sábado, 25 de marzo de 2017

De la espiritualidad del yihad a la ideología del yihadismo (p.I)


Autor: Reza Shah-Kazemi

A los que luchan esforzadamente por Nuestra causa,
sin duda les guiaremos por caminos que conducen a Nosotros.
El Coran, 29:69

El principio expresado en este versículo es imprescindible para comprender la naturaleza del yihad (esfuerzo sagrado) en el islam. Asimismo, nos ayuda a establecer un claro criterio mediante el cual refutar la ideología yihadista. El esfuerzo en cuestión debe ser en Dios y no sólo para Dios. En otras palabras, debe realizarse en un marco divino y en armonía con todas las cualidades espirituales y éticas propias de este marco. Únicamente en estas condiciones, Dios guiará al muyahidín por las sendas apropiadas, ya sea en el ámbito de la guerra exterior, en el compromiso social y moral, en el esfuerzo intelectual o en lo más profundo: el combate espiritual contra el mayor de los enemigos, es decir, el propio ego congénito (nafs) que se encuentra en uno mismo. En esta concepción del yihad, el fin no justifica los medios, todo lo contrario: los medios deben estar en total conformidad con el fin.

Si la lucha personal es verdaderamente para Dios, debe desarrollarse en Dios —ambos, el medio y el fin, se definen entonces por principios divinos, inspirados e incluidos por la presencia divina. El empleo de medios repugnantes traiciona el fin previsto y lo aleja de lo divino. En lugar de combatir para Dios y en Dios, el objetivo de cualquier yihad donde se justifica la muerte de inocentes no se fundamenta en lo divino. Aunque adornado con toda la simbología del lenguaje islámico, surge como un producto de una rigurosa ideología yihadista no islámica.
En este contexto, es totalmente comprensible que, tras los acontecimientos que sacudieron el mundo ese 11 de septiembre del 2001, muchas personas, tanto en Occidente como en el mundo musulmán, les pareció una barbaridad que los asesinatos en masa perpetrados aquel día fueran tildados, por algunos musulmanes, como un acto de yihad. Sólo las almas más perversas pueden considerar los ataques suicidas como obra de los muyahidín que golpearon en nombre del islam objetivos legítimos en el corazón del enemigo.

Sin embrago, y a pesar de esta evidente falsedad, la imagen del islam moldeada por su desfiguración de los principios islámicos no resulta fácil de eliminar del imaginario popular occidental. Existe una insana y peligrosa convergencia de percepción entre, por un lado, aquella minoría que en el mundo musulmán considera los ataques como un necesario yihad antioccidental y, por otro, aquellos en Occidente (lamentablemente, no tan minoría) que del mismo modo ven los ataques como la lógica expresión de una inherente tradición religiosa militar que siempre se opondrá a Occidente.

Aunque sea muy importante, en la práctica nada importa si los pensadores islámicos afirman que los ataques terroristas están totalmente al margen de cualquier legitimidad en términos de ley islámica y moralidad. Los principios legales relevantes —que el yihad sólo puede proclamarse por los juristas más cualificados en el territorio en cuestión; que no existen motivos por emplear en el yihad, incluso si es legítimo, el fuego como arma; que la inviolabilidad de los no combatientes siempre debe conservarse; que el suicidio está prohibido en el islam...—, y muchos otros principios, han sido señalados por los expertos en la sharia y debidamente amplificados por los líderes y jefes de estado del mundo musulmán. No obstante, la imagen intacta de un «yihad islámico» parece estar determinada por imaginarios y estereotipos más que por sutilezas legales. Por ejemplo, inmediatamente después de los ataques del 11-s, se yuxtapusieron dos potentes escenas: la apocalíptica carnicería de la «zona cero» frente a masas de rabiosos musulmanes portando pancartas antioccidentales al grito de «Al-lahu akbar».

En una situación así, donde el espíritu tradicional del islam y el significado e importancia del yihad se han distorsionado hasta el punto de pervertirlos completamente, es responsabilidad de todos aquellos que nos oponemos, tanto a los estereotipos mediáticos del «yihadismo» como ante los fanáticos descarriados que proporcionan el material para mantener esos estereotipos, denunciar de la forma más contundente posible todo tipo de terrorismo encubierto de yihad.

Llegados a este punto, muchos se preguntarán: si este yihad es falso, ¿cuál es el verdadero? (2)


Los principios islámicos y la práctica musulmana

Sería una tarea relativamente sencilla citar los principios islámicos tradicionales donde queda de manifiesto el origen totalmente no islámico de esta ideología yihadista, pero pensamos que la crítica será mucho más efectiva si la acompañamos de imágenes, acciones, dichos, personalidades y episodios que ejemplifican los principios en cuestión, añadiendo carne y sangre al esqueleto de la teoría.

