jueves, 24 de octubre de 2013

Tradición Nómada: Símbolos y Significado

"Es indudable que el tipo de gaucho que tuvo realmente fisonomía particular -el primero que fue llamado así- fue el gaucho nómada, no delincuente, que estuvo implícito en el gauderío oriental del siglo XVIII. Este gaucho fue algo más que un simple vagabundo. Adquirió en la Argentina, a lo largo del siglo XIX, rasgos propios bien definidos. Y cuando se difundió suficientemente -es decir, a medida que fue creciendo la población rural- fue llamado gaucho, como también se había llamado al paisano oriental del siglo XVIII. (...)

Fue el hombre de nuestro campo, principal escenario de su vida legendaria y real. De vida solitaria ya en grupo de tiendas, como las tribus nómades, ya en rancheríos aislados como en la pampa sureña".

              (Tradición Gaucha, '6 de Diciembre: Día Nacional del Gaucho')

En artículos precedentes hemos notado cómo los autores clásicos citados aluden de manera recurrente a lo 'árabe' como elemento distintivo en la caracterización de nuestro antepasado de la pampa (el Gaucho). Si bien estos autores de antaño (tenemos especialmente en cuenta a Domingo F. Sarmiento) hacen referencia a lo 'árabe', considerando de este modo una visión específica de la civilización 'oriental', es decir, 'tradicional', de manera peyorativa y contrapuesta a los postulados liberales del progreso y la civilización por ellos representada, consideramos cuanto menos apropiada esta alusión, ya que ciertamente las analogías entre ambos (lo árabe y lo gauchesco) convergen en un mismo punto original de sabiduría tradicional y manifestación cultural, que en todo se oponen al sentido profano, materialista y antitradicional manifestado por el liberalismo ideológico de los autores citados. Si bien para ellos lo 'oriental' representa 'atraso' y 'anquilosamiento', no deja por eso de tener un atractivo exótico que fácilmente se convierte en 'barbarismo' desenfrenado, pasional y primitivo. No está demás hacer notar que en nuestros días el último bastión tradicional que representa una seria amenaza para los sistemas surgidos desde el neoliberalismo (políticos, financieros y culturales), el Islam, aún se sigue presentando con las mismas características de retraso, inercia, irreverencia, exotismo y barbarismo, por más que la pretendida 'tolerancia igualitaria' del mundo moderno reclame ruidosamente lo contrario.

Ahora bien, a continuación comprobaremos cómo desde la significación etimológica del término 'árabe' se van desglosando ideas que nos remiten a realidades concretas y simbólicas que conciernen a la esencia misma de la humanidad sobre la faz de la tierra, y cómo, sujetos al más aciago desarraigo, la experiencia profana del mundo moderno nos ha hecho olvidar nuestra originalidad, la cual es un requisito necesario para lograr trascendencia.

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Nómada, el Hombre Original

En el libro sagrado del mundo islámico, el Noble Qur'an, y en los dichos sapienciales del Profeta Muhammad (que Dios le conceda paz), en numerosas ocasiones encontramos el término árabe 'arabiyyan', que puede ser traducido como 'árabe', pero que sin embargo se lo traduce como 'beduino', ya que alude específicamente a los pastores trashumantes del desierto. Al respecto, y en referencia al conflicto étnico árabo-bereber producto de la colonización francesa en el Magreb africano, el erudito andalusí contemporáneo Abderrahman Mohammed Ma'anan, en la conferencia titulada 'La identidad bereber del Magreb', dice lo siguiente:

"(Entre los bereberes del Norte de Africa) la palabra 'árabe' goza de un extraordinario prestigio, pero tiene otro significado. En realidad, tiene el mismo significado que en su lengua original. Árabe, fundamentalmente, es sinónimo de 'nómada', y al nómada se le atribuyen una cierta cantidad de virtudes ideales: generosidad, hospitalidad, valentía, gallardía, libertad, y, también, sentido de la poesía expresado en una lengua pura. Las ciudades representan la degeneración de esas nobles costumbres. El nómada es el hombre original. El Profeta, hombre eminentemente urbano pero de espíritu nómada, dijo: 'He sido enviado para completar las virtudes más nobles', y se refería a los beduinos como sus hermanos 'los árabes'. Árabe, en árabe o en bereber, no designa una etnia en particular, sino un carácter. (...) No es de extrañar que un musulmán se considere a sí mismo árabe perteneciendo a la raza que pertenezca desde nuestra óptica (es decir, desde el significado propio del término que se vincula a una manera de vivir libre). Evidentemente, en la actualidad, cuando los términos han sido definidos de otra manera, más racial y exclusivista, estas identificaciones resultan problemáticas y equívocas, pero es necesario que comprendamos su uso tradicional hasta el momento en que apareció el valor que les concedemos ahora".

En su magistral y altamente recomendable biografía del Profeta del Islam, 'Muhammad: Su vida basada en las fuentes más antiguas', Martin Lings escribe lo siguiente:

"Era costumbre en todas las grandes familias de las ciudades árabes enviar a sus hijos, pocos días después del nacimiento, al desierto, para que fuesen amamantados y destetados y pasasen parte de su infancia entre una de las tribus beduinas. La Meca no tenía ningún motivo para ser la excepción, pues las epidemias no eran infrecuentes y el porcentaje de mortalidad infantil era elevado. De cualquier modo, no sólo el aire puro del desierto era lo que deseaban que sus hijos absorbiesen. Eso, para los cuerpos; pero el desierto también tenía su obsequio para las almas. Hacía poco que el Quraysh (tribu a la que pertenecía el Profeta -que Dios le conceda paz-) se había dado a la vida sedentaria. Hasta que Qusayy (líder beduino) les dijo que construyesen casas alrededor del santuario (la Ka'aba) habían sido en mayor o menor medida nómadas. Los asentamientos permanentes, quizás inevitables, representaban un peligro. La forma de vida de sus antepasados había sido más noble, la de los moradores de tiendas frecuentemente en movimiento. Nobleza y libertad eran indisociables; y el nómada, libre. En el desierto un hombre se sentía consciente de ser el señor del espacio y, en virtud de su señorío, escapaba en cierto modo del dominio del tiempo. Al levantar el campamento se desprendía de su pasado y el mañana parecía tener menor fatalidad si su dónde y su cuándo estaban aún por venir. El habitante de la ciudad, sin embargo, era un prisionero; estar establecido en un lugar -ayer, hoy, mañana- era ser un blanco para el tiempo, el destructor de todas las cosas. Las ciudades eran centros de corrupción. A la sombra de sus muros la pereza y la dejadez estaban al acecho prestas para embotar la atención y la vigilancia del hombre. Todo decaía allí, incluso el lenguaje, una de las más preciosas posesiones del hombre. Pocos árabes sabían leer; aún así, la belleza del habla se consideraba como una virtud que todos los padres árabes deseaban para sus hijos. La valía de un hombre se juzgaba en gran parte por su elocuencia, y la corona de la elocuencia era la poesía. Tener un gran poeta en la familia era algo de lo que ciertamente había que enorgullecerse, y los mejores poetas procedían casi siempre de una u otra de las tribus del desierto, porque era en el desierto donde la lengua hablada estaba más próxima a la poesía.

Así pues, en cada generación había que renovar el vínculo con el desierto -aire puro para el pecho, árabe puro para la lengua, libertad para el alma- y muchos de los hijos de los qurayshíes permanecían hasta ocho años en el desierto para que pudiera dejar en ellos una impronta duradera, aunque un número menor de años resultaba suficiente para esto". (Capítulo 8: 'El Desierto', pág. 19)

Leemos en el inmenso poema que define nuestra nacionalidad:

Soy gaucho, y entiendanló
como mi lengua lo explica,
para mí la tierra es chica
y pudiera ser mayor.
Ni la víbora me pica
ni quema mi frente el sol.

Nací como nace el peje,
en el fondo de la mar;
naides me puede quitar
aquellos que Dios me dio:
lo que al mundo truje yo
del mundo lo he de llevar.

