan denomina” sociedad civil” se ha convertido en una rica fuente de propaganda afín.
Tomemos un término que los guardianes de la sociedad civil utilizan con frecuencia, “derechos humano”. Como otro concepto noble, “democracia”, el concepto de “derechos humanos” ha sido casi vaciado de su significado y propósito.
Como el “proceso de paz” y la “hoja de ruta”, los derechos humanos en Palestina han sido secuestrados por los gobiernos occidentales y las ONG corporativas que ellos financian y que reivindican una quijotesca autoridad moral.
Así que cuando los gobiernos y ONG piden a Israel que “respete los derechos humanos” en Palestina, no ocurre nada porque todos ellos saben que no hay nada que temer, nada va a cambiar.
Destaca el silencio de la Unión Europea, que complace a Israel mientras este se niega a cumplir su compromisos con el pueblo de Gaza, como mantener abierta la cuerda de salvamento que es el paso fronterizo de Rafah, una medida a la que accedió como parte de su papel en el acuerdo de alto el fuego en su ataque de 2014. Se ha abandonado el puerto marítimo de Gaza, acordado por Bruselas en 2014.
La comisión de las Naciones Unidas que mencioné antes (su nombre completo es Comisión Económica y Social de las Naciones Unidas para Asia Occidental) describió a Israel como, y cito, “diseñado para servir al propósito principal” de la discriminación racial.
Millones de personas lo entienden. Lo que los gobiernos de Londres, Washington, Bruselas y Tel Aviv no pueden controlar es que la humanidad de a pie está cambiando como quizás que nunca lo haya hecho antes.
La gente se está moviendo en todas partes y, en mi opinión, es más consciente que nunca. Algunas personas ya están en una revuelta abierta. La atrocidad de la Torre Grenfell en Londres ha hecho que las comunidades se unan en una vehemente resistencia que es casi nacional.
Gracias a una campaña popular el poder judicial está hoy examinando las pruebas de un posible juicio a Tony Blair por crímenes de guerra. Aunque fracase, es un acontecimiento fundamental que echa abajo otra barrera más entre el público y su reconocimiento de la voraz naturaleza de los crímenes del poder estatal, el desprecio sistemático por la humanidad perpetrado en Iraq, en la Torre Grenfell, en Palestina. Estos son los puntos que están a la espera de que se unan.
Durante la mayor parte del siglo XXI el fraude del poder corporativo presentado como la democracia ha dependido de la propaganda de distracción, se ha basado en gran parte en un culto al “yoísmo” diseñado para desorientar nuestro sentido de mirar hacia los demás, de actuar juntos, de justicia social y de internacionalismo.
La clase, el género y la raza fueron separados. Lo personal se convirtió en lo político y los medios en el mensaje. La promoción del privilegio burgués fue presentada como una política “progresista”. No lo era. Nunca lo es. Es la promoción del privilegio y del poder.
El internacionalismo ha encontrado una vasta audiencia entre los jóvenes. Vean el apoyo a Jeremy Corbyn y la recepción que recibió el circo del G20 en Hamburgo. Al entender la verdad y los imperativos del internacionalismo, y al rechazar el colonialismo entendemos la lucha de Palestina.
Mandela lo dijo de esta manera: “Sabemos demasiado bien que nuestra libertad es incompleta sin la libertad de los palestinos”.
En el centro de Oriente Próximo está la injusticia histórica en Palestina. Hasta que se resuelva y los palestinos tenga su libertad y su patria, e israelíes y palestinos sean iguales ante la ley no habrá paz en la zona o quizá en ninguna parte.
Lo que Mandela decía es que la propia libertad es precaria mientras unos gobiernos poderosos puedan negar la justicia a otros, aterrorizar a otros, encarcelar y asesinar a otros en nuestro nombre. Sin lugar a dudas Israel comprende la amenaza de que un día esto pueda tener que ser normal.
Por eso su embajador en Gran Bretaña es Mark Regev, bien conocido de los periodistas como propagandista profesional y por eso se permitió el “enorme engaño” de las acusaciones de antisemitismo, como lo llamó Ilan Pappet, para crispar al Partido Laborista y minar a Jeremy Corbyn como líder. Lo importante es que no lo consiguió.
Los acontecimientos se suceden rápidamente ahora. La notable campaña de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) está teniendo éxito día tras día; ciudades y pueblos, sindicatos y organismos juveniles se están adhiriendo a la campaña. El intento del gobierno británico de impedir a los ayuntamientos aplicar el BDS ha fracasado en los tribunales.
Esto no son indicios. Cuando los palestinos se vuelvan a alzar, como se alzarán, puede que no tengan éxito al principio, pero lo tendrán finalmente si nosotros entendemos que ellos son nosotros y que nosotros somos ellos.

Este artículo es una versión abreviada del discurso de John Pilger en la Exposición Palestina de Londres el 8 de julio de 2017.
Counterpunch. Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos. Extractado por La Haine

Texto completo en: http://www.lahaine.org/por-que-palestina-sigue-siendo