Para el correcto argumento intelectual, especialmente en el ámbito que consideramos aquí, debemos basarnos en las fuentes históricas de casos donde el espíritu del auténtico yihad se muestra intensamente activo. Asimismo, frente a las experiencias de los verdaderos muyâhidîn, la ilegítima actitud del falso combatiente resulta todavía más evidente.

En la historia musulmana, encontramos un rico patrimonio de comportamiento justo en el campo de batalla. Pero antes de adentrarnos en este asunto, debemos recalcar que los musulmanes entran en guerra únicamente como último recurso, y sólo por estrictos motivos de autodefensa. Nunca se debe actuar empujado por el propio beneficio o gloria, como queda claro en el Corán: «Se os ha prescrito combatir, aunque os sea odioso» (2:216).

Cuando la guerra es inevitable, uno debe comportarse según los estrictos principios y conforme el espíritu de la fe. Lo que sigue es una serie de escenas, extraídas de la tradición, que nos servirán como ilustraciones de este espíritu.

Si nos centramos en el comportamiento apropiado durante el conflicto, no resulta exagerado afirmar que, en la Edad Media, el nombre de Saladino fue un arquetipo para la caballería, y ha llegado incluso hasta nuestros días. Las crónicas de esa época, tanto las musulmanas como las cristianas, describen sus campañas y su fidelidad como el más noble de los principios de la batalla digna. Una y otra vez, con frecuencia frente a la desfachatez de sus adversarios, Saladino respondió con magnanimidad y justicia. Basta centrarnos en su autocontrol, su clemencia y su generosidad en lo que supuso su gran victoria: la reconquista de Jerusalén el viernes 2 de octubre de 1187, una fecha memorable pues era el día 27 de rajab, el aniversario de la «noche de la ascensión» (laylat al-Mirâj), cuando el profeta (sas) ascendió a los cielos desde la misma Jerusalén. Tras detallar numerosos actos de bondad y caridad, el cronista cristiano Ernul escribe:

Os tengo que describir la gran cortesía de Saladino hacia las mujeres e hijas de los guerreros, quienes habían huido de Jerusalén cuando sus señores habían sido asesinados o capturados en la batalla. Cuando esas damas fueron capturadas y llevadas a Jerusalén, quisieron pedir compasión a Saladino. Cuando este las vio, les preguntó quiénes eran. Se le dijo que eran las esposas e hijas de los guerreros que habían sido capturados o caídos en combate. Entonces, preguntó qué querían, y respondieron que, por Dios, se apiadara de ellas, de sus maridos prisioneros y de los que habían muerto. Que habían perdido sus tierras y que por Dios les ayudara. Cuando Saladino las vio llorando, mostró gran compasión hacia ellas, e imploró piedad. A las damas cuyos maridos estaban vivos les preguntó dónde estaban cautivos, y les prometió que, tan pronto como le fuera posible, iría a las cárceles y los liberaría. Y todos fueron liberados allí donde se encontraran. Tras esto, ordenó que aquellas mujeres cuyos maridos o padres hubieran fallecido en el combate fueran recompensadas de su tesoro personal, unas más y otras menos según su condición. Y les dio tanto que ellas alabaron a Dios y dijeron a todo el mundo lo bueno que había sido Saladino. (3)

La grandeza de Saladino en ese momento decisivo de la historia contrasta con la barbarie que vivió la ciudad y las masacres indiscriminadas de sus habitantes por parte de las cruzadas cristianas en 1099. Su lección de bondad queda muy bien expresada en las palabras de su biógrafo, Stanley Lane-Poole:

Recordamos la salvaje conquista por los primeros cruzados en 1099, cuando Godofredo de Bouillon y Tancredo inundaron la calles de muerte, cuando los indefensos musulmanes fueron torturados, quemados y lanzados a sangre fría desde las torres y los tejados del Templo, cuando el ensañamiento y las masacres ultrajaron el honor de la cristiandad y dominaron la escena allí donde, antaño, se había predicado el mensaje de amor y bondad. «Benditos los bondadosos, que obtengan la gracia» era una beatitud olvidada cuando los cristianos cometieron las carnicerías en la Ciudad Santa. Afortunados fueron los desagradecidos, ya que obtuvieron la caridad en manos del Sultán musulmán. ... Si la toma de Jerusalén hubiera sido el único acto conocido de Saladino, sería suficiente para probar que fue uno de los caballeros con más corazón de todo los tiempos. (4)