Mi gloria es vivir tan libre
como el pájaro del cielo;
no hago nido en este suelo,
ande hay tanto que sufrir;
y naides me ha de seguir
cuando yo remuento el vuelo.      
                                                                            
                                         (José Hernández, 'El Gaucho Martín Fierro')

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Caín y Abel: Significación Tradicional de un Simbolismo Primordial

Ahora bien, remitiéndonos al simbolismo tradicional de raíz abrahámica, en la historia de los hijos de Adán, Caín es representado como agricultor y Abel como pastor, estableciendo así los dos tipos de pueblos que han existido desde los orígenes de la humanidad: los sedentarios, dedicados a la cultura de la tierra, y los nómadas, al pastoreo de rebaños. Estos representan las ocupaciones esenciales y primordiales de esos dos tipos humanos. Cada una de estas dos categorías naturalmente tiene su ley tradicional propia, diferente la una de la otra, y adaptada a su género de vida y a la naturaleza de sus ocupaciones. La manera que tradicionalmente se presenta la historia del rito sacrificial en el que Caín hace ofrendas vegetales y Abel ofrendas animales, se vincula propiamente al tipo de ley de los pueblos nómadas.

Naturalmente son los pueblos agricultores, por el mismo hecho de ser sedentarios, los que más tarde o temprano acaban construyendo ciudades, y, de hecho, se dice que la primera ciudad fue fundada por el mismo Caín. De manera general se puede decir que las obras de los pueblos sedentarios son obras del tiempo: fijados en el espacio en un dominio estrictamente delimitado, desarrollan su actividad en una continuidad temporal que se les aparece como indefinida. Por el contrario, los pueblos nómadas y pastores no edifican nada duradero, y no trabajan en vistas de un porvenir que se les escapa; pero tienen ante ellos el espacio, que no les opone ninguna limitación ("para mí la tierra es chica, y pudiera ser mayor"), sino que al contrario les abre constantemente nuevas posibilidades.

La actividad de los nómadas se ejerce especialmente sobre el reino animal, móvil como ellos; la de los sedentarios toma al contrario como objetos directos los dos reinos fijos, el vegetal y el mineral (la utilización de los elementos minerales comprende concretamente la construcción y la metalurgia; la tradición atribuye el origen de ésta última a Tubalcaín, uno de los descendientes directos de Caín). Es así que, por la fuerza de las cosas, los sedentarios llegan a constituirse símbolos visuales, imágenes que desde el punto de vista de su significación esencial, siempre se reducen más o menos directamente a esquemas geométricos, que están en el origen y la base de toda formación espacial. Los nómadas, por el contrario, a quienes las imágenes les están vedadas como todo lo que tendería a retenerlos en un lugar determinado (de aquí que la tradición monoteísta sea la más natural para el hombre original, y que la raigambre abrahámica esté asociada a los pueblos nómadas), se constituyen símbolos sonoros, los únicos compatibles con su estado de continua migración. Así, los sedentarios crean las artes plásticas (arquitectura, escultura, pintura), es decir, las artes de las formas que se despliegan en el espacio y se fijan en él; y los nómadas crean las artes fonéticas (música, poesía), es decir, las artes de las formas que se desenvuelven en el tiempo y que fluyen en él. (Cf. René Guénon, 'El Reino de la cantidad y los signos de los tiempos', cap. 'Caín y Abel')

Retomando el simbolismo tradicional, y en este orden de cosas, es sumamente significativa la muerte de Abel a manos de Caín, homicidio original cuya culpa recae sobre todo sedentarismo como regla propia del anquilosamiento espiritual, notable singularidad que expondremos en nuestro estudio.

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Raíces de nuestro Nomadismo Gaucho

Desde tiempos remotos el norte de África se ha visto poblado por un conjunto de etnias autóctonas denominadas Tamazgha, habitualmente conocidos como pueblos bereberes. Estas etnias se distribuyen desde las márgenes del océano Atlántico hasta el oasis de Siwa, en Egipto, como referencias extremas occidental y oriental respectivamente; y desde la costa del mar Mediterráneo, al norte, hasta el Sahel, como límite sur. Actualmente se estima que en el norte de África existen entre 55 y 70 millones de berberófonos, concentrados especialmente en Argelia (donde Sarmiento concentra sus apreciaciones de lo árabe homologándolo a lo gaucho) y Marruecos.