De todos modos, Saladino, aunque sin duda excepcional, básicamente se limitó a expresar los principios islámicos de conducta, manifestados en el Corán y en la práctica de Muhámmad (sas). Unos cincuenta años antes de la victoria de Saladino, por ejemplo, tuvo lugar una conversión en masa de cristianos al islam, como resultado directo de esta esencial virtud musulmana de la compasión por parte de desconocidos «sarracenos». Un monje cristiano, Odón de Deuil, explica la siguiente anécdota que, teniendo en cuenta su abierta disconformidad con el islam, resulta todavía más fidedigna. Lo que quedaba del ejército de Luis VII, tras haber sido derrotado por los turcos en Phyrgia en el año 1147, alcanzaron el puerto de Attalia junto unos cuantos miles de peregrinos. Los enfermos, los heridos y los peregrinos debían ser atendidos, pues Luis VII dio a sus aliados griegos 500 marcos para cuidar de esa gente hasta que llegaran refuerzos. Sin embargo, los griegos se quedaron con el dinero y abandonaron a los peregrinos y a los heridos entre la miseria y las enfermedades, con la única esperanza de que quien sobreviviría acabaría en manos de los turcos. Pero cuando estos llegaron y vieron el estado de los indefensos peregrinos, se apiadaron, los alimentaron y satisficieron sus necesidades básicas. Este acto de compasión tuvo como resultado la masiva conversión de peregrinos al islam. Como comenta el monje Odón:

Distanciándose de sus compañeros de religión que habían sido tan crueles con ellos, se encontraron a salvo en manos del infiel, que se apiadó de ellos. ... ¡No hay traición más cruel! Les dieron pan, pero les robaron la fe, aunque cierto es que, contentos con los servicios que los musulmanes les habían ofrecido, nadie de entre ellos les obligó a renunciar de su religión. (5)

El último punto es fundamental en lo que respecta a dos principios islámicos claves: no se debe forzar a nadie a convertirse al islam y la virtud debe realizarse sin esperar recompensa. Como leemos en el Corán: «No cabe coacción en asuntos de fe». (6)

Y también:

Los realmente virtuosos son los que cumplen sus compromisos ... y proveen de comida —sin importar cuan necesitados estén de ella— al necesitado, al huérfano y al cautivo, diciendo en sus corazones: «Os damos de comer sólo por amor a Dios: no queremos de vosotros recompensa ni gratitud». (7)

El imperativo ontológico de la compasión

Efectivamente, la bondad, la compasión y el autocontrol son aspectos fundamentales del espíritu del yihad. No es una simple cuestión de coraje en el campo de batalla, sino que se trata más bien de saber cuándo el combate es inevitable, cómo debe perpetrarse y, siempre que sea posible, aplicar las virtudes de la compasión y la moderación. Los siguientes versículos son relevantes en este sentido:

Se os ha prescrito combatir, aunque os sea odioso. (8)

Muhámmad es el enviado de Dios; y los que realmente están con él son firmes e inflexibles con los que niegan la verdad, pero compasivos entre sí. (9)

Y combatid por la causa de Dios a aquellos que os combatan, pero no cometáis agresión. Dios no ama a los agresores. (10)

A propósito del comportamiento de Muhámmad (sas), nos cuenta el Corán:

Fue por misericordia de Dios que trataste Oh Profeta con suavidad a tus seguidores: si hubieras sido severo y duro de corazón, ciertamente se habrían apartado de ti. Así pues, perdónales y pide perdón por ellos. Y consulta con ellos todos los asuntos de interés público. (11)

El Corán insiste repetidamente en el imperativo de manifestar compasión y moderación siempre que sea posible. Este es un principio que no está vinculado al legalismo o al sentimentalismo, sino a la profunda naturaleza de las cosas. En la perspectiva islámica, la compasión es la verdadera esencia de la Realidad. Un conocido dicho del profeta (sas) nos cuenta que, escritas en el trono de Al-láh, se encuentran estas palabras: «Mi compasión está por encima de mi ira». La misericordia, la rahma, expresa la esencia de Dios. Por consiguiente, nada escapa a la misericordia divina: «La gracia de Dios está siempre cerca de quienes hacen el bien» (12). El nombre de Dios, ar-Rahman, es el mismo que Al-láh: «Llámalo Al-láh o llámalo Rahman. No importa qué nombre le des el resultado será el mismo ya que todos los nombres más hermosos son Suyos» (13). En el Corán, la fuerza creadora divina se identifica, una y otra vez, con ar-Rahman, y el principio de la propia revelación, asimismo, se identifica con la misma cualidad divina. La sura del Corán llamada ar-Rahman empieza así: «Ar-Rahman ha impartido este Corán al hombre. Ha creado al hombre: le ha impartido el pensamiento y el lenguaje» (14).

Siempre debemos tener presente este «imperativo ontológico» de la bondad cuando tratamos con cualquier asunto bélico en el islam. Los ejemplos de compasión generosa que encontramos en la tradición de la cortesía musulmana no deben considerarse, únicamente, como ejemplos de virtud individual: son, ante todo, frutos naturales de este imperativo ontológico. Nadie encarna mejor este imperativo que el propio profeta (sas).

Por consiguiente, la generosidad de Saladino debe considerarse como un eco de la conducta que tuvo Muhámmad (sas) ante su conquista de La Meca. Mientras el enorme ejército musulmán se acercaba a La Meca en procesión triunfal, un cabecilla musulmán, Sad ibn Ubada, a quien el profeta le había dado el estandarte, se dirigió a Abu Sufyan, el líder de los qurayshíes de La Meca conciente de que ya no podían resistirse a ese ejército:

—¡Oh, Abu Sufyan, este es el día del sacrificio! El día cuando lo inviolable debe ser violado. El día en que Dios humilla a los qurayshíes. ...
—¡Oh, mensajero de Dios —imploró Abu Sufyan cuando lo escuchó—, ¿has ordenado el asesinato de nuestra gente? Y le repitió lo que Sad había dicho. Entonces añadió: «Juro por Dios y en nombre de mi pueblo, para ti mi filial piedad, la más bondadosa, la más beneficiosa».
—Este es el día de la compasión —dijo el profeta—, el día en que Dios ha enaltecido a los qurayshíes. (15)

Lo qurayshíes tenían muchos motivos para estar atemorizados dada la intensidad de su persecución contra los primeros musulmanes y su continua hostilidad y agresión contra ellos tras su emigración forzada a Medina. Sin embargo, se les aplicó una amnistía general, y muchos de los acérrimos enemigos se convirtieron en incondicionales musulmanes. Cabe destacar aquí el siguiente versículo coránico:

Pero como el bien y el mal no pueden equipararse, repele el mal con algo que sea mejor. ¡Y, he ahí que aquel entre el cual y tú existía enemistad se volverá entonces como si siempre hubiera estado cercano a ti, un verdadero amigo. (16)

Ya hemos mencionado el principio de no compulsión en la religión. Debemos añadir que, al contrario de la imagen distorsionada y estereotipada sobre la expansión del islam con la espada, las campañas militares y las conquistas de los ejércitos musulmanes se llevaban a cabo de un modo tan ejemplar, que los pueblos conquistados se sentían atraídos por la religión que tan bien había disciplinado a los soldados. Asimismo, sus fieles respetaban escrupulosamente la libertad de culto.

Paradójicamente, la libertad y el respeto ofrecido por los conquistadores musulmanes a los practicantes de otras religiones intensificaron la conversión al islam. El clásico libro de Arnold The Preaching of Islam perdura como uno de los mejores desmentidos de la imagen de un islam propagado por la fuerza. Su completo análisis de la extensión del islam por todas las regiones de lo que actualmente conocemos como «mundo islámico» demuestra, sin duda, que el avance del mensaje fue de naturaleza esencialmente pacífica, siendo el sufismo y el comercio los dos factores más importantes para la conversión. El místico y el comerciante han sido los dos «misioneros» con más éxito en el islam.

Un documento que Arnold cita en su libro nos muestra el proceso de conversión de un grupo, los cristianos en la provincia persa de Khursaan, que podemos tomar como un indicativo de las condiciones bajo las cuales los cristianos, y los no musulmanes en general, se convirtieron al islam. Esta es la carta que el patriarca nestoriano Isho-yabh III envió a Simeón, metropolitano de Rev-Ardashir, primado de Persia:

Los árabes no han atacado la fe cristiana, todo lo contrario, favorecen nuestra religión, honoran a nuestros sacerdotes y a los santos de nuestro Señor y confieren beneficios a iglesias y monasterios. ¿Por qué vuestro pueblo de Merv abandona su fe en favor de estos árabes? (17)

Este respeto por los sacerdotes, los santos, las iglesias y los monasterios proviene directamente por la práctica de Muhámmad (sas) quien, entre otras cosas, firmó el tratado con los monjes del monasterio de Santa Catarina en el Sinaí (18) y permitió que los cristianos de Narjan practicaran su liturgia en el lugar más sagrado de Medina: la propia mezquita del profeta (19). También queda patente, en los versículos coránicos, la inviolabilidad de todos los lugares donde se invoque el nombre de Dios. Asimismo, en el versículo donde se da permiso a los musulmanes para empezar a defenderse de los mequíes, el deber de proteger todo lugar de culto, y no sólo las mezquitas, está ligado a la necesidad de combatir:

Si Dios no hubiera permitido que la gente se defendiera a sí misma unos contra otros, todos los monasterios, iglesias, sinagogas y mezquitas —donde se menciona el nombre de Dios en abundancia— habrían sido ya destruidos. (20)

El Islam y la «Gente del Libro»: ¿tolerancia o terrorismo?