El término 'bereber' procede de la adaptación árabe de 'barbr' del término griego 'barbaros', aunque, como ya hemos apuntado en un capítulo precedente, la denominación que los bereberes utilizan para sí mismos es Imazighen (en singular 'amazigh'), que significa 'hombres libres'. Esta denominación también es común en Marruecos y Argelia, y desde mediados del siglo XX se tiende a emplear el término 'amazigh', apelación original, en vez de 'bereber', término importado, para reagrupar a todas las etnias bereberes (Cabileños, Chleuh, Tuareg, Hawwara, etc.). En la antigüedad, los griegos conocían a los bereberes como 'Libios', los egipcios los nombraban 'mashauash', nombre de una tribu bereber cercana a sus tierras, y los romanos los llamaban 'numidios' o 'mauritanos'. Los europeos medievales los incluyeron en los 'moros' o 'mauros', nombre que aplicaban a todos los musulmanes del norte de África. A este respecto, el antropólogo francés Dr. Atgier señala lo siguiente: "Si entre griegos y romanos 'moro' equivalía a 'negro' (de piel oscura), en la lengua bereber 'negro' se decía y se dice 'berik'. En varios dialectos de estas gentes el masculino plural se forma con el prefijo 'iberik', pues significa 'los negros'. En otros dialectos se prescinde del prefijo y 'berik' es lo mismo en plural. Si en este vocablo suprimimos la terminación 'ik', que adjetiva así como 'ico' en 'ibérico', y se dobla la radical 'ber' -lo que es bastante común en los idiomas del norte de Africa- obtenemos la voz 'berber'. Resulta, pues, que 'moro', 'íbero' y 'bereber' indican un mismo pueblo primitivamente de piel oscura, que se ha ido modificando por mezcla con otros que sucesivamente fueron ingresando al país".

Tradicionalmente, el estilo de vida de los pueblos Imazighen ha sido el nomadismo. Por ejemplo, la población Tuareg se extiende por cinco países africanos: Argelia, Libia, Níger, Malí y Burkina Faso.

A diferencia de las conquistas llevadas a cabo por las religiones y culturas anteriores, la llegada del Islam, que fue difundida tanto por árabes como por sirios, a largo plaza iba a tener efectos permanentes sobre las etnias del Magreb.

Las primeras expediciones musulmanas en el norte de África, entre los años 642 y 669 e. c., dieron lugar a una fructífera difusión del Islam. Estas primeras incursiones, desde una base en Egipto, se produjeron bajo la iniciativa local. Pero, cuando la sede del Califato se trasladó de Medina (Arabia) a Damasco (Siria), los Omeyas reconocieron la necesidad estratégica de dominar el Mediterráneo con la vista puesta especialmente en la zona que nos ocupa.

En el año 670 una expedición liderada por Uqba ibn Nafi ocupó la ciudad de Qairuán, a unos 160 km al sur de la actual Túbez, y la usó como base para futuras operaciones. Abu al-Muhayir Dinar, sucesor de Uqba, siguió hacia el oeste de Argelia, y finalmente elaboró un modus vivendi con Kusaila, gobernante de una amplia confederación de bereberes cristianos. Kusaila, que tenía su base en Tremecén, se convirtió al Islam y trasladó su sede a Takirwán, cerca de Qairuán. Hacia 711 las fuerzas omeyas auxiliadas por bereberes conversos al Islam ya habían conquistado todo el norte de Africa. Como ya hemos apuntado, uno de los mayores logros del Islam en su historia, fue la aceptación que las etnias Imazighen hicieron de él.

En su gran mayoría todos los pueblos de tradición nómada de Asia y África aceptaron voluntariamente el Islam enriqueciendo así sus culturas ancestrales. Esto ocurrió tanto con los beduinos del desierto árabe y las etnias Imazighen, como con los Fulani y los Malinké del África occidental y los turcos Oghuz y mongoles de las estepas asiáticas.