La larga y certificada tradición de tolerancia en el islam surge directamente de este y de otros muchos versículos coránicos de contenido similar. Encontramos una de las expresiones históricas más llamativas de esta tradición tolerante —que contrasta con la intolerancia que con frecuencia caracteriza la tradición cristiana— en el destino de los judíos sefardíes bajo dominio musulmán. Pero antes de entrar en este caso, debemos señalar que, en términos generales, la persecución constante y sistemática de judíos y cristianos es prácticamente desconocida en las sociedades de mayoría musulmana. Es importante subrayarlo del modo más rotundo posible en el contexto actual, y desacreditar así la peligrosa mentira que circula en nuestros días cuando se afirma que en el islam existe una hostilidad inherente, fuertemente arraigada y teológicamente permitida, hacia el judaísmo. No debemos considerar el rechazo actual, por parte de la mayoría de musulmanes, de las políticas del Estado de Israel como una especie de resurgimiento ancestral del antisemitismo arraigado en la cosmovisión islámica. Hoy en día, son los extremistas de ambos bandos del conflicto palestino quienes promueven este mito del islam antijudío intrínseco y eterno. Es importantísimo mostrar la falsedad de esta noción.

Asimismo, debemos añadir que no son únicamente los «moderados» de ambos bandos quienes se unen para encontrar la paz y la justicia, en oposición a esta falsa caracterización de las relaciones entre musulmanes y judíos. También los amantes del judaísmo ortodoxo y tradicional, de todas las religiones, se unen para denunciar esta depravación y defender la verdad: el sionismo es una desviación del judaísmo. Así pues, encontramos grupos como Naturai Karta —judíos tradicionales que se oponen al sionismo basándose en argumentos teológicos irrefutables— que se unen con organizaciones humanitarias islámicas para defender los legítimos derechos de los palestinos contra las injusticias que padecen en Tierra Santa. Por consiguiente, debemos tener cuidado al distinguir, no sólo entre judaísmo y sionismo, sino también entre la oposición legítima a las políticas particulares del Estado israelí —unas políticas que reflejan y plasman las aspiraciones sionistas en diversos grados—, del «yihad» ilegítimo contra judíos u occidentales simplemente por ser judíos u occidentales. El primero expresa una denuncia legítima, mientras que el segundo hace de esta denuncia la excusa para el terrorismo.

Para contrariar el mito de que las relaciones entre musulmanes y judíos han sido tradicionalmente antagónicas, basta con mirar al pasado. Incluso alguien tan crítico con el islam como Bernard Lewis confirma el hecho de la historia en lo que atañe al verdadero carácter de las relaciones islamicojudías hasta tiempos recientes. En su libro Los judíos del islam, admite que, si bien existía cierta discriminación de judíos y cristianos bajo dominio musulmán,

La persecución, es decir, la represión violenta y activa, era algo excepcional y atípico. Los judíos y cristianos en tierras del islam normalmente no apelaban a sufrir el martirio por su fe. No solían verse obligados a escoger, como sí tuvieron que hacer los musulmanes y judíos durante la reconquista en España, entre el exilio, la apostasía o la muerte. Tampoco estaban sujetos a ninguna limitación importante de territorio o profesional, algo común para los judíos de la Europa premoderna. (21)

Lewis también añade algo muy importante: este patrón de tolerancia continuó caracterizando la naturaleza del dominio musulmán frente a judíos y cristianos hasta la modernidad, con minoritarias excepciones.

No está fuera de lugar señalar que el fenómeno del antisemitismo no tiene nada que ver con el islam. Se trata, como denunció Abdallah Schleifer, de un «triunfo de la Iglesia», esto es, la victoria de la Iglesia bizantina sobre el imperio romano y la fundación de la nueva capital en Constantinopla en el siglo IV. Fue esta Iglesia quien «desencadena en el mundo el fenómeno del antisemitismo. Si debemos diferenciar entre las vicisitudes que padece cualquier minoría y la hostilidad sistemática y "por principio", podemos afirmar, con el consenso de la historia moderna, que el antisemitismo es una manifestación cristiana» (22).