El nomadismo es una característica fundamental del espíritu libre que se goza en los infinitos espacios de la emancipación y se nutre con el aire siempre renovado de los espacios abiertos. Lo contrario, la estática permanencia que impone el sedentarismo, establece límites ficticios a los cuales debe circunscribirse y que redundan en un enquistamiento poco productivo. De esta diferenciación, en nuestros tiempos, surge por un lado la vida urbana y por el otro la vida rural, con sus tipos humanos igualmente diferentes. Del nomadismo -eclosión tradicional del hombre original- también surge el carácter expansivo del Islam, y de aquí la aceptación voluntaria que de él hicieron los pueblos citados anteriormente, pueblos arraigados en tradiciones ancestrales que habían permanecido, en cierto sentido, impermeables a la influencia judeo-cristiana (si bien existieron bereberes judíos y cristianos, siempre representaron una exigua minoría, cuando la aceptación del Islam fue absolutamente mayoritaria). Se nos puede objetar que el cristianismo también fue asimilado por pueblos nómadas o semi-nómadas, como por ejemplo los de la Europa nórdica. Sin embargo, y justo es aclararlo, el cristianismo cuya tendencia predominó entre los pueblos nórdicos fue el arrianismo, doctrina predicada por Arrio (presbítero de origen libio) que con el tiempo sería catalogada como 'herejía' por el catolicismo imperante, en la que destaca el concepto unitario de la Divinidad y de la figura de Jesús como mensajero, contrapuesta al dogma de la trinidad católica y a Jesús como manifestación divina, emparentándola indisolublemente con la Tradición original de raíz abrahámica de la cual el Islam es fiel depositario. De aquí la feliz aceptación del Islam por parte de numerosos visigodos en la Península Ibérica, cuando con ellos se mezclaron los musulmanes Imazighen del norte de África.

*Breve nota acerca del Millat Ibrahim, Tradición de nuestros Nobles Antepasados

A continuación abriremos un breve paréntesis para una anotación necesaria que puede servir de complemento a nuestra exposición.

En el Sagrado Qur'an hay un término árabe, 'Millat', que abarca la idea que se tiene de la vida, del mundo y de la felicidad, lo cual es el factor determinante en el modo de vivir y actuar. Este término, por la revelación divina, está íntimamente vinculado con el Profeta Ibrahim (Abraham, que Dios le conceda paz), y habitualmente se lo traduce como 'la religión de Abraham'. Sin embargo, y dado el alcance que nos muestra su significado, consideramos que el concepto es mucho más abarcativo que la traducción de 'religión', por lo que preferimos la de 'Tradición'. Millat Ibrahim será entonces la 'Tradición Abrahámica', es decir, el legado espiritual del Profeta Ibrahim de reconocimiento y sometimiento al Dios Único y Todopoderoso.

La etimología del nombre Ibrahim (lo mismo que la de Abraham) remite al significado de 'Padre de multitudes' (Ib de Ab, padre; rahim, compasivo, mas proviene de la raíz 'rhm', cuyo sentido es 'matriz', es decir, desde donde se genera la descendencia), de aquí que 'Tradición' entronque con 'Patriarcado', siendo Ibrahim el Patriarca (Padre fundacional) de los pueblos del Tawhid (representantes del Monoteísmo), fundamentalmente asociados al nomadismo (Ibrahim mismo fue un pastor nómada). Dios Todopoderoso dice en el Sagrado Qur'an: "...la Tradición de vuestro padre Ibrahim, él os llamó antes 'sometidos' (millata abikum ibrahima, huwa samikum al muslimin)" (22:76). La Tradición Islámica transmitida por nuestro Profeta Muhammad (que Dios le conceda paz) es la expresión más pura, natural y acabada del Millat Ibrahim, de la Tradición Abrahámica, el legado profético de nuestros antepasados.

El sentido de Millat está asociado al de Hikmat, término árabe que significa 'Sabiduría', como un desprendimiento de aquella. Desde un modo correcto de contemplar la vida surge la sabiduría necesaria para poder vivirla. Dijimos que el modelo más acabado de la Tradición Abrahámica son las enseñanzas de nuestro Profeta Muhammad, por lo que Millat y Hikmat concluyen en su Sunnah, es decir, su modo de vida, tanto exterior como interior, reflejos de la Tradición y la Sabiduría Monoteístas como guías para la humanidad.

En cuanto a temas vinculados directa o indirectamente con los orígenes hispanomusulmanes de la cultura gauchesca, el Profesor Ricardo Elía alude al 'profundo monoteísmo entroncado con la más pura tradición musulmana que trasunta el Martín Fierro, la "Biblia Gaucha" del poeta José Hernández'. Aseveración dichosamente acertada que se nos hace más que evidente:

Mas quien manda los pesares
manda  también el consuelo;
la luz que baja del cielo
alumbra al más encumbrao,
y hasta el pelo más delgao
hace su sombra en el suelo.

Dios formó lindas las flores,
delicadas como son;
les dio toda perfección
y cuanto él era capaz;
pero al hombre le dio más
cuando le dio el corazón.

En las sagradas alturas
está el maestro principal,
que enseña a cada animal
a procurarse el sustento
y le brinda el alimento
a todo ser racional.

Su esperanza no la cifren
nunca en corazón alguno;
en el mayor infortunio
pongan su confianza en Dios;
de los hombres, sólo en uno,
con gran precaución en dos.

Pero ponga su esperanza
en el Dios que lo formó;
y aquí me despido yo,
que he relatao a mi modo
males que conocen todos
pero que naides contó.

***
"La historia islámica de la península es, en una parte nada despreciable, una historia de los Beréberes y de su intervención en el continente europeo" (Dr. Bosch Vilá, Universidad de Granada)

Retomando nuestra exposición, nos remitiremos a la llegada del Islam a la Península Ibérica. Como ya hemos dicho, el Islam ingresa a la Península Ibérica de la mano del general Tariq ibn Ziyad al-Layti. Este guerrero de origen bereber, nació el 15 de noviembre del año 679 e. c. Desde niño vivió en contacto con la naturaleza en las montañas del Rif marroquí. Recibió la enseñanza islámica tradicional y fue avezado en el uso de todas las armas de combate: espada, lanza, arco y flecha. El gobernador de Túnez, Musa ibn Nusair, confió en su capacidad militar y lo nombró gobernador de Tánger.

Por aquel entonces dos bandos se disputaban el poder en la Península Ibérica: el del usurpador Don Rodrigo, y el de quien era considerado como verdadero heredero al trono, Agila II, hijo del fallecido monarca visigodo Witiza. Esta facción nobiliaria, los witizanos, pidió ayuda a Musa ibn Nusair, mediante el conde de Ceuta, el godo Olbán, quien gobernaba sobre una zona poblada por bereberes. Musa ordenó a su lugarteniente Tariq continuar los pasos de Tarif ibn Maluk, primer oficial musulmán en realizar una expedición de reconocimiento al otro lado del estrecho. El 30 de abril de 711 partieron los barcos con las fuerzas de Tariq desde el promontorio de Abila, junto a Ceuta. Luego de cruzar 14 km de mar entre las antiguas Columnas de Hércules, desembarcaron en la bahía de Algecias, al pie del Peñón Calpe, que a partir de entonces pasaría a ser conocido como Jabal al-Tariq, es decir, 'el Monte de Tariq' (Gibraltar).

Las tropas de Tariq contaban con unos siete mil hombres, en su mayoría bereberes, acompañados de algunos centenares de caballeros árabes. En julio se le sumaron cinco mil bereberes más. Don Rodrigo abandonó la agresión contra los vascos del norte y acordó una tregua con Agila para combatir a los recién llegados.

El 19 de julio de 711 los dos ejércitos se encontraron en el sitio llamado Wadilakka, en la cuenca del río Guadalete, al noreste de la antigua Gades (Cádiz). La infantería berberisca diezmó a los germanos; con la colaboración de la caballería árabe aniquilaron a las huestes cristianas.

Numerosas comunidades hispanoromanas recibieron a Tariq ibn Ziyad como libertador. Estos pueblos hacía 200 años que estaban oprimidos por la tiranía de los conquistadores germánicos, explotados por impuestos elevados, sin derechos ni libertades, discriminados y tratados con violencia e injusticia. En el territorio islámico de Al-Ándalus que surgía, podrían vivir y trabajar en paz.