La historia del antisemitismo en Europa —los episodios de violencia que hoy en día llamamos «limpieza étnica»—, son de sobras conocidos y no necesitamos recordarlos aquí. Pero debemos tener en mente que, en el mismo momento en que el Occidente cristiano consentía constantes pogroms antijudíos, lo judíos experimentaban lo que algunos de los propios historiadores judíos califican de «edad dorada» bajo dominio musulmán. Como escribe Erwin Rosenthal:

«Exceptuando la época talmúdica, probablemente no exista un periodo más positivo y floreciente, en nuestra larga y accidentada historia, que bajo el imperio del islam». (23)

Uno de los episodios particularmente rico es esta edad dorada lo conocieron los judíos de la España musulmana. Como se ha afirmado abundantemente en las fuentes históricas, los judíos no sólo disfrutaban de libertad, sino del renacimiento cultural, religioso, teológico y místico. Como escribe Titus Burckhardt:

«Los mayores beneficiarios del dominio musulmán fueron los judíos. En España (sefarad en hebreo) disfrutaron de su mayor florecimiento intelectual desde la época de su dispersión de Palestina hacia tierras extranjeras» (24).

Estos grandes pensadores judíos, como Maimónides e Ibn Gabirol, escribieron sus obras filosóficas en árabe y se encontraban «en casa» en la España musulmana (25). Con la expulsión, el asesinato y la conversión forzada de todo musulmán y judío tras la reconquista —completada con la caída de Granada en 1492—, los exiliados judíos buscaron protección y refugio en los otomanos. Fueron bienvenidos en el norte de África, donde crearon nuevas entidades o se sumaron a las prósperas comunidades judías que ya estaban instaladas allí.

También fue en esa época cuando los judíos sufrieron la intensa persecución en Europa central, y buscaron refugio entre los otomanos musulmanes. Muchos judíos que huían de la persecución recibieron cartas como la siguiente, del rabino Isaac Tzarfati, que alcanzó el Imperio otomano justo antes de la toma de Constantinopla en 1453. Esto es lo que respondía a los judíos de la Europa central que le pedían ayuda:

Escuchad hermanos el consejo que os daré. También nací en Alemania y estudié la Torah con los rabinos alemanes. Tuve que exiliarme y llegar a tierra turca, bendecida por Dios y colmada de todas las cosas buenas. Aquí he encontrado descanso y felicidad. ... En tierra de los turcos no tenemos de qué lamentarnos. No nos vemos oprimidos con grandes impuestos, y nuestro comercio es libre y sin dificultades. ... Cada uno de nosotros vive en paz y libertad. Aquí a los judíos no se nos obliga a vestir un gorro amarillo como insignia de vergüenza, como en Alemania, donde incluso el bienestar y la fortuna son una maldición para los judíos porque despiertan la envidia de los cristianos. ... Despertad hermanos, armaros de valor, reunid fuerzas y venid. Aquí estaréis libres de vuestros enemigos, aquí encontraréis la paz. (26)

Teniendo en cuenta que la mayoría de la propaganda yihadista actual va dirigida contra los judíos, es importante subrayar que esta tolerancia bajo dominio musulmán es una expresión de una subyacente armonía teológica entre ambas religiones —una armonía que está notablemente ausente cuando se compara la teología cristiana y judía—. El islam nunca se consideró como la realización mesiánica del judaísmo, como sí lo hizo el cristianismo, sino que es una restauración de la fe abrahámica primordial, donde el judaísmo y el cristianismo son expresiones parecidas. El islam pide a los seguidores de ambas fes que regresen al monoteísmo puro. Lejos de rechazar a sus profetas, el Corán afirma que todos ellos portaban el mismo mensaje y que, por consiguiente, no existen diferencias:

Di: Creemos en Dios y en lo que se ha hecho descender para nosotros, y en lo que se hizo descender para Abraham, Ismael, Isaac, Jacob y sus descendientes, y en lo que Moisés, Jesús y todos los demás profetas han recibido de su Sustentador: no hacemos distinción entre ninguno de ellos. Y a Él nos sometemos. (27)

Las consecuencias de esta aceptación de las escrituras anteriores al Corán fueron de gran importancia para las relaciones teológicas entre musulmanes y judíos. Como apunta el intelectual judío Mark Cohen:

«La exégesis rabínica de la Biblia —que repugna tanto a la teología cristiana— sólo molesta a los ulema musulmanes cuando distorsiona el puro monoteísmo abrahámico. Así, la polémica islámica contra los rabinos fue mucho menos virulenta y tuvo muchos menos repercusiones serias. El Talmud se quemó en París, no en El Cairo o Bagdad» (28).

Por consiguiente, el rechazo de los judíos para seguir la sharia no suponía un ataque a la creencia islámica. Esto contrastaba al rechazo judío de Cristo como mesías, que no sólo amenazaba el punto cardinal del dogma cristiano, sino que insulta profundamente la fe y la sensibilidad cristiana. Mientras que en la cristiandad a los judíos se les consideraba los asesinos de Jesús (as), en el islam, eran «protegidos» (dhimmis) por la ley (sharia) que rechazaban seguir. Volviendo a Cohen, escribe:

Más seguros que sus hermanos en el Occidente cristiano, los judíos del islam correspondieron con una visión más conciliadora. En Europa, los judíos forjaron un odio pronunciado contra los cristianos, a los que consideraban idólatras, sujetos a las antipaganas disposiciones discriminatorias del antiguo Mishnah. ... Los judíos del islam mantuvieron una actitud diferente hacia la religión mayoritaria. La acérrima oposición musulmana al politeísmo convenció a los pensadores judíos, como Maimónides, del incensurable monoteísmo del islam. Esta concepción esencialmente «tolerante» del islam se vio reflejada en el respeto musulmán hacia los judíos, pueblo del Libro. (29)

Al presentar este argumento no intentamos «sumar puntos» en favor del islam por encima del cristianismo, ni simplemente culpar a este del fenómeno del antisemitismo, ni sugerir que existe un antagonismo inherente e insuperable entre cristianismo y judaísmo. Nuestro propósito es señalar estos aspectos para demostrar la paradoja y la falsedad de la aserción de que el islam es inherentemente antijudío. Tanto la teología como la historia nos muestran lo contrario: existe una profunda afinidad entre ambas creencias, tanto en la teoría como en la práctica. Si surgen problemas teológicos que necesitan resolverse, y una historia de intolerancia que exorcizar, la responsabilidad recae mucho más en el cristianismo que en el islam.

Los judíos encontraron refugio y dignidad en el islam, y no persecución. Huyendo hacia el mundo musulmán de las frecuentes campañas de persecución cristiana, se encontraron con tolerancia y respeto. Es esto lo que debemos subrayar en cualquier debate del pasado histórico y teológico de las relaciones entre musulmanes y judíos. Y todavía resulta más imprescindible debido a las serias amenazas que padecen estas relaciones por parte de los extremistas de ambos lados, es decir, yihadistas e islamófobos.

La tolerancia expresada por el islam a la Gente del Libro (por extensión, a todos los creyentes como hindúes, budistas, zoroastrianos...) debe considerarse, una vez más, no como un ejemplo de virtud, justicia o conveniencia por parte de la mayoría de los gobernantes y dinastías a través de la historia del islam —y esto como una especie de prefiguración histórica interesada de la tolerancia moderna y secular—, sino que esta tolerancia queda claramente definida y está orgánicamente vinculada con la revelación coránica. Un espíritu arraigado en el islam tradicional, y deliberadamente ignorado o subvertido por los yihadistas modernos, que está perfectamente expresado en los siguientes versículos:

Ciertamente, los que creen en esta escritura divina, los que profesan el judaísmo, los cristianos y los sabeos, todos los que creen en Dios y en el Último Día y obran con rectitud, tendrán su recompensa junto a su Sustentador; y nada tienen que temer ni se lamentarán. (30)

No son todos iguales: entre los seguidores de revelaciones anteriores hay gentes rectas, que durante la noche recitan los mensajes de Dios y se postran ante Él. Creen en Dios y en el Último Día, ordenan la conducta recta, prohíben la conducta inmoral y compiten en hacer buenas obras: esos son de los justos. Y no les será negada la recompensa por el bien que hagan: pues Dios tiene pleno conocimiento de aquellos que son conscientes de Él. (31)

Hallarás sin duda que las gentes más próximas en afecto a los que creen en esta escritura divina son los que dicen: «En verdad, somos cristianos». (32)

La gran tragedia del actual conflicto en Palestina es que el espíritu coránico de tolerancia, comprensión y justicia está siendo subvertido por la detestable propaganda de los yihadistas que intentan justificar, en términos islámicos, los atentados suicidas contra civiles. Esto no sólo da rienda suelta a quienes consideran el islam como una religión intolerante y violenta, sino que también contamina todos aquellos medios por los que se denuncia la represión sufrida y se promulga la resistencia. Unos medios disponibles en el marco ético y jurídico islámico y que están en perfecta armonía con el espíritu de la revelación coránica.