El respeto y la tolerancia manifestados por los musulmanes hacia los cristianos nativos. Considerados como ellos mismos 'Gentes del Libro', sumado, como dijimos, al arrianismo ancestral legado por los nórdicos, contribuyeron a facilitar la obra de expansión y asimilación del Islam en Hispania.

A pesar de la escasa valoración que los estudios históricos parecen haber dado al componente amazhig en la conquista del territorio hispano, los bereberes continuarían expandiéndose e incluso, en numerosos casos, aventajando en número al elemento propiamente arábigo. Al respecto son altamente significativas las palabras de lamento proferidas por Luis del Mármol Caravajal, historiador español de fines del siglo XVI: "Sabidas estas victorias en África, fue tanto el número de Africanos que creció en España que todas las ciudades y villas se hincharon dellos, porque no pasaron como guerreros sino como pobladores con sus mujeres e hijos, en tanta manera que la religión, costumbres y lenguas corrompieron, y los nombres de los pueblos, de los montes, de los ríos y de los campos se mudaron".

Volviendo a nuestra figura histórica del comienzo, en su libro 'Recuerdos de Provincia' (1850), Domingo F. Sarmiento se ocupa de su genealogía, y continuando una línea ascendente que parte desde su madre, Paula Albarracín, se remontará a un líder moro llamado Al Ben Razín, quien en el contexto del ingreso musulmán en la Península Ibérica, estableció una familia y dio su nombre a una ciudad, siendo así que Albarracín, ciudad de la provincia de Teruel (España), sólo constituye una derivación de aquella.

No obstante que Sarmiento atribuyera su fisonomía 'árabe' al citado antepasado, lo cierto es que su verdadero origen se encontraría mucho más vinculado a los bereberes del norte de África que a los árabes con quienes creyó vincularse. Veamos por qué:

Entre los grupos de etnia amazigh que cruzaron a la Península Ibérica en el siglo VIII, se encuentran los Hawara, del tronco de los Botr, y al cual pertenecía la familia de los Banu Razin. Los asentamientos correspondientes a esta etnia Hawara son reconocibles porque al comienzo de sus respectivas denominaciones aparecen los prefijos 'banu' o 'beni', y su presencia se difundió por el centro, sur, y este de la Península, siendo que en lo que respecta a la familia de los Banu Razin, ésta se posicionó en el macizo entre Teruel y Cuenca, con el propósito de defender las fronteras de Al-Ándalus.

Será el citado Bosch Vilá quien, señalando que los Hawara fueron una de las primeras etnias amazigh que se establecieron en las tierras fronterizas de Al-Andalus, describe a una de sus fracciones, los Banu Razin, como una familia 'numerosa y rica' y que ocupando 'castillos al sur de la actual provincia de Teruel llegaron a constituir en Santa María de Ben Razin una dinastía taifa..."

Los Hawara o Huara o Houara, habían habitado el Fezzan Libio (región sudoeste del país) y, conforme a los estudios realizados por el francés Charles Foucauld, el término 'Huara' debe asociarse con el vocablo 'Ahaggar', tuareg noble. Posteriormente habrían de emigrar hacia la costa del norte de África, pasando a dominar a las antiguas poblaciones allí asentadas hasta integrarlas étnicamente. El islamólogo franco-argelino Evariste Levi Provençal, en 'Historia de la España Musulmana hasta la Caída del Califato de Córdoba' (1950), sustenta también el origen amazigh de los Banu Razin. No sólo en nuestros gauchos, sino que en numerosas asociaciones encontramos elementos norafricanos en nuestra Argentina, provenientes de los moriscos llegados al Río de la Plata.

Para concluir, el teniente coronel Aníbal Montes, en su estudio 'El indio, el criollo y el gaucho', argumenta que los árabes (bereberes, diríamos), en España, se hicieron sedentarios y ciudadanos durante ocho siglos; ese mismo árabe, trasplantado a la inmensidad del continente americano, sin más recursos que sus armas y su caballo, debió necesariamente volver a la atávica condición del antepasado nómada. De aquí derivó nuestro gaucho y por eso es útil enterarnos de cómo era aquella singular y notable entidad étnica y su tradición ancestral.

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