Notas

1. Esta es una versión ampliada del artículo titulado «Recollecting the Spirit of Jihad» en Islam, Fundamentalism and the Betrayal of Tradition, ed. Joseph Lumbard (Bloomington, IN: World Wisdom, 2004).
2. Una de las mejores respuestas a esta pregunta la encontramos en la serie de ensayos sobre el yihad de S. Abdallah Schleifer. Este autor ofrece una excelente crítica de la reducción política del yihad, empleando en sus fundamentos la «conciencia tradicional islámica». Incluye también, como estudios de casos de yihad llevada a cabo bajo esta conciencia, el desconocido papel del mujahid Izz al-Din al-Qassam en la lucha contra la colonización de Palestina en los años veinte y treinta del siglo XX. Este estudio forma la primera parte de la serie, publicada en Islamic Quarterly 23, no.2 (1979). La segunda parte es «Jihad and Traditional Islamic Consciousness», Islamic Quarterly 27, no.4 (1983). La tercera se publicó en Islamic Quarterly 28, no.1 (1984); la cuarta en Islamic Quarterly 28, no. 2 (1984) y la quinta en Islamic Quarterly 28, no. 3 (1984). Para una refutación importante del falso concepto de yihad como agresión perpetua, véase también Zaid Shakir, «Jihad is Not Perpetual Warfare», en Seasons—Semiannual of Zaytuna Institute 1, no.2 (otoño-invierno 2003–2004): 53–64.
3. Citado en Stanley Lane-Poole, Saladin and the Fall of the Kingdom of Jerusalem (Beirut: Khayats Oriental Reprints, 1964), 232–3. (Publicado originalmente en Londres en 1898.) No está de más remarcar, como señala Titus Burckhardt, que «la actitud del caballero cristiano hacia las mujeres es de origen islámica». Véase Moorish Culture in Spain (Londres: Allen & Unwin, 1972), 93 (edición en español: La civilización hispano-árabe, Alianza, 2008). Simonde de Sismondi, ya a principios del siglo XIX, afirma que la literatura árabe fue la fuente de «esta delicadeza y sutileza reverencial hacia las mujeres que surgió tan fuertemente en los sentimientos de nuestros caballeros». Histoire de la littérature du Midi de l’Europe, citado en R. Boase, The Origin and Meaning of Courtly Love (Manchester: Manchester University Press, 1977), 20.
4. Lane-Poole, Saladin, 233–4.
5. Citado en Thomas Arnold, The Preaching of Islam (Londres: Luzak, 1935), 88–9.
6. Corán 2:256.
7. Corán 76:8-9.
8. Corán 2:216.
9. Corán 48:29.
10. Corán 2:190.
11. Corán 3:159.
12. Corán 7:156.
13. Corán 17:110.
14. Corán 55:1-4.
15. Martin Lings, Muhammad—His Life According to the Earliest Sources (Londres: ITS and George Allen & Unwin, 1983), 297–8. (Edición en español: Muhammad. Su vida basada en las fuentes más antiguas, Hiperión, Madrid, 1989.)
16. Corán 41:34.
17. Arnold, Preaching of Islam, 81–2.
18. Una copia del documento se conserva en el monasterio, que es el monasterio habitado más antiguo de la cristiandad. Véase J. Bentley, Secrets of Mount Sinai (Londres: Orbis, 1985), 18–19.
19. Véae A. Guillaume, trad. The Life of Muhammad—A Translation of Ibn Ishaq’s Sirat Rasul Allah (Londres: Oxford University Press, 1968), 270–77.
20. Corán 22:39-40.
21. Bernard Lewis, The Jews of Islam (Princeton, NJ: Princeton University Press, 1984), 8. (Edición en español: Los judíos del Islam, Letrumero, Madrid, 2002.)
22. S.A. Schleifer, «Jews and Muslims—A Hidden History» en The Spirit of Palestine (Barcelona: Ediciones Zad, 1994), 2.
23. Citado en Schleifer, «Jews and Muslims», 5.
24. Burckhardt, Moorish Culture, 27–28.
25. A pesar de que Maimónides sufrió en manos de los almohades durante un excepcional episodio de persecución en Al Ándalus, la etapa posterior de su carrera (como físico para Saladino) refleja su lealtad al gobierno musulmán.
26. Citado en Schleifer, «Jews and Muslims», 8.
27. Corán 3:84.
28. Mark Cohen, «Islam and the Jews: Myth, Counter-Myth, History», en Jerusalem Quarterly 38 (1986): 135.
29. Ibid.
30. Corán 2:62.
31. Corán 3:113-15.

32. Corán 5:82.

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